Henrik Ibsen La señora Inger de Ostrot E LEJANDRIA.
LIBRO DESCARGADO EN WWW.ELEJANDRIA.COM, TU SITIO WEB DE OBRAS DE DOMINIO PÚBLICO ¡ESPERAMOS QUE LO DISFRUTÉIS! LA SEÑORA INGER DE OSTROT HENRIK IBSEN PUBLICADO: 1857 FUENTE: HTTPS://ARCHIVE.ORG TRADUCCIÓN: JOSÉ RAMÓN PÉREZ BANCES EDICIÓN ORIGINAL: DRAMAS DE ENRIQUE IBSEN, T. I (MADRID, PERLADO, PÁEZ Y C.ª, 1914).
PERSONAJES LA SEÑORA INGER OTTISDATTER RÖMER, viuda del maestresa- la imperial Nils Gyldenlöve. ELINA GYLDENLÖVE, hija suya. NILS LYKKE, caballero danés. OLAF SKAKTVAL, noble noruego proscrito. NILS STENSON. JENS BJELKE, coronel sueco. BJORN, ayuda de cámara. FINN, criado. EJNAR HUK, mayordomo del castillo. Criados, campesinos, soldados suecos. La acción en el castillo de Ostrot, en Drontheimfjord, en 1528. Derecha e izquierda, del actor..
ACTO PRIMERO Una estancia en Ostrot. Por la puerta del fondo que está abierta se ve la sala de armas iluminada débilmente por los rayos de luna que de cuando en cuando caen de una ventana estrecha que hay en el muro opuesto. A la derecha, la puerta de salida; delante de ella una ventana con cortinas. A la izquierda, una puerta que conduce a las habitaciones interiores. Al fondo, un gran hogar encendido que alumbra la habitación. Es una noche tempes- tuosa. Bjorn y Finn están sentados en el hogar; este último limpia un yel- mo; al lado de ellos hay varias armas, una espada y un escudo. FINN.—(Después de una pausa.) ¿Quién fue Knut Alfson? BJORN.—La señora dice que ha sido el último caballero noruego. FINN.—¿Y los daneses lo vencieron en Oslo-Fiord? BJORN.—Pregúntaselo a un niño de cinco años, si no lo sabes. FINN.—¿De modo que Knut Alfson fue nuestro último caballero? ¡Y ahora ha muerto y ya no existe! (Levantando el yelmo.) Entonces tienes que conformarte con colgar limpio y reluciente en la sala de armas. Ya no eres más que una cáscara de nuez vacía. El grano…, el grano se lo han comido ya hace tiempo los gusanos. Oye, Bjorn…, ¿no se podría decir que Noruega es una cáscara de nuez como este yelmo, reluciente por fuera, comida de los gusanos por dentro? BJORN.—¡Cállate y haz tu trabajo! ¿Has terminado con el yelmo? FINN.—Reluce como plata a la luz de la luna..
BJORN.—Entonces llévatelo. Mira aquí; quítale el óxido a esta espada. FINN.—(La coge y la da vueltas por todas partes.) ¿Pero valdrá la pena de hacerlo? BJORN.—¿Qué quieres decir? FINN.—No tiene corte alguno. BJORN.—No te preocupes de ello. Dámela a mí… Aquí tienes el escudo. FINN.—Si le falta la abrazadera… BJORN.—(Entre dientes.) ¡Ah! Quisiera poder cogerte como… FINN.—(Murmura algunas palabras ininteligibles.) BJORN.—¿Qué es lo que te pasa? FINN.—Un yelmo vacío, una espada sin corte, un escudo sin abrazadera…; en esto consiste toda la grandeza. Yo creo que nadie podrá censurar a la señora Inger por dejar que tales armas cuelguen limpias y bri- llantes en la sala de armas, en vez de bañarse en sangre danesa. BJORN.—¿A qué esas charlatanerías? Me parece que vivimos en paz. FINN.—¿Paz? Sí; cuando el labrador ha gastado su última flecha y el lobo le ha comido la última oveja, entonces hacen las paces. ¡Pero qué amistad más admirable entre los dos! Bien; que las cosas vayan como quie- ran. Como he dicho, está perfectamente que las armas cuelguen tranquilas en la sala, pues ya conoces la antigua máxima: «Solo el caballero es un hombre…» Y puesto que no hay ya más caballero aquí en Noruega, no hay tampoco más hombres, y donde no hay hombres tienen que mandar las mu- jeres. Por eso… BJORN.—Por eso…, por eso te mando que dejes toda esa charla sin sus- tancia. (Se levanta.) Va a ser pronto de noche. Vuelve a colgar en la sala el yelmo y el escudo. FINN.—(En voz baja.) No; prefiero dejarlo para mañana. BJORN.—¿Pero qué es eso? ¿Sigues siendo miedoso? FINN.—Por el día no. Pero si tuviera que ir de noche preferiría ir con compañía. Sí, tú me miras asombrado; pero debes saber que allá en la coci-.
na se cuentan muchas cosas. (Bajando la voz.) Hay algunos que dicen que todas las noches pasea por la sala un fantasma grande vestido de negro. BJORN.—¡Habladurías de viejas! FINN.—Pues ellos juran que es verdad. BJORN.—Eso sí lo creo. FINN.—Y lo más extraño es que la señora cree también lo mismo. BJORN.—(Sorprendido.) ¡La señora! ¿Qué es lo que cree? FINN.—¿Lo que la señora Inger cree? ¡Ah!, eso no lo sabe mucha gente. Pero lo que es cierto es que no tiene sosiego ninguno. ¿No ves que de día en día se pone más delgada y más pálida? (Con mirada inquisitiva.) La gente dice que no duerme nunca y que eso es por causa del espectro… (Durante las últimas palabras, Elina Gyldenlöve aparece en la puerta de la izquierda, que está entreabierta; sin que los otros se aperciban se para y escucha.) BJORN.—¿Y tú crees semejantes tonterías? FINN.—A medias. Por lo demás, hay gente que explica de otro modo las cosas. Pero esto no es más que malignidad. Oye, Bjorn, ¿conoces la canción que circula por todo el país? BJORN.—¿Una canción? FINN.—Sí; anda en lenguas del pueblo. Es una canción indigna. Por lo demás, está muy bien. Escucha. (Canta a media voz.) La señora Inger de Ostrot viste de terciopelo con perlas en el cabello; tiene triste el corazón. La señora Inger vendiose al danés; todos sus criados vendiolos también, y en pago… (Bjorn, indignado, le sujeta por el pecho. Elina se retira sin ser notada.) BJORN.—Y yo te envío sin salario al demonio, si dices otra sola palabra ofensiva para la señora..
FINN.—(Soltándose.) Pero, pero…, ¿he sido yo el que inventó la canción? (Afuera suena un cuerno.) BJORN.—¡Escucha! ¿Qué es eso? FINN.—Un cuerno. Parece que tendremos huéspedes esta noche. BJORN.—(En la ventana de la derecha.) Se abre la puerta. Suenan gol- pes de herraduras en el patio. Debe de ser un caballero. FINN.—¿Un caballero? Eso me parece difícil. BJORN.—¿Por qué no? FINN.—Tú mismo lo has dicho: el último de nuestros caballeros ha muerto. (Se va por la derecha.) BJORN.—¡Maldito canalla!… En todas partes tiene los ojos. Para esto ha servido todo mi trabajo para ocultar y esconder las cosas. Anda ya en lenguas de la gente; no pasará mucho tiempo sin que todo el mundo grite que… (Elina vuelve a entrar por la puerta de la izquierda; mira alrededor y pregunta con ademán misterioso): ¿Estás solo, Bjorn? BJORN.—¿Lo estáis vos, señorita Elina? ELINA.—Oye, cuéntame uno de tus cuentos. Sé que sabes más que los que… BJORN.—¿Que cuente?… ¿Pero ahora, tan tarde?… ELINA.—Si cuentas desde que oscurece aquí en Ostrot, sí que es en ver- dad tarde. BJORN.—¿Qué os pasa? ¿Os ha ocurrido algo desagradable? Parecéis tan intranquila… ELINA.—Puede ser. BJORN.—Algo ha tenido que ocurriros. En este último medio año no sois la misma que erais. ELINA.—Piensa que desde hace medio año duerme en la tumba Lucía, mi adorada hermana..
