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[Audio] Annotation Los años del miedo es la continuación de Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie. Se complementa, a falta de otros títulos pendientes, con De la alpargata al Seiscientos y La década que nos dejó sin aliento. Eslava ofrece una visión de la intrahistoria de la postguerra española tras la Guerra Civil. En esta ocasión, trata de la década de los 40s, cuyo eje fundamental es el miedo de la población: Miedo a hablar, miedo a no estar del lado de los vencedores, en definitiva, miedo a 'significarse' (o sea, no ser tachado de 'rojo'). Surgen personajes que luego continuarán sus hazañas en el siguiente libro: El Chatro Puertas, estraperlista de pro que medrará hasta poder codearse con los ministros del 'Régimen'. Don Próculo, párroco que cuida a sus ovejas con paciencia, a quien confunden (¿sin querer?) como don Porculo, la duquesa viuda de Pradoancho, que reprocha a su marido que se muriera en plena guerra civil por motivos espúreos... También asistiremos a la entrevista de Hendaya entre Franco y Hitler, y la visita de Evita Perón. En fin, un trocito de la historia de España doloroso, doliente y conmovedor. Genielin.com.
[Audio] Juan Eslava Galán La Nueva España (1939-1952) PLANETA Genielin.com.
[Audio] NOTA: El editor quiere agradecer las autorizaciones recibidas para reproducir imágenes protegidas en este libro. Se han realizado todos los esfuerzos para contactar con los propietarios de los copyrights. Con todo, si no se ha conseguido la autorización o el crédito correcto, el editor ruega que le sea comunicado Ilustraciones del interior: Aci, Ulstein Bild/Cordon Press, EFE, Cover, Corbis, © Conde Nast Archive/Corbis, © Hulton-Deutsch Collection/Corbis, © Miguel Cortés/EFE, © Enrique Gutiérrez Alles/EFE, © Hermes Pato/EFE, © Francesc Cátala Roca, Index Fototeca, Archivo Planeta © Juan Eslava Galán, 2008 © Editorial Planeta, S. A., 2008 Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España) Primera edición: marzo de 2008 Depósito Legal: B. 30.197-2008 ISBN 978-84-08-07705-3 Genielin.com.
[Audio] El miedo que tienes —dijo don Quijote— te hace, Sancho, que ni veas ni oigas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es perturbar los sentidos. CERVANTES, El Quijote, Parte I, Capítulo XVIII La pobreza del pueblo es la defensa de la monarquía. La indigencia y la miseria privan de todo valor, embrutecen las almas, las acomodan al sufrimiento y a la esclavitud y las oprimen hasta el punto de privarlas de toda energía para sacudir el yugo. SANTO TOMÁS MORO Genielin.com.
[Audio] —Seguiremos adelante a cualquier precio —dijo Franco. —Tendrá usted que fusilar a media España —objeté yo. Él asintió con la cabeza, sonrió y mirándome fijamente respondió: —He dicho al precio que sea. Entrevista a Franco de Jay Alien, corresponsal del Chicago Tribune, publicado el 28 de julio de 1936 Acabaron los días fáciles y frívolos en que sólo se vivía para el presente. FRANCISCO FRANCO en el discurso del Desfile de la Victoria (19 mayo 1939) Genielin.com.
[Audio] CAPÍTULO 1 En España empieza a amanecer Jaén, 22 de mayo de 1939. Los retortijones del hambre despiertan a Teófilo González en su buhardilla de la calle Hurtado, número 1. Está amaneciendo. Por la ventana, apenas un tragaluz, los patriarcas de piedra que adornan la cornisa de la iglesia del Sagrario se recortan en la claridad difusa del cielo. La campana de San Ildefonso da las seis. A esta hora hay en la ciudad muchos oídos atentos en espera de la primera descarga del pelotón que cumple las sentencias en las tapias del cementerio. Algunos días resuenan dos o tres descargas; otros, hasta media docena, con intervalos de unos minutos. Los que viven cerca del cementerio oyen después los tiros de gracia. Es un sonido familiar en las capitales de provincia y ciudades importantes. Los vencedores pasan factura a los vencidos[1]. Con las manos trenzadas bajo la nuca, Teófilo González remolonea en espera de que el sol dore los muros de la catedral y el tejado de la mercería La Verdadera. En la sábana que lo cubre puede leerse todavía «Saludo a Franco, Arriba España». Sirvió de pancarta en un acto patriótico y, aunque su madre la ha lavado dos veces, la pintura no acaba de irse. Con la Victoria ha llegado la hora de la revancha, del ajuste de cuentas. Genielin.com.
[Audio] La mitad de los españoles, los que apoyaron a la República, viven en continua zozobra, angustiados cada vez que escuchan el frenazo de un coche, cada vez que perciben pasos en la escalera, cada vez que unos nudillos golpean la puerta. «El miedo a la denuncia resultó en muchos casos obsesivo. Podían hacerse anónimas y no requerían ningún fundamento, ni someterse al peso de la prueba. Bastaba con acusar a cualquiera de "masón" o de "rojo" para verle expulsado del trabajo o marginado en las relaciones sociales»[2]. Teófilo tiene diecisiete años. Se libró de ir a la guerra por los pelos, pero no se va a librar de la posguerra. Su padre, empleado de ferrocarriles y afiliado a Izquierda Republicana, está en la cárcel. Le han caído veinte años y un día por dirigir el tránsito de trenes, muchos de ellos militares, en la estación de Espeluy. Teófilo presta atención a la radio del vecino, perfectamente audible a través del débil tabique de cañizo y yeso que lo separa de la buhardilla paredaña. Radio Nacional emite varias veces al día la consigna oficial, que ya se sabe de memoria: «¡Españoles, alerta! —avisa la voz vibrante del speaker Fernando Fernández de Córdoba—. ¡La paz no es un reposo cómodo y cobarde frente a la Historia! ¡La sangre de los que cayeron por la Patria no consiente el olvido, la esterilidad, ni la traición! ¡Españoles, alerta! ¡España sigue en pie de guerra contra todo enemigo del interior o del exterior!» Tras la proclama patriótica suena el Cara al Sol, el bello himno de Falange que la media España derrotada ha tenido que aprender. Antes de un discurso, conferencia, reparto de diplomas, sesión de cine o de circo, corrida de toros o partido de fútbol los asistentes entonan el Cara al Sol en posición de firmes, brazo en alto, mano extendida, en saludo fascista[3]. Después del himno, la persona de más autoridad vocea los gritos de rigor que los espectadores deben corear con viril entusiasmo: Genielin.com.
[Audio] —¡España! —¡Una! —¡España! —¡Grande! —¡España! —¡Libre! —¡Arriba España! —¡Arriba España! —¡Viva Franco! —¡Viva Franco![4] Algunos españoles visten camisa azul para hacerse perdonar pasadas tibiezas; otros, para rentabilizar su contribución a la Victoria. El abuso adquiere tales proporciones que la propia Falange prohibirá la venta del tejido azul marino y el uso de la camisa, salvo en los actos oficiales. Desde el término de la guerra, un carnet de Falange es el mejor pasaporte para gozar de los privilegios de los vencedores. Casi un millón de personas de toda clase y condición ha solicitado su ingreso en el partido de José Antonio. Las delegaciones provinciales nombran comisiones para cribar la avalancha de arribistas que aspiran al carnet. A Teófilo González le da la impresión de que la posguerra puede ser tan mala como la guerra. No hace falta ser economista para advertir que la capacidad adquisitiva de los españoles está por los suelos. El coste de la vida ha crecido un 247 por ciento respecto a los niveles anteriores a la guerra, mientras que los salarios sólo han aumentado un 150 por ciento[5]. Por el contrario, en el periodo comprendido entre 1936 y 1946 la rentabilidad de las empresas crece un 13'79 por ciento; los beneficios de la banca, en un 29'9 por ciento[6]. En ese decenio, los salarios reales descenderán un 25 por ciento. Los sueldos de los militares se mantienen en la misma tónica de moderación que el resto, pero Franco compensa a sus conmilitones con otras ventajas: a los jefes de alta graduación les distribuye el 40 por ciento de cargos de la alta administración del Estado; a todos les construye colonias de viviendas y economatos donde puedan adquirir bienes de consumo más asequibles que en el comercio. Estos productos le resultan especialmente baratos al oficial de cocinas encargado de comprar las vituallas para la alimentación de la tropa, un puesto ambicionado por todos y que, por tanto, rota en riguroso turno mensual. El oficial de cocinas adquiere víveres en grandes cantidades, lo que le asegura altas comisiones de los proveedores. No contento con eso, acopia en su casa garbanzos, harina, chacinas, paños de tocino, bacalao, latas de conservas y de aceite y otros consumibles detraídos de la despensa castrense, calculando para que la reserva le dure hasta que le toque de nuevo el turno. Genielin.com.
[Audio] A ello hay que sumar los servicios que los militares reciben graciosamente, no sólo el transporte público gratuito, chollo que sólo duró los tres meses siguientes a la Victoria, sino ventajas más perdurables que mantendrán durante decenios. Cuando necesitan a un fontanero, un carpintero, un albañil, un electricista, un relojero, un cocinero, un mozo de cuerda, un recadero, un peluquero, un limpiabotas, un mecánico del automóvil, un técnico que repare la radio, un chófer, una niñera o un profesor particular para los hijos, le encomiendan el trabajo a un soldado que en la vida civil tenga como oficio la profesión requerida. El soldado lo cumple con diligencia por la cuenta que le trae. Al final, si tiene mucha suerte, recibe una propinilla o un permiso de fin de semana. Así son las cosas. El tiempo que dura el servicio militar, dos años completos (incluso si ya se había servido anteriormente con la República) el soldado es rehén de sus superiores[7]. Acodado en el ventanuco de su buhardilla, con el pijama raído y remendado, Teófilo González fuma un cigarrillo de los que confecciona con las colillas recogidas en el café Lion d'Or. El muchacho contempla la plaza de San Francisco, mientras se pregunta por su incierto futuro. El burro del lechero, con sus cuatro cántaras, cruza la calle haciendo el reparto de los clientes fijos. Dos taxis esperan en la parada, frente al Gobierno Civil. Los taxistas charlan sentados en el estribo, con sus gorras de visera de hule, sus chaquetas de un azul marino desvaído y sus bolsillos desfondados. Genielin.com.