BJORN.—No es eso, no. No es eso solo lo que hace que andéis ora páli- da y meditabunda, ora desesperada y furiosa como esta noche. ELINA.—¿Lo crees así? ¿Y por qué no? ¿No era Lucía dulce y piadosa y bella como una noche de verano? Bjorn…, yo amaba a Lucía como a mi propia vida. ¿Te acuerdas de cuántas veces en las noches de invierno, cuan- do éramos niñas, nos sentábamos en tus rodillas? Nos cantabas canciones y nos contabas… BJORN.—Sí; entonces estabais fresca y alegre. ELINA.—¡Ah, entonces! Entonces vivía una hermosa vida con los cuen- tos y con mis propias fantasías. ¿Es posible que fuera entonces la playa tan fría como ahora? Yo al menos no lo notaba. Allí era donde yo me refugiaba con más gusto y donde soñaba las más hermosas fantasías. Mis héroes ve- nían de muy lejos y tornaban luego a marcharse por el mar. Yo vivía con ellos, y al marcharse los acompañaba. (Se deja caer sobre una silla.) Y aho- ra me siento tan débil y tan cansada… Ya no puedo vivir de mis cuentos…; no son más que cuentos. (Se levanta con un impulso repentino.) Bjorn, ¿sa- bes qué es lo que me ha puesto así? Una verdad. Una verdad muy mala, muy mala, que día y noche pesa sobre mí. BJORN.—¿Qué queréis decir? ELINA.—¿Te acuerdas de que a veces nos dabas consejos y reglas de vida? Lucía los seguía, pero yo… ¡Dios me haga mejor! BJORN.—(Consolándola.) ¡No, no! ELINA.—¡Si lo sé! ¡Era orgullosa, altanera! Cuando jugábamos juntas yo quería siempre hacer de reina porque me tenía por la más grande, la más hermosa, la más inteligente. ¡Si lo sé muy bien! BJORN.—Eso es verdad. ELINA.—Una vez me cogiste de la mano, me miraste muy serio y me di- jiste: «No te enorgullezcas de tu hermosura ni de tu inteligencia, ¡pero sé orgullosa como el águila en la cima de las montañas cuando pienses que eres la hija de Inger Gyldenlöve!» BJORN.—Y teníais razones para estar orgullosa de ello..
ELINA.—Sí; de eso me contabas muy a menudo, Bjorn. ¡Oh, me contas- te tantos cuentos en aquel tiempo! (Estrechándole la mano.) ¡Gracias por todos! Y cuéntame ahora uno; acaso pueda volver a estar alegre como antes. BJORN.—Ahora ya no sois una niña. ELINA.—Cierto que no. Pero déjame figurarme que todavía lo soy… ¡Anda, cuenta! (Se arroja sobre una silla.) BJORN.—(Sentándose a la vera del hogar.) Había una vez un alto caba- llero de quien se contaba la extraña leyenda… ELINA.—(Que ha estado escuchando hacia la sala, desasosegada le coge por un brazo y dice con energía, pero susurrando): ¡Silencio! No gri- tes así. No soy sorda. BJORN.—(Más bajo.) Había una vez un alto caballero de quien se conta- ba la extraña leyenda… (Elina se incorpora y escucha con toda su alma ha- cia la sala.) Señorita Elina, ¿qué os sucede? ELINA.—(Tornando a sentarse.) ¿A mí? Nada. Sigue adelante. BJORN.—Pues se decía que todas las mujeres a quienes miraba fijamen- te a los ojos no podían olvidarlo jamás, sino que le seguían en pensamiento a todas partes y acababan por morir de tristeza. ELINA.—Eso ya lo he oído. Además, no es un cuento lo que cuentas, pues el caballero que tú dices es Nils Lykke, que todavía hoy se sienta en el Consejo del Imperio. BJORN.—Puede ser. ELINA.—Bien, es igual. Sigue. BJORN.—Y una vez ocurrió… ELINA.—(Poniéndose en pie.) ¡Escucha! ¡Silencio! BJORN.—¿Qué es eso? ¿Qué tenéis? ELINA.—(Escuchando.) ¿No oyes? BJORN.—¿Qué? ELINA.—¡Allí está! ¡Junto a la cruz de Cristo! ¡Allí está! BJORN.—(Levantándose.) ¿Qué es lo que está allí? ¿Dónde?.
ELINA.—Ella misma… En la sala de armas… (Corre hacia el fondo.) BJORN.—(Yendo detrás de ella.) ¡Cómo podréis creer…! ¡Señorita Eli- na, idos a vuestra habitación! ELINA.—¡Silencio! ¡Estate quieto! ¡No te muevas! ¡Que no te vea! Es- pera… Ahora sale la luna… ¿Puedes ver la figura negra…? BJORN.—¡Por todos los santos! ELINA.—¿Ves? Vuelve el retrato de Knut Alfson hacia la pared. ¡Ah, ah!, sin duda la mira demasiado fijo a los ojos. BJORN.—¡Oídme, señorita Elina! ELINA.—(Yendo hacia el hogar.) ¡Ahora sé lo que sé! BJORN.—(Para sí.) ¡De modo que es verdad! ELINA.—¿Quién era, Bjorn; quién era? BJORN.—Vos lo habéis visto del mismo modo que yo. ELINA.—¿Entonces a quién vi yo? BJORN.—Visteis a vuestra madre. ELINA.—(Para sí.) Noche por noche he escuchado sus pasos. La he oído suspirar y murmurar como un alma desasosegada. Ya la canción dice… ¡Ah, ahora lo sé yo! Ahora sé que… BJORN.—¡Silencio! (La señora Inger entra por el fondo. Entra apresuradamente, sin ver a los otros; va a la ventana de la derecha, separa la cortina y mira un rato hacia afuera, como si aguardase a alguien. Luego se aparta de la ventana y vuelve lentamente a la sala.) ELINA.—(La ha seguido con los ojos y dice en voz baja): ¡Vacilante y pálida como una muerta!… (Hacia la derecha, afuera, se oye ruido y voces.) BJORN.—¿Qué es eso? ELINA.—Sal y mira a ver lo que pasa..