[Audio] Pasan camino del mercado algunas viejas friolentas, envueltas en sus tocas negras de lana; el cenacho de la compra, bajo el brazo. Madrugan para hurgar en el montón de los desperdicios del mercado en busca de una fruta agusanada pero todavía aprovechable, de un troncho de lechuga, de unas hojas de espinaca desechadas por mustias. La puerta principal del edificio de Correos, vecino de la catedral, está adornada con un escudo republicano, con su corona mural, que pasará inadvertido durante todo el franquismo. En la escalinata charlan un militar, un cura gordo, ataviado con teja y manteo, y un paisano que viste pantalón caqui, botas de montar y camisa azul de Falange, con la boina roja enrollada en la hombrera izquierda: Ejército, Iglesia y Falange, las tres columnas en las que se sostiene la Nueva España, como llaman al régimen nacido de la Victoria. La calle se va animando. Dos novedades llaman la atención del observador: el adelgazamiento de la población, que sale de la guerra con déficit alimenticio, y el torpe aliño indumentario de los transeúntes, al menos de los pertenecientes al bando de los vencidos: pantalones con parches de tela de diferente color en la culera y en las rodillas, chaquetas con parches en los codos, trajes dados la vuelta que se delatan porque llevan en el lado derecho los ojales y el bolsillo superior de la chaqueta. En Madrid encontraréis débiles a vuestros familiares. Levadle el reconstituyente Laso. Como consecuencia de la guerra abundan los lutos: un botón de abrigo forrado de tela negra en el ojal de la solapa, un brazalete negro cosido en la manga derecha, un pico negro en la solapa, corbata negra, gorra y blusa negra en los obreros (ahora llamados productores, para soslayar las connotaciones izquierdistas de «obrero»), luto completo, terno y sombrero en los señores acomodados, mujeres de negro, de la cabeza a los pies, y distintos alivios de luto o medio luto, primero prendas grises y, transcurrido un tiempo prudencial, otras blancas con lunares negros... Genielin.com.
[Audio] Madrid Tinte de ropa sin planchar a mitad de precio. LUTOS en 24 horas. Tintorería La Esmeralda, plaza del General Mola, 6, Ambrosio Doblado Anguita arrea su borriquilla cargada de verduras calle Bernabé Soriano arriba, camino del mercado. Se cruza con un antiguo conocido al que lleva años sin ver. Se saludan. El forastero le formula la pregunta normal en estos casos: —¿Cómo se ha pasado la guerra, Ambrosio? —¡Pues no se ha pasado mal! —responde el interpelado—. Mi Luis murió en el 37 en el frente de Aragón, a mi Ambrosio le tuvieron que cortar una pierna en Guadalajara, a mi Felisa la dejó preñada un sargento y luego no quiso saber nada. Ahí la tengo con dos mellizos, uno de ellos cieguecito, el pobre, y yo me quedé viudo el año pasado, pero, aparte de eso, no se ha pasado mal. Genielin.com.
[Audio] CAPÍTULO 2 Soy un pobre presidiario En el penal de Ocaña, el antiguo comandante del ejército republicano Emiliano Mascaraque Castillo hace cola para recoger el rancho fuerte del día en la lata de conservas que le sirve de plato: «Un cazo de habas secas cocidas, pocas, huecas por los gusanos que se habían comido el grano y flotaban como náufragos en aquella agua oscura e inmunda, pero que nos veíamos obligados a pasar al estómago si queríamos seguir viviendo [...] al principio apartábamos los escarabajitos, pero después, cuando el hambre se hizo apremiante, cerrábamos los ojos y procurando no masticar aquella carne tan tierna engullíamos todo lo que encontrábamos en el cazo»[8]. La Ley de Responsabilidades Políticas castiga con efectos retroactivos a octubre de 1934 «las culpas contraídas por quienes contribuyeron con actos u omisiones graves a forjar la subversión roja»[9]. Una pléyade de intelectuales y científicos se libra de la cárcel porque se ha exiliado a tiempo[10]. La población reclusa, entre 350.000 y medio millón de prisioneros, se reparte entre 104 campos de concentración estables y 180 provisionales, algunos improvisados en pueblos que se cercan con una alambrada después de evacuar a la población[11]. El Estado se encuentra desbordado por esa muchedumbre de presos, muchos de ellos detenidos en la batahola final de la guerra por insignificantes delitos de opinión. Genielin.com.
[Audio] En la cárcel de Las Ventas, con capacidad para 200 reclusas, se hacinan más de cinco mil. Se han habilitado para prisión cuarteles, edificios ruinosos y hasta naves industriales arrasadas por la guerra. Esta masificación, con la consiguiente falta de higiene, acarrea frecuentes epidemias. El hacinamiento de las cárceles fuerza al vencedor a mostrarse magnánimo. A los once meses del final de la guerra se dan por prescritos todos los delitos que hayan merecido penas inferiores a doce años. Poco después, se otorga libertad condicional a los reclusos condenados a menos de seis años de prisión, aunque no podrán acercarse, mientras dure su pena, a menos de 250 kilómetros de su residencia. Después de un primer y urgente escrutinio, la cifra de presos desciende a 270.719. Todavía son demasiados. En noviembre de 1939, una liberación masiva la reduce a 90.000. Mientras tanto, cientos de tribunales militares trabajan a destajo en consejos de guerra sumarísimos, en los que cada caso queda visto para sentencia en menos de media hora. En uno de los numerosos procesos colectivos, se juzga a dieciocho reclusos acusados de diversos delitos. El más joven es Ernesto Sempere, de diecisiete años, denunciado por compañeros de instituto por republicano y por dibujar chistes antifascistas durante la guerra, cuando tenía quince años. La fiscalía lo acusa de «utilizar la caricatura para denostar nuestro Glorioso Movimiento y exaltar la causa roja». El abogado defensor, que actúa de oficio en la pantomima, se dirige al juez: —Señoría, aquí tiene a dieciocho rojos. Hay dieciséis que tienen las manos manchadas de sangre y merecen ser condenados a muerte, y dos jovencitos que tienen pequeñas salpicaduras. Con abogados defensores así, no necesita uno fiscales. Las pequeñas salpicaduras le suponen a Ernesto una condena de veinte años y un día de prisión, por un delito de adhesión a la rebelión[12]. El jefe de la oficina jurídica del Caudillo, Lorenzo Martínez Fuset, le presenta diariamente a Franco, a la hora de la sobremesa, mientras toma café con la familia, las listas de los condenados a muerte. El Caudillo repasa la lista en busca de algún nombre conocido. Franco va anotando al margen del folio la inicial E (enterado) o «garrote y prensa», si quiere que se publique en los medios[13]. Genielin.com.
[Audio] El escritor Ernesto Giménez Caballero loará la estilográfica del Caudillo, «el falo incomparable» de Franco que decide sobre la vida o la muerte; pero la verdad es que para este menester el Caudillo utiliza un lápiz Faber que pinta azul por un lado y rojo por el otro. Los historiadores discrepan sobre el número de fusilados en los primeros años de la posguerra. Unos creen que fueron unos 24.000[14], otros elevan la cifra a 40.000[15] e incluso a 50.000[16]. El padre José Agustín Pérez del Pulgar, en sus desvelos por regenerar espiritual y materialmente a los presos, idea un sistema para que «contribuyan con su trabajo a la reparación de los daños a que contribuyeron con su cooperación a la rebelión marxista». Con este propósito se funda un Patronato de Reducción de Penas por el Trabajo que permite a los presos políticos redimir un día de condena por cada dos de trabajo. El preso percibe el salario mínimo de un obrero sin cualificar, 4'75 pesetas diarias, que se reparten del siguiente modo: 1'40 para el Estado, por gastos de manutención; 0'35 para sobrealimentación del trabajador; 2'00 para la esposa, si la hubiere, siempre que esté casado por la Iglesia; 1'0 por cada hijo y 0'50 para los gastos de bolsillo del reo. Genielin.com.
[Audio] SARNA. Desaparece rápidamente SIN BAÑO. Tratamiento moderno, seguro e inofensivo. Antisárnico Martí. Registrado en Sanidad. Venta en farmacias y centros específicos de toda España, y en Parlamento, 17. Barcelona. Jacinto González Caramillo, el padre de Teófilo, cumple condena en la cárcel de Baeza. Aprovechando los ocasionales viajes del camión de la chatarrería donde trabaja, Teófilo lo ha visitado un par de veces para llevarle comida y ropa limpia. La última vez tuvo que esperar dos horas porque los presos estaban recibiendo una charla cuaresmal a cargo de unos padres dominicos, especializados en la redención de almas perdidas. La norma carcelaria es clara: «Además de la reeducación de la voluntad por la disciplina y el trabajo, se ejercerá una propaganda racional y noble de naturaleza religiosa, patriótica y familiar». La regeneración de los presos políticos, y población reclusa en general, incluye el saludo diario al director de la prisión y el canto del Cara al Sol, formados en el patio, misa de campaña dominical, con sermón, y sesiones de catequesis, además de predicaciones cuaresmales. La asistencia a misa y a la catequesis se premia con pequeños beneficios penitenciarios. Pocos presos son sinceros: en cuanto los vigilantes les dan la espalda se mofan de la religión y del Movimiento. Después del Cara al Sol, durante los preceptivos gritos de rigor, los penados de las últimas filas aprovechan que los funcionarios no los oyen para gritar «¡Viva Azaña!» en lugar de «¡Viva España!». No todos se muestran tan rebeldes. Muchos colaboran con Redención, la revista de los presos, particularmente en la sección de poesía carcelaria, «Musa redimida». También publican artículos en alabanza del Caudillo o del Régimen o acatan dócilmente las consignas de la Nueva España y se arrepienten de su pasado, pero no sabemos si lo hacen de corazón o por las ventajas carcelarias que les comporta. Fuera de las cárceles, los pertenecientes al grupo social sospechoso, los obreros, son atentamente vigilados por los cuerpos de represión del Estado. Lo que más teme un ciudadano es verse obligado a visitar la comisaría o el cuartelillo. El maltrato físico y la tortura son corrientes en los interrogatorios o como correctivos de pequeños delitos. Entre el equipamiento de los centros de detención suele figurar un vergajo, instrumento de castigo singularmente eficaz para arrancar confesiones o estimular propósitos de enmienda[17]. Un chiste refleja el miedo de los humildes a la autoridad: «Un campesino que lleva un saco al hombro se encuentra con una pareja de Guardia Civil caminera con sus tricornios charolados, sus bigotes y sus mosquetones. »—¿Tú qué llevas ahí? —lo increpa el guardia de mayor graduación. »—¿Aquí, en el saco? —El campesino lo deposita en el suelo y se apresura a Genielin.com.