(Ejnar Huk aparece en la antecámara con una muchedumbre de criados y campesinos.) HUK.—(Desde la puerta.) ¡A ella directamente! Y luego sin vacilar. BJORN.—¿A quién buscáis? HUK.—A la señora misma. BJORN.—¡A la señora! ¿Tan tarde? HUK.—Tarde, y sin embargo bastante temprano me parece. CAMPESINOS.—¡Sí, ahora tendrá que oírnos! (La muchedumbre penetra en la habitación. En el mismo momento la se- ñora Inger se muestra en la puerta de la sala de armas. Todos callan de pronto.) LA SEÑORA INGER.—¿Qué queréis de mí? HUK.—Os buscamos, noble señora, para… LA SEÑORA INGER.—Bien; entonces hablad. HUK.—Es una buena causa. En pocas palabras… Venimos a pediros per- miso y armas. LA SEÑORA INGER.—¿Permiso y armas? ¿Para qué? HUK.—Ha llegado un rumor de Suecia que dice que el pueblo en Dala- karlia se ha sublevado y marcha contra el rey Gustavo. LA SEÑORA INGER.—¿Eso hace el pueblo en Dalakarlia? HUK.—Eso se dice y parece que es seguro. LA SEÑORA INGER.—Y aunque así fuese, ¿qué tenéis que ver vosotros con la sublevación de Dalakarlia? CAMPESINOS.—¡Queremos pelear también! ¡Queremos librarnos a no- sotros mismos! LA SEÑORA INGER.—(Para sí.) ¡Ah, si hubiese llegado el momento! HUK.—Los campesinos de todos los pueblos de la frontera noruega mar- chan hacia Dalakarlia. Hasta los proscritos que llevan años viviendo perse-.
guidos en las montañas se atreven ahora a bajar a poblado, reclutan gente y afilan el corte de sus armas oxidadas. LA SEÑORA INGER.—(Tras una pausa.) Escuchadme. ¿Habéis pensa- do lo que vais hacer? ¿Habéis pensado en lo que os costaría si las gentes del rey Gustavo llegasen a vencer? BJORN.—(En voz baja y suplicante, a la señora Inger.) Pensad en lo que les costaría a los daneses si las gentes del rey Gustavo fuesen vencidas. LA SEÑORA INGER.—Eso no es cosa mía. (Volviéndose a la muche- dumbre.) Sabed que el rey Gustavo puede contar seguramente con el apoyo de Dinamarca. El rey Federico es su amigo y no ha de dejarle solo… HUK.—¿Pero y si los campesinos se levantan en toda la tierra noruega? ¿Si nos levantamos todos a una…, los señores y el pueblo? Sí, señora; ahora casi creo que ha llegado la ocasión que nosotros aguardábamos. Si ahora es- talla tendrán que salir del país los extranjeros. CAMPESINOS.—Sí. ¡Fuera los gobernadores daneses! ¡Fuera los seño- res extranjeros! ¡Fuera la Dieta imperial! LA SEÑORA INGER.—(Para sí.) ¡Oh, hay fuerza en ellos y sin embargo…! BJORN.—(Para sí.) Está indecisa. (A Elina.) Señorita Elina, os habéis equivocado en el juicio de vuestra madre. ELINA.—Bjorn, me arrancaría los ojos si me hubiese engañado. HUK.—Ved, noble señora. Primero hay que luchar con el rey Gustavo. Una vez que haya perdido la fuerza no se sostendrán por mucho tiempo en Noruega los daneses. LA SEÑORA INGER.—¿Y entonces? HUK.—Entonces seremos libres. No tendremos más dominadores ex- tranjeros y podremos elegirnos por nosotros mismos un rey, lo mismo que lo han hecho los suecos antes que nosotros. LA SEÑORA INGER.—(Con fuego.) ¿Un rey elegido por nosotros mis- mos? ¿Piensas acaso en la casta de los Sture?.
HUK.—El rey Cristián y otros después de él han hecho una buena limpia en los mayorazgos. La mayoría de nuestros nobles, si es que aún viven, ye- rran proscritos por las montañas; pero a pesar de todo bien podría encon- trarse uno de las antiguas familias que… LA SEÑORA INGER.—(Interrumpiéndole con vehemencia.) ¡Basta, Ej- nar Huk! ¡Basta! (Para sí.) ¡Oh, mi más cara esperanza! (Dirigiéndose a los campesinos y criados.) Os he advertido todo lo que podía. Os he dicho a qué grandes peligros os exponíais. Mas si a pesar de eso persistís en vuestro propósito, sería una locura de mi parte querer prohibiros lo que podéis hacer muy bien sin mi permiso. HUK.—¿De modo que tenemos vuestro consentimiento para…? LA SEÑORA INGER.—Tenéis vuestra propia firme voluntad; consultad con ella. Si es verdad, como decís, que cada día se os tiraniza y se os moles- ta más… Yo de esas cosas sé tan poco… Y no quiero saber más. ¿Qué pue- do hacer yo, una pobre mujer sola?… Aunque quisierais saquear la sala de armas… y allí hay unas pocas…; esta noche vosotros disponéis sobre Os- trot. Podéis hacer cuanto se os antoje. ¡Buenas noches! (Quiere irse. La mu- chedumbre prorrumpe en vivas atronadores. Se encienden luces. Los cria- dos sacan gran número de armas de la sala.) BJORN.—(Coge a la señora Inger cuando esta hace ademán de irse.) ¡Gracias, noble señora! Yo, que os conozco desde la infancia, no he dudado nunca de vos. LA SEÑORA INGER.—¡Silencio, Bjorn! Lo que esta noche he osado es un juego peligroso. Los demás solo comprometen la vida. Pero yo…, com- prometo mil veces más; créeme. BJORN.—¿Cómo? ¿Teméis por vuestro poder y vuestras buenas relacio- nes con…? LA SEÑORA INGER.—¡Mi poder! ¡Oh, Dios mío! UN CRIADO.—(Viene de la sala con una gran espada.) ¡Esta sí que es una buena arma! ¡Con ella haré correr a los criados de las sanguijuelas! HUK.—(A otro criado.) ¿Qué es eso que llevas? OTRO CRIADO.—Un coselete al que llaman Herlof Hyttefads..
HUK.—Es demasiado para ti. Mira, aquí tengo el mango de la lanza de Sten Sture. Si colgamos de él… FINN.—(Entra por la puerta de la derecha con una carta en la mano y se dirige a la señora Inger.) Os he buscado por todas las habitaciones. LA SEÑORA INGER.—¿Qué pasa? FINN.—(Dándole la carta.) Un muchacho de Drontheim ha traído esta carta para usted. LA SEÑORA INGER.—A ver. (Mientras abre la carta.) ¿De Drontheim? ¿Qué puede ser? (Recorre la carta.) ¡Cristo bendito! ¡De él, y aquí!… (Si- gue leyendo. Las gentes siguen sacando armas de la sala. La señora Inger, para sí.) Y viene aquí. Viene esta noche. ¡Oh, entonces hay que luchar con la astucia y no con la espada! HUK.—Basta; basta ya, amigos; estamos ya bastante pertrechados. Pode- mos ponernos en camino. LA SEÑORA INGER.—(Cambiando de pronto de tono.) ¡Nadie saldrá de casa esta noche! HUK.—Pero, noble señora, ahora tenemos viento favorable. Navegamos por el fjord y… LA SEÑORA INGER.—Lo que he dicho queda dicho. HUK.—¿Entonces tendremos que esperar hasta mañana? LA SEÑORA INGER.—Hasta mañana o hasta cuando sea. Por ahora que ningún hombre armado salga de Ostrot. (Señales de descontento en la muchedumbre.) ALGUNOS CAMPESINOS.—¡A pesar de eso vamos, señora Inger! OTROS MUCHOS.—¡Sí, sí; vamos a pesar de todo! LA SEÑORA INGER.—(Adelantando un paso hacia ellos.) ¿Quién se atreve? (Callan todos. Tras una pausa corta.) Yo he pensado por vosotros. ¿Qué sabéis vosotros, pobre gente del pueblo, de lo que conviene al país? ¿Cómo podéis atreveros a opinar sobre cosas semejantes? Tenéis que procu- rar soportar por algún tiempo todavía la tiranía y los abusos. Eso no puede.