[Audio] desatar la cuerda que lo cierra—. Mi cabo, es un aparato con motor de gasolina que se mete en el pozo o en la acequia, y sirve pa sacar agua para regar una huertecilla que tengo —explica. »—Eso se llama bomba de agua —lo ilustra el guardia. »—Lo sé, mi cabo, pero si empiezo diciendo «bomba» usted a lo mejor no me deja ni acabar de decirlo». Genielin.com.
[Audio] CAPÍTULO 3 ¡Franco, Franco, Franco! La guerra terminó hace mes y medio, pero las conmemoraciones de la Victoria se suceden ininterrumpidas: rogativas, discursos, acciones de gracias, repiques de campanas... Los vencedores amortizan su esfuerzo y cosechan los frutos de la Victoria. Franco detenta los poderes dictatoriales que sus colegas le confiaron mientras durara la guerra. En la paz, Franco se ha asentado en el poder tan firmemente que no hay fuerza capaz de desalojarlo. La nueva legislación le otorga, como Jefe del Estado, «la suprema potestad de dictar normas jurídicas de carácter general [...] radicando en él de modo permanente las funciones de Gobierno sus disposiciones y resoluciones [...] aunque no vayan precedidas de la deliberación del Consejo de Ministros cuando razones de urgencia así lo aconsejen»[18]. Tiemblan los cierres del balcón de la residencia de doña Petronila JiménezEnciso Méndez-Aguilar, duquesa viuda de Pradoancho, un piso de 400 metros cuadrados, con puertas de marquetería de 3 metros de altura, en un edificio noble del paseo de Calvo Sotelo (antes de Recoletos). Por la calle transitan, en ordenadas filas, 150 tanques y vehículos blindados, seguidos de 100 tractores oruga que arrastran cañones. Es el Desfile de la Victoria[19]. La señora duquesa, instalada frente al balcón abierto del salón de los espejos, asiste, con un whisky a mano, al patriótico espectáculo. La duquesa, que pasó la guerra en Biarritz, en su chalet de verano, ha recuperado su piso, requisado por la UGT al Genielin.com.
[Audio] comienzo de la revolución Marxista, pero no ha recuperado los muebles que le expoliaron. A través de los gemelos de nácar, que han conocido noches glamurosas en La Scala, en el Liceo y en París, la duquesa enfoca la tribuna presidencial instalada en la acera de la derecha del paseo, frente al Cuartel General del Ejército. Franco, rodeado de sus generales y jerarquías del Movimiento, preside el desfile desde un elevado podio de cartón piedra, imitación granito, adornado con banderas nacionales, de Falange, del Requeté, de la Alemania nazi, de la Italia fascista. En el frontal campea el Vítor, ya homologado como símbolo oficial de la Victoria. Un arco triunfal enmarca un gigantesco escudo nacional, con el águila imperial, el yugo y las flechas, y las columnas del Plus Ultra. Una sola palabra inscrita en grandes letras doradas: VICTORIA. En las pilastras que sostienen el arco, a uno y otro lado, la invocación tres veces repetida: FRANCO, FRANCO, FRANCO. En el pecho del Caudillo brilla la condecoración que tanto ansiaba, la Gran Cruz Laureada de San Fernando. Se la acaba de imponer el bilaureado general Varela, en una ceremonia un tanto compleja porque la medalla sólo puede recibirse de un superior y no existe en España ninguna graduación militar superior a Generalísimo. Así que Franco ha tenido que renunciar momentáneamente al superlativo y se ha quedado en general a secas mientras su colega Varela le cuelga la placa. Inmediatamente después recupera el «ísimo». Genielin.com.
[Audio] La cruz que luce Franco es prestada. Con las mil tareas inaplazables que exige la reconstrucción de la Patria, han olvidado encargarla al joyero que habitualmente las confecciona. En esta tesitura, recurren al general Mariana, que gustosamente cede la suya, concedida por Alfonso XIII, para que puedan imponérsela a Franco. —¡Que es de Huelva, eh! —advierte al enviado de Franco, al despedirlo en la puerta de su morada. —¿Cómo, mi general? —¡Que me la devuelvan, coño! —No se preocupe, mi general. Mañana mismo la tiene vuecencia aquí. La duquesa de Pradoancho enfoca al Caudillo con sus binoculares. Lo encuentra pequeñito y panzón, con aquellas borlas cortineras del fajín de general colgando de la gruesa cintura. A la duquesa le hubiera gustado que el salvador de la Patria fuera mejor mozo, un militar alto y bizarro, como Queipo de Llano o como el difunto Primo de Rivera. «En fin, esto es lo que tenemos», murmura resignada mientras apura su whisky. Genielin.com.
[Audio] La duquesa de Pradoancho fue camarera de la reina Victoria Eugenia y recibe en su casa a conspicuos monárquicos para comentar el anhelado regreso del rey Alfonso XIII que, mientras tanto, reside en un hotel de Roma en espera de que Franco lo reclame. Recientemente, la duquesa conversó sobre el asunto con el general Kindelán. —No veo tan fácil el regreso de su majestad, Petronila —se sinceró el militar. —¿Por qué lo dices, Alfredo? —Porque Franquito se crece cada día más. Kindelán le explica a Petronila las circunstancias en que él y sus colegas aclamaron a Franco como jefe. El jefe del levantamiento militar, el general Sanjurjo, había muerto en accidente de aviación. Los candidatos a sucederlo, Franco y Mola, estaban empatados en méritos. En esas circunstancias, los generales de la Junta de Defensa Nacional se reunieron en una finca de toros bravos de Salamanca. Cabanellas propuso un directorio integrado por varios generales, pero la idea se rechazó en favor de la elección de un generalísimo que ostentara el mando único mientras durara la guerra. Los candidatos eran el propio Cabanellas, Queipo, Mola y Franco. A Cabanellas y Queipo los invalidaba su pasado republicano (Cabanellas incluso fue masón); Mola era solamente general de brigada. Quedaba Franco, prestigiado por los recientes éxitos de su ejército africano y por la inteligente propaganda que le hacían su hermano Nicolás y su amigo Millán Astray, el fundador de la Legión. Genielin.com.
[Audio] —Orgaz y yo habíamos recibido instrucciones de su majestad para apoyar la candidatura de Franco —confesó Kindelán—. Su majestad estaba convencido de que Franco restauraría la monarquía en cuanto acabara la guerra. Lo suponía agradecido por la protección que la Corona le había dispensado a lo largo de su carrera. —Se equivocó su majestad —apuntó la duquesa. Kindelán asintió pesaroso. —Nombramos a Franquito jefe del Estado español y Generalísimo de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire. A mí me queda el pesar de haber sido su principal valedor. El único que vio las cosas claras fue Cabanellas: «¡No saben lo que han hecho! —le comentó a Queipo—. Si entregan España a Franco en estos momentos no habrá quien lo remueva del cargo una vez que acabe la guerra». Orgaz me lo ha comentado muchas veces: «¡Qué error cometimos, Alfredo, qué error!» La duquesa vuelve a observar el resultado de ese error, el Generalísimo Franco, el Cerillita de la escuela de El Ferrol, el Franquito de la Academia, el Comandantín de Oviedo, bajito y rechoncho, presidiendo el desfile en el centro de la tribuna, sobre un escaño de madera, el arengarium, un metro por encima de las cabezas de sus generales. Desfilan unidades de los distintos ejércitos, con marcialidad viril, y resuenan las marchas militares, chin pun, chin pun, magnificadas por los altavoces. Por el cielo, «que viste también su camisa azul, aunque en tonos más claros», escribirá un inspirado cronista, surca los aires una escuadrilla de cazas que compone con sus aparatos la frase VIVA FRANCO. Los espectadores, agolpados en las aceras, aplauden con entusiasmo. Muchos lucen su camisa falangista recientemente estrenada, que todavía conserva el apresto. El desfile es largo. El cielo se cubre de oscuros nubarrones. Comienza a llover. Algunos espectadores hacen ademán de abandonar sus tribunas. Truena una voz en los altavoces, solicitando que nadie deserte de su puesto. La gente asiste impávida al desfile, que estas cuatro gotas no van a deslucir. Franco, en su puesto de centinela de Occidente, se crece «... empapado del agua fresca y bautismal de una primavera que madura el trigo de las paneras de España»[20]. Al día siguiente, en la iglesia de Santa Bárbara de Madrid, diecinueve obispos, los ministros del Gobierno, embajadores, generales, más altas jerarquías, asisten a la consagración del Caudillo. Franco se apea del coche oficial y cruza la plaza de las Salesas sobre una alfombra roja bajo la bóveda de palmas expresamente traídas de Alicante que le tienden «flechas» del Frente de Juventudes y chicas de la Sección Femenina. La muchedumbre entona el Cara al Sol. Genielin.com.
[Audio] Los obispos reciben a Franco a la entrada del templo y lo ingresan bajo palio, entre nubes de incienso, como al Santísimo Sacramento y a los monarcas antiguos. El Caudillo, ya titulado «por la gracia de Dios», uniforme de capitán general sobre la camisa azul, ofrenda la Espada de la Victoria al Cristo de Lepanto, traído para la ocasión desde Barcelona. Lo acompañan otras reliquias históricas: la Bandera de Lepanto, la Lámpara Votiva de El Gran Capitán, el Arca Santa de Oviedo y dos cadenas que el rey navarro quebrantó en la batalla de las Navas de Tolosa. Franco, solemne, pronuncia su voto: «¡Señor Dios, acepta complacido la ofrenda de este pueblo que, conmigo y por tu nombre, ha vencido con heroísmo a los enemigos de la Verdad, que están ciegos! ¡Señor Dios, en cuyas manos está el derecho y todo el poder , préstame tu asistencia para conducir a este pueblo la plena libertad del imperio, para gloria tuya y la de tu Iglesia!» Postrado ante el Señor Dios, el Caudillo recibe la solemne bendición del cardenal Gomá. Las lágrimas corren copiosas por el rostro del antiguo Comandantín de Oviedo, del Franquito de la Academia. No es que esté el primero en el escalafón militar, es que se ha salido de él para ingresar en el espacio sagrado de los jueces bíblicos. Han cambiado muchas cosas, y más que van a cambiar; pero la ciudadanía se acostumbra pronto, qué remedio, a la disciplina cuartelera. En adelante, el español Genielin.com.
[Audio] debe ser mitad monje mitad soldado. Las citaciones oficiales para cualquier asunto recuerdan, de oficio, que se debe obediencia «sin excusa ni pretexto alguno». Cuando uno conecta telefónicamente con un organismo oficial, el telefonista le espeta: «¡Arriba España! Dígame». A lo que el comunicante debe responder: «¡Arriba España!», antes de exponer su recado. Las peticiones oficiales acaban con las palabras: «Es gracia que espera alcanzar de Vd. cuya vida guarde Dios muchos años». Las cartas, aunque sean privadas, y eso incluye las íntimas misivas de amor, deben comenzar por el encabezamiento: «Saludo a Franco. ¡Arriba España!», y deben acabar con la despedida: «Por Dios, España y su revolución Nacional-Sindicalista»[21]. «La censura convierte los periódicos en hojas parroquiales preconciliares; reduce el cine y el teatro a la beatería y al folclorismo, prohíbe infinidad de libros..».[22] A estos años se los ha denominado «el páramo cultural» y la «generación del páramo»[23]. Mientras encuentra un medio de vida mejor, Teófilo faena por horas en la chatarrería de Ildefonso López Puerta, alias el Chato Puertas, un antiguo delincuente Genielin.com.
[Audio] fichado por la policía de la República, que tuvo la suerte de que el estallido de la contienda lo sorprendiera en Granada, por lo que ha combatido en el bando nacional. El Chato entró en Jaén con las tropas liberadoras, e inmediatamente inició el lucrativo negocio de presentarse en los comercios para ofrecer los servicios de la aseguradora «El Escudo Nacional», de la que es agente. Los comerciantes, amedrentados por la camisa azul y por las medallas que el visitante lucía, firmaban la póliza sin rechistar y pagaban a tocateja el adelanto. Antes de marchar, conseguía que suscribieran la «ficha azul» que daba al comercio derecho a declararse «afecto al Movimiento», a cambio de un donativo con destino a la Falange, proporcional a la importancia del negocio. Poco después el Chato logró un puesto en la oficina interventora de los billetes de banco republicanos y fue allí donde hizo su agosto[24]. El trabajo consistía en separar los billetes válidos, emitidos antes del comienzo de la guerra, de los ilegales, impresos durante la guerra, a los que, dependiendo de la fecha de emisión, se les reconocía un porcentaje de su valor facial. El Chato Puertas declaraba inservibles muchos billetes de curso legal y los arrojaba displicentemente a la estufa apagada de su oficina, de la que después los rescataba para ingresarlos en su cuenta corriente. En dos semanas, ganó lo suficiente para adquirir un piso y una chatarrería que se traspasaban por fusilamiento del dueño. Después de la guerra, los chatarreros hacen buenos negocios. Hay mucho hierro, casquillos, cobre, plomo... que recuperar en las trincheras, en las ruinas de los bombardeos y en los campos de batalla. El Chato Puertas tiene, además, contactos en los cuarteles. Compra al por mayor excedentes del Ejército como sábanas, jergones, cacharros de cocina y cable eléctrico; los recicla y abastece con ellos cárceles y hospitales. No es mucho lo que paga el Chato a sus empleados, pero a Teófilo González le llega para comer caliente una vez al día y mantener a su madre, que está pachucha y enferma de los nervios desde que le mataron a un hermano en la batalla de Teruel. El culto al líder sigue las pautas de exaltación heroica del Duce de Italia y el Führer de Alemania, los países hermanos. Desde que lo exaltaron al caudillaje, Franco ha oído decir tantas veces a los obispos que es el enviado por la Providencia que ha terminado por creérselo, y ahora asume su papel. En la exaltación de Franco ninguna provincia aventaja a la de Álava, que lo nombra «Padre de la Provincia» en sesión extraordinaria de la Diputación. Pronto será presidente honorario de todas las Diputaciones, y alcalde honorario de casi todos los pueblos. Franco en la radio, Franco en los periódicos, Franco en las oficinas, Franco en carteles que tapizan los muros de la Patria, Franco en los escaparates de las tiendas que han recibido orden de los presidentes de las Cámaras de Comercio de adornarse con fotografías del Caudillo y alguna de estas leyendas: «¡Franco, Franco, Franco!», «Gloria al Caudillo», «España, Una, Grande y Libre», «Por la Patria, el Pan y la Justicia». La patriótica decoración «se debe realizar con arreglo a la sobriedad y sencillez clásicas de la Falange»[25]. Genielin.com.
[Audio] Ya tenemos a Franco en los sellos. Sólo falta Franco en los billetes de banco y en las monedas. En las monedas, aparecerá en 1947; en los billetes nunca, a pesar de repetidos intentos, siempre fallidos, por perpetuarlo en papel moneda[26]. Unos cuantos decenios de propaganda áulica por su legión de hagiógrafos y turiferarios, sumada a la represión y el extrañamiento de las voces discrepantes, lavarán el cerebro de millones de españoles para que consideren al dictador ese providencial padre de la Patria que pretende ser. «Ese hombre no estuvo ejerciendo su poder absoluto contra la voluntad de treinta millones de españoles — explica José Mario Armero a Vilallonga—. El franquismo se mantenía vivo por el señor que hacía negocios respaldado por un miembro del Gobierno; por el diplomático que aceptaba puestos sabiendo que no tenía competencia para ocuparlos; por el militar que ascendía rápidamente sin librar batalla alguna; y el propietario que seguía pagando salarios de miseria a sus obreros agrícolas. Franco nos corrompió a todos, sin sutilezas, sin calzarse los guantes, mirándonos a los ojos y calibrando, sin equivocarse nunca, cuál era nuestro precio. Repito que nos corrompió a todos: a los unos con dinero; a los otros con honores, cerrando los ojos a las ilegalidades que se cometían en el mundo de las altas finanzas, repartiendo a diestro y siniestro prebendas, puestos o eso que el pueblo llama más sencillamente "enchufes" [...]; somos todos culpables del franquismo. Franco fue nuestra creación. Nosotros lo hemos creado y nosotros lo hemos mantenido donde estuvo durante cuarenta años. Franco era un pobre hombre que, sin nuestro apoyo, jamás habría existido. Lo peor de todo es que muchos de nosotros sabíamos que no valía nada»[27]. «¿Cómo es el gran hombre en la intimidad?», se preguntan muchos españoles cuando escuchan por la radio la voz monótona, declamatoria y atiplada del Caudillo. Tendrán cuarenta años para conocerlo. Franco ha desarrollado en la infancia un grave complejo de inferioridad, en parte debido a su insignificancia física y a su vocecilla de falsete, y en parte al hecho de crecer a la sombra de dos hermanos más inteligentes y atractivos, y de un padre severo que se avergüenza de él. Toda su vida será una lucha por superar ese complejo aumentando su autoestima, por crearse una identidad nueva, por aparecer como héroe, por ascender en el escalafón, por mandar. Cuando murió, encontraron en su mesa unas cuartillas en las que anotaba sus últimos pensamientos, ya viejo y chocho. En una de ellas había escrito: «Legión: afianzamiento de la personalidad». Ahora, ha alcanzado la magistratura máxima de la nación, en parte por méritos y en parte por una concatenación de casualidades, que ha sabido aprovechar. A este general de cuarenta y tres años, rechoncho (1'58 metros de estatura) y tirando a alopécico lo idealizan los pintores áulicos alto, fornido y casi guapo. Por algo será. Franco es un gallego pragmático, más astuto que inteligente, más dado a nadar y guardar la ropa que al pensamiento o. Tiene sus convicciones, como todo el mundo, pero si las circunstancias lo requieren, las modifica sin mayor esfuerzo. Como hombre de orden y de derechas, repudia el liberalismo, el sistema de partidos y la masonería, su bestia negra, a la que considera responsable de la decadencia española de los dos últimos siglos. Su ministro, Pedro Sainz Rodríguez, explica que Genielin.com.
[Audio] «cogía de su alrededor ideas de Acción Española, del Tradicionalismo y de esa parte reaccionaria que explica toda la historia desde los judeomasónicos. Esas ideas simples le entraban en la cabeza y las convertía en dogmas. Y llegado el momento no decía: "Éste es masón", sino que decía: "Éste está contra mí, luego debe ser masón." Ése era su "razonamiento"»[28]. Para el dramaturgo Albert Boadella «Franco era un poco como el Míster Chance de Peter Sellers. Se sostuvo tantos años en el poder porque su debilidad mental descolocaba a todo su entorno. Tenía la crueldad, la frialdad, la perversidad del imbécil, que puede ser mucha y muy importante. Lo cierto es que tuvimos enfrente a un enemigo de bajísima categoría»[29]. Libre de inquietudes intelectuales y de apetitos físicos, Franco no tiene más pasión que la de mandar[30]. Sólo sus íntimos le conocen cierta afición a la escritura. De sus experiencias en la guerra de Marruecos tiene publicado Diario de una Bandera (1922)[31]. Por lo demás, desconfía de los intelectuales, a los que cree propensos a los dos grandes pecados contemporáneos: el comunismo y la masonería. Desde joven le gusta el cine. Con el tiempo, añadirá la caza y la pesca, la pintura de aficionado, la fotografía y el golf. A veces juega al mus. Le agrada también la zarzuela, en especial Marina, de Emilio Arrieta[32]. Cuando llega la televisión, pasa las horas delante del aparato y, como tantos españoles, no se pierde la retransmisión de ningún partido de fútbol. No tiene biblioteca. Ya anciano le confiará a su médico personal, el doctor Vicente Pozuelo: —A mí, lo que me hubiera gustado es practicar el vuelo sin motor. Volar como un águila y verlo todo desde lo alto. Franco es consciente de sus limitaciones. Sabe que su formación académica deja bastante que desear y que sólo ha llegado tan alto porque media docena de generales lo eligieron para dirigir la guerra[33]. También es cierto que él se había trabajado el consenso de las familias políticas que apoyaron el Alzamiento: los católicos, la Iglesia, el Requeté y la emergente Falange. Llegado a lo más alto, Franco se esfuerza por adquirir cierta cultura, sin resultados apreciables. Es un hombre de pocos amigos, como casi todos los que alcanzan el poder absoluto. —Yo desde los treinta y tres años estoy recibiendo visitas de españoles que hablan mal de otros españoles, para ponerse ellos en su lugar —le confió al doctor Pozuelo. Franco habla poco y escucha mucho. De este modo minimiza sus posibilidades de meter la pata, pero deja amplio espacio para que su interlocutor yerre. Con el tiempo, esta astucia elemental se le acentúa y lo reduce a una fría y concentrada apariencia que, sin embargo, a veces traiciona su gran emotividad, también creciente con el tiempo. La familia de Carmen Polo, la esposa del Caudillo, pertenecía a la pequeña nobleza del Principado de Asturias y ambicionaba un buen partido para su hija. En principio su padre se opuso al noviazgo con el comandantín Franco, pero luego cedió al ver que el pretendiente iniciaba una carrera prometedora. Después de unas Genielin.com.