seros muy duro si pensáis que tampoco nosotros, las mejores familias, co- rremos mejor suerte. Más tarde sabréis cuál es mi voluntad. ¡Salid ahora! (Los criados se llevan las armas. La muchedumbre se va por la puerta de la derecha.) ELINA.—(En voz baja, a Bjorn.) ¿Crees todavía que me equivoqué en mi juicio sobre… la señora Ostrot? LA SEÑORA INGER.—(Llama a Bjorn y le dice): Prepara una habita- ción para un huésped. BJORN.—Como ordenéis, señora. LA SEÑORA INGER.—¡Y que la puerta esté abierta para todo el que llame! BJORN.—Pero… LA SEÑORA INGER.—¡La puerta abierta! BJORN.—Estará abierta. (Se va por la derecha.) LA SEÑORA INGER.—(A Elina, que se va hacia la puerta de la iz- quierda.) ¡Quédate! (Elina se vuelve.) Elina, hija mía, tengo que decirte a solas una cosa. ELINA.—Os escucho. LA SEÑORA INGER.—¿Tú piensas mal de tu madre? ELINA.—Pienso lo que vuestra conducta, con gran dolor mío, me hace creer. LA SEÑORA INGER.—Y me respondes como tu ánimo enemigo te dicta. ELINA.—¿Quién ha hecho desaparecer el cariño de mi ánimo? Desde niña me había acostumbrado a venerar en vos una mujer grande y noble. Como vos me figuraba yo aquellas mujeres cuyos hechos gloriosos cuentan las crónicas. Me parecía que el mismo Dios había impreso una señal en vuestra frente, y os había elegido para conducir a los temerosos y a los vaci- lantes. Señoras y caballeros cantaban en la gran sala vuestras alabanzas, y hasta el pueblo os llamaba la esperanza y el apoyo del país. Y todos creían que con vos iban a volver los buenos tiempos. Todos creían que con vos.
amanecería un nuevo día para nosotros. Hoy es noche aún y ya no sé si pue- do esperar que con vos venga alguna vez la luz del día. LA SEÑORA INGER.—Ya supongo de dónde tomas esas palabras vene- nosas. Dices todo lo que la turba murmura y cuchichea sobre cosas de que no puede juzgar. ELINA.—La verdad está en boca del pueblo, decíais en otros tiempos, cuando discursos y canciones decían vuestras alabanzas. LA SEÑORA INGER.—Acaso. Pero aunque yo permaneciese aquí inac- tiva siendo mi deber obrar…, ¿crees que una situación semejante no me pe- saría lo suficiente para que tú echases todavía piedras sobre mi carga? ELINA.—Las piedras que yo arrojo sobre vuestra carga pesan sobre mí tanto como sobre vos. Libre y dichosa era mi vida mientras pude creer en vos, pues para poder vivir necesito poder sentir orgullo. Y con razón hubie- ra podido ser orgullosa, si vos hubieseis seguido siendo siempre lo que erais. LA SEÑORA INGER.—¿Y quién te dice que no lo soy, Elina? ¿Cómo sabes con tal seguridad que no cometes una injusticia con tu madre? ELINA.—(Con vehemencia.) ¡Ojalá fuese así! LA SEÑORA INGER.—¡Silencio! Tú no tienes derecho a pedir cuentas a tu madre. Con una sola palabra podría…; pero no te haría bien oírla; tienes que esperar hasta que llegue el tiempo. Puede ser que… ELINA.—(Haciendo ademán de irse.) ¡Descansad, madre! LA SEÑORA INGER.—(Vacilante.) No…, quédate. Tengo que decirte todavía algo que… Acércate. Es preciso que oigas, Elina. (Se sienta al lado de la mesa que está junto a la ventana de la derecha.) ELINA.—Os escucho. LA SEÑORA INGER.—A pesar de lo reservada que eres, sé muy bien que más de una vez has ansiado salir de aquí. Ostrot te parece demasiado solitario y triste. ELINA.—¿Cómo puede extrañaros eso, madre?.
LA SEÑORA INGER.—Depende de ti el que en el porvenir sea de otra manera. ELINA.—¿Cómo? LA SEÑORA INGER.—Óyeme. Esta noche espero un huésped. ELINA.—(Acercándose.) ¡Un huésped! LA SEÑORA INGER.—Un huésped que debe permanecer desconocido. Nadie debe saber ni de dónde viene ni adónde va. ELINA.—(Arrojándose con un grito de alegría a sus pies y cogiendo sus manos.) ¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Perdonadme, si podéis, toda la injusticia que he cometido contra vos! LA SEÑORA INGER.—¿Qué crees? No te entiendo, Elina. ELINA.—¡De modo que todos se han equivocado! ¡Vuestro corazón es siempre fiel! LA SEÑORA INGER.—Pero levántate y habla… ELINA.—¡Oh! ¿Creéis que no sé quién es el huésped? LA SEÑORA INGER.—¿Lo sabes? ¿Y a pesar de eso…? ELINA.—¿Creéis que las puertas de Ostrot están tan cerradas que de cuando en cuando no dejen pasar un grito de dolor? ¿Pensáis que no sé que muchos descendientes de nobles familias andan errantes y proscritos, sin casa ni amparo, mientras los señores daneses viven tranquilamente en los castillos de sus padres? LA SEÑORA INGER.—Bien. ¿Y qué? ELINA.—Sé muy bien que más de un caballero anda por el bosque per- seguido como lobo hambriento. No tienen un hogar donde descansar, ni un pedazo de pan que comer. LA SEÑORA INGER.—¡Basta! Ahora te comprendo. ELINA.—(Continuando.) ¡Y por eso le abrís las puertas de noche! ¡Por eso ha de permanecer desconocido ese huésped de quien nadie ha de saber ni de dónde viene ni adónde va! ¡Darle asilo a pesar de que las órdenes de los señores os lo prohíben!….
LA SEÑORA INGER.—¡Basta te digo! (Calla un momento, y contenién- dose, agrega): Te equivocas, Elina. El que espero no es un proscrito. ELINA.—(Levantándose.) Entonces os he entendido mal. LA SEÑORA INGER.—Óyeme, hija mía; pero óyeme tranquila, si te es posible domar tu ánimo vehemente. ELINA.—Escucharé tranquila hasta que hayáis terminado. LA SEÑORA INGER.—Escucha, pues, lo que tengo que decirte. En tan- to que he podido he procurado que no supieses de los apuros y las dificulta- des en que nos encontrábamos. ¿Porque de qué podía servir llenar tu alma joven de preocupaciones y amarguras? De las dificultades no han de sacar- nos lágrimas y quejas femeniles. Para ello son precisos valor y fuerza varoniles. ELINA.—¿Y quién os ha dicho que yo no posea valor y fuerza varoniles, si fuese necesario? LA SEÑORA INGER.—¡Calla, niña! Podía cogerte por la palabra. ELINA.—¿Cómo, madre mía? LA SEÑORA INGER.—Podría pedirte ambas cosas. Podría… Pero déja- me que termine de hablar. Has de saber que se acerca el tiempo que la Dieta imperial danesa aguarda ya de largo…, el tiempo en que puedan dar a nues- tras libertades el último golpe. Por eso es necesario… ELINA.—(Con ímpetu.) ¿Combatir, madre? LA SEÑORA INGER.—No; es necesario ganar tiempo. En Copenhague está a estas horas reunida la Dieta para determinar la forma más convenien- te de proceder. Parece que la mayoría es de opinión que la oposición no ha de cesar hasta que noruego y dinamarqués sean una misma cosa. Pues si no- sotros seguimos creyendo en nuestro derecho de constituir nación indepen- diente, cuando la elección de nuevo rey sobrevenga tendrá que estallar el conflicto. Y eso quieren evitarlo los señores daneses… ELINA.—¡Quieren evitarlo! Bien. ¿Pero nosotros vamos a tolerar tal atropello? ¿Vamos a contemplar tranquilamente que…? LA SEÑORA INGER.—No; no lo toleraremos. Pero hacer uso de las ar- mas…, presentarse en lucha abierta…, ¿de qué servirá todo eso hasta que.