[Audio] relaciones un tanto anodinas, como las de cualquier pareja burguesa, contrajeron matrimonio, en Oviedo, y fundaron un hogar cristiano en el que se reza el rosario en familia y se practican ejercicios espirituales por Cuaresma. Carmen Polo, la esposa del Caudillo, estudió sus primeras y únicas letras en colegios de monjas (ursulinas y salesianas) y con una institutriz francesa, madame Claverie. Recibió una educación «limitada, con prioridad de lo religioso sobre lo académico [...], su círculo familiar y sus escasas lecturas causaron en ella una profunda admiración por la aristocracia y sus costumbres»[34]. Carmen, que desde que se exaltó a primera dama, recibe el tratamiento de La Señora, es caballona y ancha, pero imprime a su poderosa osamenta cierta aristocrática distinción. Es posible que Paco y Carmen sean felices. En una entrevista concedida a una periodista extranjera en 1937, doña Carmen define su boda como «instante cúspide en sus anhelos de mujer y sol de felicidad que nunca ha parpadeado»[35]. Nadie los verá jamás hacerse una carantoña, ni un gesto de ternura, ni una confidencia, pero esta frialdad puede que no sea especialmente indicativa. Así se comportaban en público muchas parejas de entonces. Por lo demás, Carmen es una esposa tradicional y modélica, incluso en sus argucias para mantener a su marido alejado de posibles tentaciones. Lo acompaña en los viajes, siempre con la reliquia de la mano de santa Teresa en el maletero, y no lo deja solo ni a sol ni a sombra. Con feminil astucia, «procura tener amigas que no sean muy agraciadas físicamente [...] sabe que evitando la ocasión se evita el peligro»[36]. Tenemos motivos para pensar que Franco permitió que la esposa mandara de puertas adentro como solemos hacer casi todos los españoles. Por otra parte, debido a la Ley de la Compensación, más trascendente a la humanidad que la segunda Ley de la Termodinámica, se viene observando, desde los inicios de la Historia, que las gentes de mucho mando, militares y altos ejecutivos suelen acatar con paciencia la autoridad Genielin.com.
[Audio] de esas esposas despóticas y sargentas que la vida les depara. El Caudillo no es excepción. En presencia de su mujer «se le ve más cohibido y pensativo, más serio y menos hablador»[37]. «Es bondadoso de trato, pero muy frío [...] y esta actitud se acentúa visiblemente estando al lado de su mujer»[38]. El primo y secretario de Franco, autor de las anteriores observaciones, deja un desfavorable retrato de la primera dama: «Hay días que no se aguanta a sí misma. Adopta un aire de severidad y empaque absurdo»[39]. Como ama de casa, doña Carmen quizá podría encuadrarse en la clase media, educada en las excelencias del ahorro, retener para tener, siempre mirando por la peseta. Al marido lo tuvo calzado toda la vida con aquellos durísimos zapatos de Segarra, que el fabricante les regalaba por docenas[40]. En la cocina de El Pardo, nada de gollerías. Los Franco viven en un palacio, pero su mesa es austera: cocido, sopicaldo, arroz y lentejas, filete empanado y escabeche de atún. Y foie-gras y sobrasada de Mallorca, que le encantan a mi Paco. La Señora se las ingenia para combinar lujo y austeridad. Cerradas las espitas de la lujuria y de la gula, por las que se introduce el Maligno, El Pardo se reduce a mitad casa-cuartel, mitad cenobio, aunque los muros se adornen con tapices de Goya y se pise sobre alfombras de media hectárea. Franco, por otra parte, se siente perfectamente a gusto. «Desde luego se es más feliz siendo austero», sentencia[41]. En el proceso consciente de sacralización regia de su persona, Franco ha instituido una guardia jalifiana, casi cinematográfica, jinetes moros de tez cetrina ataviados con vistoso atuendo étnico, capas blancas, zaragüelles rojos y turbantes, como en esas zarzuelas a las que tan aficionado es[42]. El Rizasolo, eficaz rizapestañas automático, hace mujeres bonitas. Diez pesetas en todas las buenas perfumerías. Genielin.com.
[Audio] CAPÍTULO 4 El obispero nacional Pío XII proclama «de España ha salido la salvación del mundo [...] España es la nación elegida por Dios, un baluarte inexpugnable de la fe católica». Y el invicto Caudillo, haciéndose eco paternal del sentir patrio, declara: «España tiene un destino providencial en esta vieja Europa [...] salvar del marxismo a la civilización cristiana»[43]. El filósofo García Morente, antiguo agnóstico converso al catolicismo y ordenado sacerdote, expone claramente: «No hay dualidad entre Patria y Religión [...] quien dice ser español y no ser católico no sabe lo que dice»[44]. Franco sabe que su Régimen se apoya en el Ejército y en la Iglesia, incluso más en ésta que en aquél y, por lo tanto, impone el catolicismo como norma de vida: «¡En España o se es católico o no se es nada! Los españoles caminan en la verdad porque España está tan unida a nuestra Santa Madre Iglesia, que disfruta de la particular bendición de Dios»[45]. Franco se ha impuesto la tarea de regenerar a España y limpiarla de tentaciones liberales. «Hay que recristianizar a esa parte del pueblo que ha sido pervertida, envenenada por las doctrinas de corrupción»[46]. En su histórico mensaje del 18 de julio, aniversario del Glorioso Alzamiento, denuncia el libertinaje de la otra España como una de las causas de la rebelión militar. En el «obispero español» (la ocurrencia es de Agustín de Foxá), catolicismo y nación se funden y confunden en perfecta simbiosis. Franco asume la manía persecutoria que la Iglesia padece desde que los Estados europeos la despojaron de sus propiedades y privilegios. Genielin.com.
[Audio] Los obispos son funcionarios del Estado. Muchos serán procuradores en Cortes cuando se inaugure el nuevo parlamento. Franco devuelve a la Iglesia, aumentados, sus antiguos privilegios, incluida la exención fiscal. Además, sufraga la restauración de los templos dañados en la guerra, construye otros nuevos, levanta monumentos al Sagrado Corazón, edifica enormes seminarios y actualiza generosamente el sueldo que los curas percibían del Estado hasta que la República lo suprimió. Llamamos nacionalcatolicismo a la época dorada en que la Iglesia española y el régimen de Franco estuvieron a partir un piñón. La población clerical española creció considerablemente. Este idilio terminaría con el Concilio Vaticano II. La recristianización de España, impulsada con modernos criterios propagandísticos, no tarda en ofrecer los frutos apetecidos. Los seminarios se abarrotan, las asociaciones religiosas (Acción Católica, Congregaciones Marianas, Vicentistas, Tarsicios, Terceras Órdenes, Niñas Reparadoras, Hijas de María, Cursillos de Cristiandad, Adoración Nocturna, etc.) superan el millón de afiliados. Astuto y acomodaticio, Franco se adapta a la nueva moral y, a pesar de su gran afición al cine, rechaza las películas americanas porque exaltan el divorcio y minusvaloran a la familia, y recomienda sustituirlas por zarzuelas y dramones históricos de cartón piedra en producción nacional[47]. Estudios de Aranjuez S. A. La única factoría cinematográfica que no ha producido ni una pulgada de celuloide para los rojos saluda con emoción a la Nueva España. ¡Viva España! Abril de 1939, año de la Victoria. La Iglesia procura atraer a su redil a los descarriados, pero quizá no acierta con el procedimiento. El canónigo Gómez Arboleya se queja al arzobispo Eijo y Garay: «Antes no venían a misa; ahora nos los traen formados»[48]. Genielin.com.
[Audio] De nada valen las sensatas voces que se alzan contra tales excesos en el propio seno de la Iglesia. En 1940 el cardenal Vidal y Barraquer se lamenta de las prácticas superficiales y aparatosas con las que «se corre el peligro de hacer odiosa la religión a los indiferentes y a los partidarios de la situación anterior»[49]. El cumplimiento obligatorio no sólo afecta a los presos. La Iglesia también coacciona a los campesinos para que no descuiden sus deberes religiosos. En el poblado de colonización de La Quintería, cerca de Andújar, el misionero sube al campanario con un guardia civil y le señala los colonos que están labrando sus campos en lugar de asistir al sermón misional. A continuación la pareja de la Guardia Civil recorre el campo, toma nota de los infractores, les impone una multa y los manda a la iglesia[50]. —Mi cabo, yo comulgo todos los domingos —se resiste uno. —Me alegro mucho, tira palante, que como no te vea en la iglesia dentro de un rato te voy a dar una hostia que no tiene nada que ver con las que da el cura. Sobre el papel, las campañas coactivas rinden copioso fruto, pero luego la gente persevera poco en el rezo y la jaculatoria, especialmente los pobres. El grano episcopal cae en tierra yerma donde no germinará. Tampoco prosperó la pastoral del arzobispo de Toledo, Isidro Gomá, que abogaba por el perdón y la reconciliación[51]. Existe también una sustancial diferencia entre el cumplimiento de las obligaciones religiosas de los hombres y el de las mujeres. Ellas se muestran mucho más permeables a las prédicas del clero y se vuelven de comunión diaria, rezadoras y devotas, pendientes de las novenas, de los rosarios, del Genielin.com.
[Audio] mes de María, del arreglo de la iglesia, del ropero parroquial; mientras que sus maridos y sus hijos, más reticentes, atienden a los cultos con cierta tibieza. En el medio rural, donde los párrocos están investidos de mayor autoridad y controlan más eficazmente al vecindario, los campesinos no pueden sustraerse de la obligación de asistir a misa los días de precepto, pero dejan que las mujeres ocupen la zona próxima al altar mientras ellos se reúnen con los amigos cerca de la entrada o en el coro, donde hacen tertulia o simplemente se desentienden del acto y aguardan el «Ite Misa est» para salir de estampida a la taberna o a los corrillos de la plaza. Son como figurantes sin papel alguno que se arrodillan, se levantan o se sientan mecánicamente, imitando a los de las filas delanteras. Si hay varias parroquias entre las que elegir, acuden a la del cura que diga la misa más corta[52]. Los españoles se ven inmersos, de grado o por fuerza, en la trascendente tarea de avanzar hacia Dios. «Por el Imperio hacia Dios. ¡Viva España!», como gritan los falangistas. El ciudadano debe esforzarse en parecer mitad monje, mitad soldado, a imagen y semejanza de un régimen que se apoya en el Ejército y en la Iglesia[53]. Hay que esterilizar el solar patrio de los gérmenes patógenos del derrotado liberalismo. «Ha de desterrarse de nuestras prácticas sociales todo aquello que recuerde, por abyección o mal gusto, las de nuestros derrotados enemigos»[54]. Braulio Cienfuegos, modesto industrial carpintero de Vallecas, recibe el encargo del Ministerio de Educación, donde tiene un cuñado subsecretario, de fabricar 50.000 crucifijos con destino a las aulas de las escuelas públicas[55]. A este encargo seguirá otro de 150.000 unidades y, antes de que acabe el año, otro de 100.000 cruces y 200.000 marcos simples de 0'40 por 0'60, en los que se insertarán las fotografías del Caudillo y de José Antonio que van a presidir las aulas españolas flanqueando el crucifijo. Braulio Cienfuegos se ve obligado a contratar a dos ayudantes para atender los pedidos urgentes. El negocio marcha viento en popa, aunque debe entregar al subsecretario una comisión del 15 por ciento de sus ganancias. No es el único fabricante de crucifijos. También en el taller de carpintería de la cárcel de Alcalá de Henares, los reclusos se han especializado en construir crucifijos. La religión se eleva a única norma moral de vida. La vida social se centra en las prácticas religiosas. La situación no es novedosa en un país donde incluso los tiempos de cocción de huevos y pasteles se han venido calculando en padrenuestros y credos; pero ni los más viejos del lugar recuerdan periodo histórico tan intensamente devoto, tan rezador y procesionador. Genielin.com.
[Audio] Durante el decenio de los años cuarenta y buena parte del siguiente, menudearán Santas Misiones, Vía Crucis, Adoraciones Nocturnas, Manifestaciones Eucarísticas, Ejercicios Espirituales, procesiones, meses de María, Misas del Gallo, retiros, primeros viernes de mes, triduos, besamanos, novenas, quinarios, peregrinaciones, visitas a los Sagrarios, monumentos al Corazón de Jesús, entronizaciones de Vírgenes, roperos parroquiales, tómbolas diocesanas, mesas petitorias, rogativas para impetrar lluvia, fiestasantos, romerías, bulas de Santa Cruzada, sermones, Rosarios de la Aurora, fiestas patronales, misas de campaña, de acción de gracias, de difuntos y visitas a los Monumentos, además de los zapatos nuevos de suela de tocino recociendo el pie y levantando ampollas en el maratón de los acaparadores de indulgencias. El Sagrado Corazón de Jesús, serigrafiado en una placa metálica sobre los colores de la bandera nacional, preside, como un certificado de buena conducta, la puerta de los hogares de clase media. El historiado diploma con la bendición apostólica de su santidad, afilado perfil aquilino de Pío XII, señorea la sala de estar. A hogares aromatizados por el repollo cocido, en los que jamás entra un libro o un periódico, llega puntualmente el ejemplar mensual de El Granito de Arena, de la Revista del Reinado Social del Sagrado Corazón, paladín de la causa del padre Damián, apóstol de los leprosos, de El Adalid Seráfico, de Perlas Divinas, de La Lámpara del Santuario o de cualquier otra publicación religiosa que, en muchos casos, dado el escaso hábito de lectura de los suscriptores, se desguaza para papel de envolver, o para menesteres aún más íntimos, sin haber sido siquiera hojeada. Genielin.com.
[Audio] El español, siempre proclive a los gestos teatrales y a la religiosidad extrema, se desliza insensiblemente por la senda del fariseísmo. Dada la identificación entre catolicismo y Régimen, la participación en actos religiosos entraña una cierta obligación social si uno no quiere «significarse» (terrible expresión que designa al que sale del anonimato del rebaño y se hace notar, con el consiguiente peligro de que lo tomen por «rojo», especialmente si es uno de los ocho millones de españoles a los que sorprendió la guerra en zona republicana). Muchos agnósticos se ven obligados a fingir una vivencia religiosa que no sienten. A sus hijos les irá peor. Los españolitos de la nueva generación reciben ración doble, en casa y en el colegio, y si comulgan con la madre el domingo, repiten sacramento con los condiscípulos el jueves, en misa de comunión general, donde uno se significa si se sustrae a la eucaristía. «Demasiadas misas para tan poco niño», como recordaba Terenci Moix. Pero ¿y el progreso? ¿Y la concordia de los pueblos? ¿Y los logros sociales compartidos con las naciones de Occidente, a cuya comunidad se supone que pertenecemos? Estos escrúpulos son prestamente rechazados: Genielin.com.
[Audio] «No queremos un progreso liberal, capitalista, burgués, judío, protestante, ateo y masón. Preferimos el atraso de España»[56]. Consecuentemente España abandona la Sociedad de Naciones, lo que el diario Arriba aplaude con el argumento «¿Qué tenemos nosotros que hacer en Ginebra? A nosotros, gente andariega, nos hace daño la vida sedentaria»[57]. Los países sin fe han proclamado la libertad sexual y la libertad de conciencia. España, con decisión heroica de sus mentores, rechaza estas dos lacras del liberalismo. «La decadencia de España se debe, en gran parte, al exceso de intelectuales»[58]. En la calle abundan los uniformes y las sotanas, que prestigian a quien los viste y le confieren privilegios, como no hacer cola en las tiendas ni ante las ventanillas. También se les cede el paso respetuosamente ante las puertas o en aceras estrechas. Con la sartén por el mango, los curas y frailes pederastas y solicitadores, tan abundantes en su gremio, cultivan su afición con absoluta impunidad en colegios y en confesonarios, sin que nadie se atreva a denunciarlos. La religión impregna la vida civil. Muchas mujeres visten hábitos de diversas devociones: morado con cordón amarillo para Jesús Nazareno, marrón con cinturón de cuero para los carmelitas, negro riguroso para la Soledad, celeste con cordones blanco y crema para los piadosos de la Virgen de Fátima o de la de Lourdes; gris con cordones blancos, para los devotos de san Antonio y santa Rita; blanco y correa negra para los de la Merced, etc.; o sus versiones abreviadas para hombres, las camisas del color litúrgico correspondiente. Los hábitos testimonian las promesas hechas a los santos e imágenes veneradas en los tiempos difíciles de la guerra. Genielin.com.
[Audio] La Iglesia se adueña nuevamente de la educación. «La ley, además de reconocer los derechos docentes de la Iglesia en materia universitaria, quiere, ante todo, que la universidad del Estado sea católica». Por tanto, la llena de curas, frailes, propagandistas y miembros de Acción Católica o del Opus, que ocupan las cátedras vacantes por represión o exilio. «La universidad tendrá como norma y guía suprema el dogma y la moral cristiana y lo establecido en los sagrados cánones respecto de la enseñanza»[59]. La filosofía orteguiana, que predominaba antes de la guerra, se sustituye por un neoescolasticismo arcaico propio de los tiempos de Menéndez Pelayo y del presbítero Balmes (cuya figura se homenajea en un billete de banco, el de 5 pesetas, en 1951). Se abren colegios de primaria y secundaria a cargo de la Iglesia y ésta, fiel al mensaje evangélico, nuevamente dispone que los alumnos ricos entren por la puerta principal y los pobres por la de servicio. También en las aulas se distinguen los ricos de los pobres en el color de la bata escolar y en el trato de los religiosos, que es obsequioso con los alumnos procedentes de buena familia y desabrido con los otros[60]. Sastrería militar y eclesiástica. Adolfo Guerrero saluda a su distinguida clientela con motivo de la festividad de Santa Bárbara, patrona de la Gloriosa Artillería Española, y le comunica el cambio de sus instalaciones a la calle Calvo Sotelo, 29, bajo, donde los seguiremos atendiendo. Genielin.com.
[Audio] CAPÍTULO 5 Falangistas, militares, curas El botín de los vencedores y los cargos del Nuevo Estado se reparten entre militares, curas y falangistas. Los tres colectivos se han propuesto militarizar la nación, evangelizarla y convertirla al fascismo joseantoniano. La Nueva España abomina de las perversiones republicanas y de las «perniciosas libertades» (conciencia, culto, prensa, reunión, enseñanza y propaganda). Ha clausurado los ateneos, ha quemado o expurgado bibliotecas[61] y ha abolido las leyes liberales de la República: el matrimonio civil, el divorcio y la coeducación, ese sistema pedagógico «por completo contrario a los principios religiosos del Glorioso Movimiento Nacional»[62]. Incluso el profesorado sólo podrá impartir clase al alumnado de su propio sexo. Los tribunales han depurado a los funcionarios afectos a la República, han expulsado de la administración a maestros y profesores de izquierdas, o simplemente liberales, herederos de la pedagogía laica de la Institución Libre de Enseñanza[63]. Las vacantes, sumadas a las que dejaron los intelectuales exiliados, se cubren con personas de derechas promocionadas con cursillos patrióticos. «De cada cinco puestos depurados en la administración, cuatro se reservarán para excautivos, excombatientes, huérfanos y viudas del bando nacional»[64]. Antiguos alféreces provisionales se ven recompensados con un título de maestro tras una fingida oposición en la que el tribunal pregunta nimiedades al alcance de cualquiera. Circula un chiste revelador. En uno de estos «exámenes patrióticos» le preguntan al examinando, que luce un par de medallas sobre la camisa azul: —¿Quién descubrió América? —Francisco Franco. —¿Quién escribió el Quijote? —Francisco Franco. —¿Quién pintó Las Meninas? —Francisco Franco. —Me temo que no ha acertado usted ninguna pregunta —le advierte el presidente del tribunal. —Y yo me temo que me estás resultando un poco «rojillo», camarada —replica el falangista con gesto severo. —¡Enhorabuena, camarada! —El presidente del tribunal reconsidera su postura —. ¡Ya eres maestro nacional! Genielin.com.