estemos unidos? ¿Y cuándo hemos estado menos unidos que ahora? No; cuanto podamos hacer contra esos planes tendremos que hacerlo en secreto y sin ruido. Necesitamos, como te digo, ganar tiempo para reflexionar. Al sur de Noruega una gran parte de la nobleza está con los daneses; aquí en el norte no se sabe bien cómo están los ánimos. Por eso el rey Federico envía a uno de sus hombres de confianza para informarse por sus propios ojos de nuestra manera de pensar. ELINA.—(Con gran interés.) Bien… Y… LA SEÑORA INGER.—Ese caballero llega a Ostrot esta noche. ELINA.—¿Aquí? ¿Y esta noche? LA SEÑORA INGER.—Ayer llegó a Drontheim. Y hace un momento re- cibí la noticia de que iba a venir aquí. Dentro de una hora habrá llegado. ELINA.—¿Y no pensáis, madre, el daño que sufrirá vuestro nombre si consentís en recibir de tal modo al enviado danés? ¿No veis que la gente desconfía ya de vos? ¿Cómo podéis esperar que luego se deje guiar de vos si ahora llega a saberse que…? LA SEÑORA INGER.—No te preocupes. En todo eso ya he pensado. Pero no hay otro remedio. Su comisión es secreta; por eso ha llegado de in- cógnito a Drontheim, y por eso tendrá que ser secreta su estancia en Ostrot. ELINA.—¿Y el nombre del señor danés…? LA SEÑORA INGER.—Suena bien, Elina. La nobleza de Dinamarca no puede presentar uno mejor. ELINA.—¿Pero qué es lo que queréis? Todavía no he podido entenderlo. LA SEÑORA INGER.—Lo comprenderás pronto. Ya que no podemos aplastar a la serpiente, tenemos que atarla. ELINA.—Tened cuidado que no sea pequeña la cuerda. LA SEÑORA INGER.—De ti depende que esté ligada con firmeza. ELINA.—¿De mí? LA SEÑORA INGER.—Hace tiempo que he notado que Ostrot es para ti una jaula. Un halcón joven no se encuentra a gusto entre barras de hierro..
ELINA.—Mis alas están paralizadas. Si ahora me dieseis la libertad, de poco me serviría. LA SEÑORA INGER.—Tus alas no están paralizadas más que hasta que tú lo quieras. ELINA.—¿Hasta que yo quiera? Mi voluntad está en vuestras manos. Si vos continuaseis siendo lo que erais, también yo querría… LA SEÑORA INGER.—Basta de eso. Escúchame ahora. No creo que tengas inconveniente en marcharte de Ostrot. ELINA.—Puede ser. LA SEÑORA INGER.—Un día me dijiste que tú vivías tu vida más di- chosa en cuentos y fantasías. Esa vida podía volver para ti. ELINA.—¿Qué queréis decir? LA SEÑORA INGER.—Elina, ¿si llegara un caballero poderoso que te llevase a su castillo, donde hallaras doncellas y escuderos, trajes de seda y suntuosos salones…? ELINA.—¿Un caballero decís? LA SEÑORA INGER.—Un caballero. ELINA.—(En voz baja.) Y el caballero danés llega aquí esta noche. LA SEÑORA INGER.—Esta noche. ELINA.—Si es así temo haber entendido vuestras palabras. LA SEÑORA INGER.—Nada tienes que temer si me has entendido bien. No entra en mis intenciones el forzarte. Según tu propia voluntad has de es- coger y decidir en este asunto. ELINA.—(Acercándosele.) ¿Habéis oído contar de una madre que corría en un trineo por la noche por la montaña? Seguíala un rebaño de lobos; es- taba en peligro su vida, y para ganar tiempo y salvarse a sí misma fue arro- jándoles uno tras otro todos sus pequeñuelos. LA SEÑORA INGER.—¡Eso no es más que un cuento! Antes se dejaría una madre arrancar del pecho el corazón, que arrojar sus hijos a los lobos hambrientos..
ELINA.—Si no fuera yo la hija de mi madre os daría la razón. Pero vos sois lo mismo que esa madre y habéis arrojado a los lobos, una tras otra, a vuestras hijas. Primero les echasteis la mayor. Hace cinco años que Merete salió de Ostrot. Ahora es la mujer de Vinzent Lungen. Mas ¿creéis que es dichosa la mujer del caballero danés? Merete tiene doncellas y escuderos, trajes de seda y suntuosos salones; pero el día no tiene sol para ella ni la no- che sosiego, porque él no la ha amado nunca. Vino aquí y la pretendió por- que era la más rica heredera de Noruega, y porque necesitaba afirmarse en el país. ¡Lo sé, lo sé muy bien! Merete os obedeció y siguió al señor extran- jero. ¿Y qué le costó el haberlo hecho? Más lágrimas de las que debe desear una madre que habrá de responder por ellas el día del juicio. LA SEÑORA INGER.—Sé cuál es la cuenta que tengo que dar y no me asusta. ELINA.—Vuestra cuenta no acaba aquí. ¿Dónde está Lucía, vuestra se- gunda hija? LA SEÑORA INGER.—Pregúntaselo a Dios, que la llamó a sí. ELINA.—A vos os lo pregunto, porque vuestra es la responsabilidad de que haya tenido que dejar tan joven la vida. Cuando salió de Ostrot para vi- sitar a Merete era alegre y dichosa como un pájaro en primavera. Un año después había tornado a casa. Sus mejillas estaban pálidas y traía la muerte en su pecho. ¿Qué?, ¿os maravilláis, madre? Creíais que su terrible secreto había muerto con ella…, pero a mí me lo confió todo. Un cortesano había conquistado su corazón. Quería casarse con ella. Vos sabíais que la honra andaba de por medio, y a pesar de eso fuisteis inflexible y vuestra hija tuvo que morir. Ya veis que lo sé todo. LA SEÑORA INGER.—¿Todo? ¿Te ha dicho también su nombre? ELINA.—No; su nombre no me lo ha dicho. Tenía un miedo terrible ante ese nombre…; jamás lo pronunció. LA SEÑORA INGER.—(Tranquilizada.) Entonces no lo sabes todo, Eli- na… Lo que tú has dicho ahora lo sabía yo muy bien. Pero en ello hay algo sobre lo que tú acaso no has puesto atención. El caballero a quien Lucía co- noció en Berguen era un danés… ELINA.—Lo sé..
LA SEÑORA INGER.—Y su amor era una mentira. Por medio de astucia y de falsas palabras la había engañado. ELINA.—Lo sé también. Pero ella a pesar de eso le amaba, y si hubieseis tenido un verdadero corazón de madre, la honra de vuestra hija hubiera pe- sado sobre todas las consideraciones. LA SEÑORA INGER.—No por sobre su felicidad. ¿Crees que teniendo a la vista el ejemplo de Merete iba a sacrificar mi segunda hija a un hombre que no la amaba? ELINA.—Palabras astutas engañan a menudo, pero a mí no me engañan. No creáis que desconozco tan por completo lo que pasa en el país. Estoy al tanto de vuestra conducta. Sé muy bien que los daneses no tienen en vos una amiga completamente fiel. Acaso les odiáis, pero les teméis al mismo tiempo. Cuando entregasteis a Lucía dominaban los daneses en el país. Cuando tres años después prohibisteis a Lucía casarse con aquel a quien ha- bía ligado su vida, las cosas habían cambiado. Los gobernadores daneses habían cometido vergonzosas crueldades con el pueblo, y entonces no os pareció conveniente ligaros más estrechamente de lo que estabais a los do- minadores extranjeros. ¿Y qué es lo que habéis hecho para vengar a aquella que tan joven hubo de morir? Nada habéis hecho. ¡Pues bien; yo obraré por vos! ¡Yo tomaré venganza de toda la ignominia que sobre nuestro pueblo y sobre nuestra casta han caído! LA SEÑORA INGER.—¿Tú? ¿Qué es lo que pretendes? ELINA.—Quiero seguir mi camino, del mismo modo que vos seguís el vuestro. Yo misma no sé qué es lo que voy a hacer. Pero siento en mí la fuerza para osarlo todo por nuestra causa. LA SEÑORA INGER.—Entonces vas a tener que entrar en una lucha dura. Una vez hice yo los mismos votos que tú ahora y mis cabellos han en- canecido bajo su peso. ELINA.—¡Buenas noches! Puede venir vuestro huésped y mi presencia no es necesaria. Acaso sea aún tiempo para vos… ¡Que Dios dirija y facilite vuestra obra! No olvidéis que los ojos de muchos miles os vigilan. Pensad en Merete, que llora día y noche sobre su dicha perdida. Pensad en Lucía, que duerme en la tumba. Y una cosa todavía: ¡no olvidéis que esta noche.