[Audio] El vivir cotidiano se teje sobre una urdimbre de complicidades, corruptelas, especulación, enchufismo, tráfico de influencias y cohechos. Como apunta el excelente escritor falangista Agustín de Foxá: «Tenemos una dictadura dulcificada por la corrupción». La sociedad española se ha escindido en dos grupos: la minoría integrada por una docena de obispos y unos cientos de miles de católicos radicales (con claro predominio de señoras de comunión diaria que compiten en santidad y en cebar párrocos con chocolate y con bizcochos), y la inmensa mayoría restarte, de fe tibia y acomodaticia, cuando no francamente agnóstica, los que ignoran los beneficios de la espiritualidad, y habiéndose habituado a considerar el sexo como uno de los más legítimos placeres de la vida, no pueden pasar sin un orgasmo de vez en cuando. Este seguido grupo admite a su vez una subdivisión: el pueblo bajo, el gran perdedor de la guerra, que, aunque reducido a discreto mutismo, continúa haciendo de su capa un sayo en materia sexual, y la sufrida clase media que tiene que comulgar con las ruedas de molino de la minoría integrista, carne de su carne, sangre de su sangre, espinita de su costado. Cuando todos los miembros de una familia responden unánimemente a la llamada de la santidad, la felicidad reina en el hogar, pero cuando la fe se reparte desigualmente, caso bastante frecuente, la práctica religiosa se convierte en fuente de conflictos, abusos e insatisfacciones. Forman legión los sufridos esposos e hijos que han de soportar la tiranía de una madre y esposa más papista que el Papa. Es como tener en el seno del hogar un comisario político que vigila celosamente el cumplimiento de las consignas morales. La sociedad biempensante y burguesa, que antes de la guerra era hipócrita, se torna aún más hipócrita. Un famoso y voluminoso ministro perora, con la vacía retórica propia del discurso oficial, sobre «la tradición que nos trae la necesidad de clavarnos de nuevo en la vanguardia de la Contrarreforma» y exalta «ese viejo destino español de aclarar con las luminarias del espíritu la amargura de las incertidumbres y de las noches» para, después de los gritos de rigor, del tremolar de banderas, de la entonación de himnos, irse de parranda con los amigotes, cenar dos platos de codillo y un flan de ocho huevos en un restaurante clandestino y encamarse con una puta de postín en sábanas de seda. Genielin.com.
[Audio] Don Próculo Orbaneja, presbítero, se ha desayunado un tazón de café con leche migado en el que se sostiene enhiesta la cuchara, tardo desquite a las hambres y fatigas pasadas en la guerra. Reconfortado con la copiosa colación, don Próculo viste su sotana y manteo, regalo de las Damas Reparadoras del barrio, y se dirige a la iglesia de San Lorenzo de la que es párroco. Don Próculo disfruta de ciertos privilegios en atención a sus padecimientos durante el cautiverio rojo. Capturado por los milicianos cuando, disfrazado de quesero manchego, con blusón negro y alpargatas, intentaba pasarse al bando nacional, la canalla marxista lo hizo objeto de terribles sevicias: dos veces fingieron su fusilamiento, lo que le ha producido una enfermedad nerviosa que se manifiesta en cierto temblor del brazo derecho. También lo torturaron obligándolo a entrar en la charca donde desembocaban las madres comunes y, cuando la mierda le llegaba por la barbilla, le tiraban piedras saltarinas para obligarlo a sumergir la cabeza. Don Próculo desciende por la escalinata del Pósito y atraviesa la plaza de José Antonio, antes llamada de las Palmeras. En su camino se cruza con niños que van a la escuela y con alguna que otra mujer, camino de la iglesia. Unos y otras le besan la mano blanca y pilosa, que él les tiende con unción. En la parroquia lo espera una docena larga de feligreses, que recibirá, por turno, en el despacho de la sacristía. Algunos le traen cartas de recomendación de conocidos, otros simplemente se entregan a su misericordia. La Iglesia ha adquirido un poder que nunca antes detentó entre las clases humildes. Desde que terminó la guerra, los españoles se han clasificado en tres categorías: adictos o afectos al Régimen, que son los de derechas de toda la vida; indiferentes que, por la cuenta que les trae, hacen méritos para figurar en la primera categoría y desafectos, los que tienen un pasado que purgar. De los curas párrocos como don Próculo y de otras autoridades depende la expedición de avales o certificados de buena conducta que los desafectos, presos o camino de estarlo, necesitan para que se revise su causa. Las chicas de clase obrera Genielin.com.
[Audio] también necesitan aval para obtener empleo como sirvientas en las casas acomodadas. Finalmente, del cura depende que un niño pobre encuentre plaza en una escuela pública o religiosa. Don Próculo no siempre concede lo que se le pide. De algunos solicita informes; de otros, servicios que compensen los daños ocasionados durante la revolución Marxista a las propiedades de la Iglesia o del clero. La iglesia de San Lorenzo, requisada por la CNT durante la guerra y convertida en almacén, sufrió diversos desperfectos. Ahora un carpintero, un albañil, y una limpiadora colaboran con la restauración del templo esperando que don Próculo los informe favorablemente algún día. También auxilia a don Próculo, en la oficina de la sacristía, don Fermín Siles Arizala, un abogado depurado por su pertenencia a Izquierda Republicana. Don Próculo sospecha que, además, era masón, extremo este que no se le ha podido probar. Ahora está inhabilitado para ejercer la profesión y purga su culpa sirviendo voluntariamente a la parroquia como mecanógrafo-secretario. También realiza asesorías jurídicas para las amistades y compromisos de don Próculo, que suelen darle alguna propinilla por indicación del párroco. Después de la guerra hay bastante trabajo en las parroquias que quedaron en zona roja. Los párrocos deben establecer listas de niños en espera de bautismo, así como de matrimonios casados solamente por lo civil, en realidad amancebados, puesto que las leyes de la Nueva España establecen que sólo el matrimonio canónico es válido. Cada mes, don Próculo organiza un bautizo colectivo y al día siguiente una boda multitudinaria. Muchos niños nacidos durante la guerra, además de estar sin bautizar, lucen nombres ridículos como Libertad, Germinal, Katiuska, Razón, Fraternidad, Juan de Lenin y otros parecidos. Otros, recibieron nombres vascos o catalanes —Iñaki, Koldo, Jordi, Sadurní, etc.— que igualmente hay que sustituir por sus equivalentes en la lengua del Imperio. Don Próculo, al administrarles las aguas bautismales, les asigna nombres castellanos sacados del santoral: Bonoso, Auxiliadora, José, Jesús, Ignacio, Javier, Almudena, Rocío... En cada tanda de bautizos don Próculo impone los nombres de sus padres, Fulgencio y Rafaela, a los niños más guapos. No ha caído en la tentación de llamar a nadie con el suyo, Próculo, porque bastantes problemas le acarrea. Las Genielin.com.
[Audio] personas humildes y sin cultura, debido a su propia ignorancia, suelen pronunciarlo «Proculo» e incluso «Porculo». El sacerdote ya está harto de corregirlos: —Es Próculo —advierte haciendo acopio de paciencia—: con acento en la primera «o» porque es palabra esdrújula. —Lo que usted diga, don Proculo. Volviendo al abogado don Fermín Siles, su historia personal no deja de ser reveladora de la abyección en la que puede caer un intelectual embaucado por el liberalismo. Se había divorciado durante la guerra y había vuelto a contraer matrimonio por lo civil. Ahora ha tenido que abandonar a su segunda mujer para volver con la primera, dado que es su único matrimonio válido. Don Fermín vive esa imposición como una tragedia personal, pero don Próculo confía en que la práctica de la religión lo ayude a cicatrizar sus heridas. En sus oraciones ruega a Dios que le devuelva la fe al abogado y con ella la alegría de seguir la senda del Señor. Don Próculo sabe ser caritativo con el caído, pero también sabe que la caridad cristiana no debe entorpecer la justicia. Si a mano viniere, don Próculo, como un padre severo que guía a su grey, también denuncia a la autoridad competente los casos de emboscados o huidos que llegan a su conocimiento a través de sus feligreses o en secreto de confesión. Genielin.com.
[Audio] CAPÍTULO 6 El pecado de impureza Los clérigos, célibes de oficio y, por consiguiente, reprimidos sexuales, aprovechan el poder que Franco les otorga para imponer a sus feligreses una moral enfermiza que alcanzará extremos ridículos. ¿No será que Franco alienta la sexofobia de los ancianos prelados para tenerlos distraídos y evitar que se entrometan en asuntos más conflictivos? Quizá sea exagerado presumir tanto maquiavelismo en el Jefe del Estado. En realidad, tampoco se puede decir que los obispos destacaran por sus desvelos sociales antes de la guerra. Es domingo, y don Próculo pronuncia su sermón dominical ante un templo abarrotado de fieles en la solemne misa mayor, desde el púlpito de hierro forjado por el maestro Bartolomé en el siglo XVI. —¡Amadísimos hermanos, un noventa y nueve por ciento de los condenados al infierno, lo son por pecados de impureza! —comienza con voz tronante y campanuda[65]. Una tradición eclesiástica, que se remonta a los tiempos de la Contrarreforma, reduce la moral a la continencia sexual y a la ocultación del cuerpo femenino, vehículo predilecto de Satanás y causa de todos los males. La impureza preocupa a don Próculo y preocupa a la Iglesia. No va a ser fácil redimir al pueblo pervertido por los malos hábitos que el liberalismo le inculcó. Los ancianos célibes que integran el episcopado han asistido impotentes, durante la República, al doloroso espectáculo de la relajación de su rebaño. Ahora ha llegado el momento de meter en cintura a las ovejas descarriadas y de imponerles penitencia por los pecados cometidos. Las fiestas propicias al desenfreno sexual (carnaval, verbenas, romerías) han sido prohibidas o radicalmente reformadas, pero el baile está tan arraigado que, aunque reclama una atención preferente en las pastorales, solamente el arzobispo de Sevilla se atreverá a prohibirlo. En su sermón, don Próculo arremete contra el baile, «perniciosísimo arte inventado por el diablo Belial, gavilla de demonios, estrago de la inocencia, solemnidad del infierno, tiniebla de varones, infamia de doncellas, alegría del diablo y tristeza de los ángeles»[66]. «Me refiero, amadísimos hermanos, naturalmente, al baile agarrado —precisa el predicador— que es gravemente deshonesto por su propia naturaleza y por tanto ilícito, o, al menos, ocasión próxima de pecado»[67]. «¿Hay bailes lícitos? —se pregunta don Próculo tras uno de sus efectistas silencios—. Por supuesto que sí: los entrañables bailes regionales que son la esencia Genielin.com.
[Audio] del arte y de la raza». Merecen la aprobación clerical los extenuadores bailes regionales: las jotas, las muñeiras, los melenchones, los xiringüellus, las sardanas y demás manifestaciones genuinas del alma española, que se bailan sin contacto físico alguno, la mujer revestida de sucesivas enaguas y tocas; el hombre con refajo, calzón hasta las rodillas, medias blancas de lana y alpargatas de cintas. La autoridad civil ratifica el criterio de los obispos. En Ávila, el gobernador prohíbe el baile «a excepción de la jota serrana, de tanto sabor en esta provincia»[68]. El de Badajoz, más liberal, sólo se prohíbe del viernes de Dolores al domingo de Resurrección. Otras autoridades no se atreven a tanto, pero los párrocos y predicadores de la Santa Misión logran que las muchachas solteras bailen solamente entre ellas, o con sus padres y hermanos. Algunos párrocos ceden a la presión de la feligresía y toleran el baile, aunque con la condición de que las parejas se mantengan a medio metro de distancia y sean vigiladas por personas de orden, una cenefa negra de señoras serias y enlutadas, familiares, comadres y carabinas, todas atentas a la jugada, y murmuradoras, sentadas en sillas de tijera en torno a la pista de baile[69]. En las ciudades se disfruta de mayor libertad. Pepito Pegalajar saca a bailar a Remedios Escañuela. Tras los primeros compases al borde de la pista, arrastra a su presa al lugar más concurrido de la misma, donde no sean observados por carabinas y mirones, y allí acorta distancias sobre las tetas de la moza, e incluso intenta refregarle el paquete de su turgente virilidad. Remedios se defiende aplicando la «retranca», recurso defensivo que consiste en mantener la palma de la mano firmemente apoyada en el hombro masculino y el brazo completamente extendido. Genielin.com.