echáis los dados sobre la suerte de vuestra última hija! (Se va por la izquierda.) LA SEÑORA INGER.—(La sigue con la vista.) ¡Mi última hija! Has di- cho más verdad de la que suponías. Pero no solo sobre mi hija: esta noche se echan los dados sobre la suerte de toda Noruega. (Asomándose a la ven- tana de la derecha.) ¿No entra alguien a caballo por la puerta del castillo? (Escucha.) ¡No; todavía no! Era el viento. Hay un frío sepulcral… ¿Tenía Dios derecho a eso?… ¡Hacerme mujer… y luego echar sobre mis hombros una carga de varón! Porque la suerte del país está en mis manos. De mí de- pende que se levanten todos como un solo hombre. Y si no doy ahora la se- ñal, quizá no volverá a presentarse nunca la ocasión. ¿Aguardar? ¿Sacrificar la voluntad de todos a la de uno? ¿No sería mejor si pudiese…? ¡No, no, no! ¡No quiero!… ¡No puedo! (Mira hacia la sala de armas, aparta asusta- da la vista y dice susurrando): ¡Están allí otra vez!… Pálidos espectros… Antepasados muertos… Parientes caídos… ¡Oh, esos ojos punzantes que me persiguen de todos los rincones! (Hace ademán de apartarlos con las manos y grita): ¡Sten Sture! ¡Knut Alfson! ¡Olaf Skaktval! ¡Atrás! ¡Atrás! ¡No puedo! ¡No quiero! (Un desconocido, hombre fuerte, con los cabellos y la barba canosos, en desorden, vestido con una piel de carnero toda destrozada y con armas su- cias, entra por la puerta de la sala de armas; se para en la puerta, y con voz contenida dice): ¡Salud a vos, señora Inger Gyldenlöve! LA SEÑORA INGER.—(Se vuelve y da un grito.) ¡Oh, Cristo divino! ¡Asísteme! (Se deja caer en una silla. El desconocido la contempla inmóvil, apoyado en su espada.).
ACTO SEGUNDO La misma habitación que en el primer acto. La señora Inger está sentada en la mesa a la derecha de la ventana. Olaf Skaktval está un poco alejado de ella. Los rostros de ambos indican que han sostenido una conversación accidentada. OLAF.—Por última vez, Inger Gyldenlöve, ¿es irrevocable vuestro propósito? LA SEÑORA INGER.—No puedo hacer otra cosa. Y a vos aconsejo que hagáis lo que yo. Si la voluntad del Cielo es que Noruega tenga que caer, será lo mismo si nosotros la protegemos que si no. OLAF.—¿Y creéis que con eso voy a contentarme? ¿Que voy a resignar- me a aguardar tranquilo y a ver lo que ocurre, ahora que el tiempo ha llega- do? ¿Habéis olvidado lo que tengo que vengar? Me han robado toda mi ha- cienda y se la han repartido. Como a un perro han asesinado ante mis ojos a mi único hijo, el último resto de mi casta. A mí mismo me han perseguido durante veinte años por las selvas y los montes. Muchas veces se ha dicho que yo había muerto; pero yo conservo la esperanza de no morir sin haber- me antes vengado. LA SEÑORA INGER.—Entonces vais a vivir todavía largo tiempo. ¿Y qué es lo que queréis hacer? OLAF.—¿Hacer? ¡Qué sé yo lo que quiero hacer! Nunca he sabido com- binar planes. Para eso pido vuestra ayuda. Vos sois bastante inteligente para hacerlos. Yo no tengo más que mis dos brazos y mis armas..
LA SEÑORA INGER.—¡Vuestras armas están oxidadas, Olaf Skaktval! ¡En Noruega están todas las armas oxidadas! OLAF.—¡Por eso ciertas gentes no pelean más que con la lengua! Inger Gyldenlöve, habéis cambiado mucho. Un tiempo hubo en que en vuestro pecho latía un corazón masculino. LA SEÑORA INGER.—No me recordéis lo que fue. OLAF.—Pues precisamente para eso he venido a veros. Habéis de oírme, y si… LA SEÑORA INGER.—Bien. Pero apresuraos, porque…, tengo que de- círoslo…: no estáis seguro aquí en mi casa. OLAF.—¿El proscrito no está seguro en Ostrot? Eso lo sé hace tiempo. ¿Pero olvidáis que el proscrito no está en ninguna parte seguro? LA SEÑORA INGER.—Entonces, hablad; os escucho. OLAF.—Van cerca de treinta años desde que os vi por primera vez. Fue en Akershus, en casa de Knut Alfson y su esposa. Erais todavía una niña en- tonces; y a pesar de eso erais ya audaz como un halcón, y a veces impetuosa e indomable. Muchos eran los que os pretendían. También yo os amaba…, os amaba como no amé a ninguna mujer. Mas vos solo teníais un fin ante los ojos y un pensamiento: el pensamiento en la desdicha de la nación. LA SEÑORA INGER.—Tenía entonces quince primaveras. ¡Pensadlo! ¿Y no era como si todos nosotros estuviésemos poseídos de un delirio en aquellos días? OLAF.—Llamadlo como queráis. Lo que sé es una cosa. Los más viejos y más experimentados entre nosotros pensaban que estaba dispuesto por Dios que vos seríais quien rompiese nuestro yugo y quien nos devolviese nuestros antiguos derechos. Y sé además que vos misma entonces pensabais del mismo modo. LA SEÑORA INGER.—¡Era un pensamiento pecaminoso, Olaf Skakt- val! Lo que en mí hablaba era el orgullo y no la voz del Señor. OLAF.—Hubierais podido ser la elegida si lo hubierais querido. Descen- díais de la más antigua familia de Noruega, y teníais oídos para los gritos de dolor en aquel tiempo. ¿Recordáis aquella tarde en que Enrique Krummedi-.
ke apareció con la flota danesa ante Akershus? Los daneses ofrecieron un acomodo ventajoso, y asegurado por ellos se fue a bordo Knut Alfson: tres horas después le entrábamos por las puertas del palacio… LA SEÑORA INGER.—¡Muerto! ¡Muerto! OLAF.—Dejó de latir el mejor corazón de Noruega cuando los mercena- rios de Krummedike le mataron. Paréceme que estoy viendo el lúgubre des- file que entró en el salón. Allí yacía en el ataúd, con el hachazo en la frente, blanco como una nube de primavera. En derredor de él estaban aquel día los más bravos guerreros de Noruega. La señora Margarita estaba a la cabeza, y ante ella juramos todos perder la vida y bienestar para vengar aquella afren- ta y todas las demás. ¿Quién fue, Inger Gyldenlöve, la que entonces se abrió paso por entre el círculo de los hombres? Una doncella, casi una niña aún; despedían fuego sus ojos y las lágrimas ahogaban su voz. ¿Y qué fue lo que juró? ¿Queréis que os repita sus palabras? LA SEÑORA INGER.—Yo juré lo que otros habían jurado; ni más ni menos. OLAF.—¡Recordáis vuestro juramento…, y lo habéis olvidado! LA SEÑORA INGER.—¿Y cómo cumplieron los demás sus promesas? No hablo de vos, sino de vuestros amigos, de toda la nobleza noruega. ¡No hay uno solo entre ellos que haya tenido en estos años valor para ser hom- bre! ¡Y luego me echan a mi cara el ser una mujer! OLAF.—Ya sé lo que vais a decir: ¿Por qué se sometieron, en vez de re- sistirse hasta el último momento, a los tiranos? Verdad es; hay mucha co- bardía en nuestra generación. Pero si hubiesen estado unidos, ¿quién sabe lo que hubiera ocurrido? Y vos hubierais podido mantenerlos unidos, pues ante vos todos se hubieran inclinado. LA SEÑORA INGER.—Con facilidad podría contestaros; pero no que- rríais hacer caso de mi respuesta. Por eso, ¿a qué hablar de lo que ya no puede mudarse? Mejor será que tratemos de lo que hoy os trae a Ostrot. ¿Necesitáis asilo? Bien; quiero intentar ocultaros. Si queréis otra cosa ha- blad; estoy dispuesta a… OLAF.—Vivo hace veinte años sin hogar. Mis cabellos han encanecido en las rocas de Jämteland; he dormido cerca de los lobos y los osos. Ya veis, señora, que no necesito de vos. Pero el pueblo y la nobleza os necesitan..
LA SEÑORA INGER.—La vieja canción. OLAF.—Ya sé que no suena bien en vuestros oídos; pero a pesar de eso tendréis que oírla. En pocas palabras: vengo de Suecia; va a haber movi- miento; comenzará en Dalekarlia. LA SEÑORA INGER.—Lo sé. OLAF.—El canciller está comprometido…, pero en secreto. LA SEÑORA INGER.—(Sorprendida.) ¿Cómo? OLAF.—Él es quien me envía a Ostrot. LA SEÑORA INGER.—(Poniéndose en pie.) ¿Decís que el canciller Pedro…? OLAF.—El mismo… ¿O es que ya no le conocéis? LA SEÑORA INGER.—(Para sí.) ¡Demasiado!… Pero, decidme, os lo ruego…, ¿qué embajada me traéis? OLAF.—Cuando llegó el rumor de los sucesos a las montañas de la fron- tera donde yo andaba refugiado, púseme inmediatamente en camino para Suecia. Ya me figuraba que la mano del canciller andaba en el juego. Le busqué y le ofrecí mis servicios; como sabéis, me conocía de otros tiempos; sabía que se puede confiar en mí…, y me envió aquí. LA SEÑORA INGER.—(Impaciente.) ¡Bien, bien! Os envió aquí para… OLAF.—(Misteriosamente.) Señora Inger, esta noche viene un descono- cido a Ostrot. LA SEÑORA INGER.—(Sorprendida.) ¡Cómo! ¿Sabéis que…? OLAF.—Ya lo creo que lo sé. Lo sé todo. El canciller me ha enviado aquí para verme con él. LA SEÑORA INGER.—¡Con él! ¡Imposible, Olaf!… ¡Eso es imposible! OLAF.—Como os lo digo. Si no ha llegado todavía, no pasará mucho tiempo sin que… LA SEÑORA INGER.—Sí, pero… OLAF.—¿Esperáis, pues, su venida?.
LA SEÑORA INGER.—Sin duda. Me ha enviado un mensajero anun- ciándomela. Por eso se os ha abierto en cuanto llamasteis. OLAF.—(Escuchando.) ¡Oíd! Se oye afuera el paso de un caballo. (Aso- mándose a la ventana.) Se abre la puerta. LA SEÑORA INGER.—(Mirando también por la ventana.) Un caballero con su escudero. Se bajan en el patio. OLAF.—Ahí está, pues. ¿Cómo se llama? LA SEÑORA INGER.—¿No sabéis su nombre? OLAF.—El canciller se negó a decírmelo. Solo me dijo que le encontra- ría la tercera noche después de la fiesta de San Martín, en Ostrot. LA SEÑORA INGER.—Esa noche es hoy. OLAF.—Me dijo que traería documentos, y que por ellos, o de vuestra propia boca, sabría quién era. LA SEÑORA INGER.—Dejadme entonces que os acompañe a vuestra habitación. Necesitáis descanso y sosiego. Y pronto hablaréis al forastero. OLAF.—Como gustéis. (Salen ambos por la izquierda.) (Tras una corta pausa, Finn entra con precaución por la puerta de la de- recha, mira alrededor de sí, arroja una ojeada por la sala de armas y vuel- ve luego a la puerta, donde hace una seña a alguien que está fuera. Nils Lykke y el comisionado sueco, Jens Bjelke, entran en la habitación.) LYKKE.—(A media voz.) ¿Nadie? FINN.—(Del mismo modo.) Nadie, señor. LYKKE.—¿Y podemos abandonarnos a ti en todo? FINN.—El gobernador de Drontheim ha certificado siempre de que yo soy hombre de confianza. LYKKE.—Bien; eso mismo me ha dicho a mí. Y ahora, ante todo, ¿ha llegado a Ostrot algún otro forastero? FINN.—Sí; hace como una hora que llegó un desconocido. LYKKE.—(En voz baja, a Bjelke.) Está aquí. (A Finn.) ¿Podrías recono- cerle? ¿Le has visto?.
FINN.—No; que yo sepa no le ha visto nadie más que el guardián. La se- ñora le tomó inmediatamente por su cuenta y… LYKKE.—¿Y qué? ¿No se habrá vuelto a marchar? FINN.—No; pero ha decidido esconderlo en sus propias habitaciones, pues… LYKKE.—Está bien. BJELKE.—(En voz baja.) Entonces, ante todo, vigilar la puerta y le tene- mos seguro. LYKKE.—(Sonriendo.) ¡Hum! (A Finn.) Oye, dime. ¿No hay aquí en el castillo otra salida además de la de la puerta? (Finn le mira asombrado.) ¡No me mires con esa cara! Quiero decir, si no puede alguien salir en secre- to de Ostrot estando cerrada la puerta principal. FINN.—Yo no lo sé. Sí que se habla de pasillos secretos abajo en las bó- vedas; pero no creo que los conozca nadie más que la misma señora. Y aca- so también la señorita Elina. LYKKE.—Está bien. Puedes irte. FINN.—Perfectamente. Si necesitarais de mí no tenéis más que llamar a la segunda puerta de la derecha de la sala de armas; inmediatamente estaré a vuestra disposición. LYKKE.—Bien. (Le muestra la puerta. Finn se va.) BJELKE.—¿Sabéis, querido amigo y hermano, que la cosa se pone mal para nosotros dos? LYKKE.—(Sonriendo.) ¡Oh! Espero que para mí no. BJELKE.—¿Lo creéis así? En primer lugar, no es una gran honra cazar a un muchacho barbilampiño como ese Nils Sture. Dada la manera como ha procedido, ¿he de tenerle por inteligente, o por loco? Primero agitar a los campesinos, prometerles su apoyo, y cuando llega el momento escaparse y venir a esconderse entre las faldas de una mujer. Por lo demás me arrepien- to de haber seguido vuestro consejo y de no haber obrado a mi antojo. LYKKE.—(Para sí.) ¡El arrepentimiento viene tarde, hermano!.