[Audio] Los bailes de carabina y permiso parroquial afectan principalmente a la sufrida clase media. La clase popular sigue acudiendo a los acreditados bailes de candil, así llamados por su deficiente iluminación, en corrales de vecinos y ventas de las afueras. Libres de los prejuicios de la burguesía y de la influencia doctrinal de los obispos, los bailes de candil resultan mucho más propicios al achuchón, ese consuelo de los pobres, y por este motivo son frecuentados también por empleadillos y por estudiantes. Solriza, producto íntegramente nacional, garantiza una ondulación permanente sin aparatos ni electricidad, a base de nuestros acreditados saquitos. Una legión de tinterillos, burócratas y alguaciles, sin dos dedos de frente, se toma a pecho las consignas oficiales y cree que el engrandecimiento de la Patria exige la represión de las parejas que se meten mano en los parques o el retoque con tinta de los escotes de las actrices en los prospectos cinematográficos. Con el cuplé pícaro de los años veinte y treinta están menos acertados, cuando lo maquillan para soslayar el protagonismo de las putas, como prueban Tatuaje y Ojos vendes. Ojos verdes empezaba, antes del Glorioso Movimiento Nacional: Apoyá en el quicio de una mancebía Lo que establece, desde el primer verso, que la protagonista de la canción es puta, pupila de mancebía. Los censores objetan del oficio del personaje y obligan a los cantantes a cambiar el primer verso por otro menos explícito: Apoyá en el quicio de mí casa un día: O: Apoyá en el quicio de una celosía Genielin.com.
[Audio] El torpe censor no advierte que la mujer que antes era puta resulta ser ahora un ama de casa ventanera que se prenda de un galán a caballo y se lo lleva al sagrado tálamo sin mediar cortejo alguno, yendo directamente al grano: aquí te pillo, aquí te mato, lo que agrega lujuria al adulterio. En la sociedad reciamente viril, propugnada por los vencedores, no hay lugar para el homosexual, del mismo modo que no lo hay para el «rojo», para el liberal o para el masón. De hecho, el linchamiento del maricón está oficiosamente tolerado, y apedrear maricones en los parques es una de las inocentes diversiones de las pandillas de pilluelos. Miguel de Molina, el más cualificado intérprete de Ojos verdes, ha pasado la guerra en Valencia, donde actuó en los espectáculos benéficos de la República, y además es notorio maricón, amanerado y aficionado a los rizos, a la mirada lánguida de los ojos maquillados, a los pantalones ajustados, a las blusas vaporosas de lunares, que él mismo se corta y cose, a los abalorios y a las joyas. Genielin.com.
[Audio] A la salida del teatro Pavón, donde actúa con gran éxito, lo esperan tres falangistas ataviados con impermeables blancos[70]. —Tenemos órdenes de llevarte a la Dirección General de Seguridad. Es para una diligencia rutinaria. Lo meten en un coche. Al llegar a Cibeles, pasan de largo, en lugar de torcer hacia la Puerta del Sol. Miguel de Molina pregunta extrañado: —Pero ¿no íbamos a la comisaria? —¡Tú calla! Genielin.com.
[Audio] Lo llevan a los Altos del Hipódromo, en el paseo de la Castellana, le propinan una paliza, lo pelan a trasquilones y lo obligan a ingerir aceite de ricino, el castigo habitual que los vencedores aplicaban a las milicianas, copiado de los mussolinianos. Miguel les vomita encima. El artista se recompone como puede y continúa con su temporada de gran éxito en el Teatro Cómico. Otro día acude una escuadra de muchachos del Frente de Juventudes, dispuestos a reventarle el espectáculo: a voz en grito lo llaman «¡Miguela!» y «¡Marica!». Miguel de Molina interrumpe la canción, manda callar a la orquesta, se acerca a las candilejas y les replica: —Marica, no: maricón, que suena a bóveda. Es evidente que en la Nueva España no hay lugar para un cantante amanerado y homosexual. Miguel de Molina lo comprende y emigra a Buenos Aires, donde pasará el resto de su vida. Su rival en los escenarios, Conchita Piquer, que había comenzado de vedette, mostrando sus torneados muslos en tiempos más permisivos, se adapta a la situación y se transforma en doña Concha Piquer, gran dama de la copla española. Genielin.com.
[Audio] CAPÍTULO 7 Autarquía y gasógeno Franco ha vencido en la guerra gracias a la ayuda de Italia y de Alemania. Los ideólogos de Falange, fieles a sus consignas, suministran el maquillaje gestual necesario para que España se parezca lo más posible a sus mentores. España tiene un Caudillo, equivalente al Führer y al Duce, y tiene un partido único, de raíces fascistas, la Falange, que viste camisa azul y saluda brazo en alto (como los camisas pardas germanos y los camisas negras italianos). Las dos dictaduras europeas se han formado como naciones en el siglo XIX, y desde entonces andan obsesionadas con la idea de conquistar imperios, como los que en su momento obtuvieron Portugal, España, Francia, Holanda e Inglaterra. Los militares y los fascistas españoles no se conforman con que España sea menos, sueñan con los tiempos en que en nuestros dominios no se ponía el Sol y la proclaman «Unidad de Destino en lo Universal», definición que, aunque no se sepa bien lo que significa, concuerda con la retórica fascista. Los discursos, las arengas y los sermones se nutren de frases grandilocuentes y de lugares comunes: los Reyes Católicos, el cardenal Cisneros, Felipe II, el «prefiero perder mis Estados a gobernar sobre herejes», el «más vale honra sin barcos que barcos sin honra», el «más vale morir con honra que vivir con vilipendio», se repiten hasta la saciedad. «Trento está en nosotros: somos más papistas que el Papa», proclama, con orgullo, el rector de la Universidad de Valencia. El castellano pasa a llamarse «lengua del Imperio», y en su nombre se reprimen las lenguas autóctonas: el catalán, el vascuence y el gallego, que apestan a separatismo y a rojerío. Mientras el país aguanta los retortijones de hambre, y muchos estómagos se resignan a digerir algarrobas, el mundo del espíritu se robustece con esencias nacionales. El diccionario se purga de extranjerismos. El coñac se rebautiza «aguardiente jerezano»[71]; la ensaladilla rusa, se llama «imperial», el antiguo cine París-Madrid de la Gran Vía también cambia el rótulo por el de cine Imperial; a los hoteles que se llamaban Internacional se les suprime el «inter» y quedan en Nacional. Hasta Margarita Gautier, la Dama de las Camelias troca su apellido francés por el autóctono Gutiérrez, por voluntad de un gobernador civil. La palabra «rojo» adquiere connotaciones tan negativas que cuando el hablante se refiere solo al color debe sustituirla por «encamado» o «colorado». El cuento infantil Caperucita Roja será Caperucita Encarnada. La palabra «obrero», de connotaciones izquierdistas y republicanas, se sustituye por «productor», como dijimos al principio. Genielin.com.
[Audio] El Primero de Mayo, fiesta universal del trabajo, de sugerencias obreristas, se cristianizará, por decisión de Pío XII, en 1955, como San José Obrero, pero en España será San José Artesano[72]. En las tribunas resuenan las sustanciosas palabras del viejo tronco castellano: viril (favorita de san Josemaría Escrivá de Balaguer, cuyo Camino aparece en 1939), jerarquía, imperial, señero, vibrante, augusto..., a las que se añade una nueva, la más brillante, recién salida del troquel de la lengua: autarquía. La economía marcha mal. La balanza de pagos es deficitaria. En esas circunstancias, Franco adopta una doctrina económica que nos pondrá a salvo de los vaivenes de la economía internacional: la autarquía. La idea es simple: suprimamos las importaciones y produzcamos nosotros mismos todo lo que España necesite. De este modo además, cerraremos nuestras fronteras a las perniciosas influencias de las democracias liberales. Importantes acuerdos de la hostelería madrileña. Se considerará, huéspedes de honor a los jefes y oficiales del Glorioso Ejército Español. Los hoteleros rompen toda relación con los colaboradores de la causa «roja». La hostelería madrileña suscribirá una «ficha azul» de 5.000 pesetas mensuales. En los hoteles se consumirán solamente productos de producción nacional. La autarquía es una utopía irrealizable porque numerosos productos y materias primas no se improvisan ni dependen del voluntarismo de un líder, pero Franco opta por ella en su mentalidad cuartelera, que ignora los principios más elementales de la economía de mercado. Tomada su determinación, rechaza las Iíneas de crédito que en 1939 le ofrecen Inglaterra y Estados Unidos[73]. Para acabar de arreglarlo, el Instituto Español de Moneda Extranjera (IEME), que interviene todo movimiento de divisas, establece el cambio del dólar a 11'22 pesetas, tres veces por debajo del real, pensando que esta medida favorecerá la balanza de pagos cuando, a la larga, no arregla nada y perjudica las exportaciones. De torpeza en torpeza, la economía impuesta por el Régimen empeora una situación ya de por si grave. La consigna del Caudillo aparece en la prensa, glosada hasta la saciedad: «Producir, producir y producir». «¿Que la autarquía nos obligará a apretamos el cinturón durante unos años? No importa. Los falangistas no sentimos hoy nostalgia del bienestar material»[74] ; «Queremos la vida dura, la vida difícil de los pueblos viriles», solicita Franco[75]. La Providencia atiende a su ruego: hambre, «pertinaz» sequía, escasez de viviendas, epidemias, sarna, chinches, piojos grises y piojo verde, estilográficas a plazos, talleres de restauración de cepillos de dientes, alpargatas en lugar de zapatos, colas para mendigar la sopa sobrante de los cuarteles, tranvías abarrotados hasta los topes, trajes vueltos, retales, recortes, realquilados... Los extranjeros que visitan España consignan su olor a guano, a miseria, a roña acumulada, a aceite refrito, a grasa rancia. Genielin.com.