BJELKE.—Porque, creedme, este género de cacerías no son de mi gusto. Yo había esperado otra cosa. Heme aquí que he venido con mis jinetes de Jämteland; he recibido la carta del gobernador de Drontheim facultándome para buscar donde yo quiera a los promotores de los tumultos. Todas las se- ñales indican que se ha refugiado en Ostrot… LYKKE.—¡Está aquí! ¡Yo aseguro que está aquí! BJELKE.—Pero entonces, ¿habría nada más natural que cerrar la puerta y buscarlo? ¿Por qué no lo he hecho? Entonces hubiera tenido aplicación para mis soldados. LYKKE.—Y en lugar de eso se nos abre muy cortésmente la puerta. Y pensad que, si su fama no miente, la dueña de Ostrot cuida de que a sus huéspedes nada les falte en comida y en bebida. BJELKE.—Sí; para disuadirme de mis propósitos. ¿Pero por qué me pe- disteis que dejase mis jinetes a un cuarto de hora del castillo? Si los hubié- semos traído… LYKKE.—A pesar de eso nos hubiera recibido amablemente. Pero pen- sad que en tal caso el intento no hubiera podido realizarse sin ruido. Los campesinos de las cercanías hubiesen visto en ello un atropello contra la se- ñora Inger; de esa manera hubiera vuelto a adquirir el favor de la muche- dumbre, y eso no es conveniente. BJELKE.—Acaso. ¿Pero qué hemos de hacer ahora? Decís que el conde Sture está en Ostrot; ¿pero de qué me sirve eso? La señora Inger dispone de seguro de un escondrijo, y su palacio tiene, sin duda, más de una salida. ¡Nosotros dos solos podemos aguardar tranquilamente! ¡Que el diablo se lleve la historia entera! LYKKE.—Bien, mi querido señor. Si el cariz que vuestra misión ha to- mado os desagrada, dejadme a mí solo el campo de batalla. BJELKE.—¿A vos? ¿Qué queréis hacer vos? LYKKE.—Con listeza y astucia puede aquí quizás lograrse lo que por las armas no podríamos conseguir. Y, hablando francamente, algo semejante pienso desde que nos encontramos ayer en Drontheim. BJELKE.—¿Me habéis persuadido por eso a separarme de mis soldados?.
LYKKE.—Lo mismo vuestro negocio que el mío pueden llevarse mejor a cabo sin ellos; y luego… BJELKE.—Iba casi a decir ¡lléveos el demonio! ¡Y a mí con vos! Hubie- ra debido figurarme que no podíais dejar de ser zorro. LYKKE.—Sí, pero ved: aquí es el lugar indicado para el zorro, porque hay que luchar con armas análogas. Y debo deciros que para mí tiene la ma- yor importancia despachar de buen modo y en poco tiempo mi misión. Sa- bed que mi rey y señor no estaba conmigo en las mejores relaciones al par- tir. Él creía tener sus razones para ello, aunque yo pienso haberle servido en muchas ocasiones tan bien como cualquier otro podría hacerlo. BJELKE.—En eso tenéis razón, sin duda. Dios y el mundo entero saben que vos sois el más astuto demonio de los tres reinos. LYKKE.—Mil gracias, pero eso no es mucho; porque lo que ahora pre- tendo hacer es realmente una obra maestra, pues aquí se trata de burlar a una mujer. BJELKE.—¡Ja, ja, ja! ¡En ese terreno habéis realizado muchas obras maestras, hermano! ¿Creéis que no conocemos también en Suecia la can- ción que dice que todas las doncellas suspiran por el amor de Nils Lykke? LYKKE.—La canción vale solo para las mujeres hasta los veinte años. La señora Inger anda por los cincuenta, y es, además, astuta como pocas. No será fácil entendérselas con ella. ¡Pero habrá de ser…, cueste lo que cueste! Si consigo alcanzarle al rey ciertas ventajas sobre ella, que ha largo tiempo persigue, puedo estar seguro de que en la primavera próxima se me confiará la Embajada de Francia. ¿Sabéis que he pasado en la Universidad de París tres años? Todas mis aspiraciones van hacia allá, sobre todo si pu- diera entrar en París con una posición tan importante como la de embajador de un rey. Ahora, ¿verdad?, dejad a la señora Inger de mi cuenta. Recordad, allá cuando estabais en Copenhague, que en la corte más de una vez os dejé el campo libre para que pudieseis conseguir una hermosa mujer. BJELKE.—¡Hum! Vuestra magnanimidad no era tan grande. ¡Las teníais a todas a vuestra disposición! Pero de todos modos, puesto que yo he com- prendido mal la cosa, me parece lo mejor que vos obréis por vuestra cuenta y riesgo. Ahora…, y os exijo vuestra palabra de honor de que así lo haréis, si el conde Sture está en Ostrot habéis de entregármelo vivo o muerto..
LYKKE.—Vivo habéis de tenerlo. Al menos no quiero quitarle la vida. Y ahora debéis volveros donde están vuestros hombres. Vigilad el camino. En cuanto descubriese algo sospechoso os mandaría aviso. BJELKE.—Bien, bien. ¿Pero cómo voy a salir de aquí? LYKKE.—El criado que nos ha guiado hasta aquí os ayudará. Pero con el mayor silencio… BJELKE.—Naturalmente. Entonces…, ¡buena suerte! LYKKE.—Hasta ahora nunca me ha abandonado la suerte en luchas con mujeres. ¡Daos prisa! (Bjelke sale por la derecha.) LYKKE.—(Se queda un momento inmóvil, luego pasea por el aposento y dice a media voz): Por fin estoy en Ostrot, esa antigua residencia señorial de la cual tanto me contó hace dos años una niña, Lucía. Sí, hace dos años era aún una niña; ahora ha muerto. (Canturrea medio sonriente): Se marchitan y secan las flores… (Mirando en derredor.) Ostrot. Me parece como si lo hubiera visto ya; como si estuviera en un sitio conocido de antiguo. Allí está la sala de armas y allá abajo están las tumbas. Allí estará también Lucía. (Medio en serio, medio en broma forzada.) Si yo fuese un hombre temeroso podría figurarme que se levanta de su ataúd al pisar yo el umbral de Ostrot. Cuando yo entra- ba en el patio del castillo levantaba ella la tapa de la sepultura. Y al pronun- ciar yo ahora su nombre sintió como si una voz la llamase de lo profundo. Quizás está ahora subiendo la escala. Le estorba el sudario, pero a pesar de eso sigue subiendo. ¡Ya ha llegado a la sala de armas! Se apoya en el quicio de la puerta y me contempla con fijeza. (Echa hacia atrás la cabeza, la hace señas y dice en alta voz): ¡Acércate, Lucía! ¡Charlemos un poco! Tu madre me hace esperar. ¡El esperar es tan fastidioso…, y tú me has ayudado a pasar tantas horas de fastidio! (Se pasa la mano por la frente y da unos pasos por el aposento.) ¡Allí está! Justo; esa es la ventana con la cortina. Allí suele colocarse Inger Gyldenlöve. (Mira hacia el camino, como si aguardase a alguien que no viene nunca.) Por allá adentro… (Señalando hacia la izquierda.) anda el aposento de Elina, su hermana. ¿Elina? Sí, se llama Elina. ¿Puedo creer que es tan original, tan inteligente y tan animosa como Lucía contaba? Y hermosa debe serlo también. ¿Pero para mujer…? No debí haberlo escrito tan claro. (Hundido en sus reflexiones quiere sentar-.
se en la mesa, pero se levanta enseguida.) ¿Cómo me recibirá la señora In- ger? No nos quemará en el castillo. No me querrá tender una celada, ni ha- cer que me acometan asesinos con un puñal. (Escucha hacia la sala.) ¡Ajá! (La señora Inger entra por el centro de la sala.) LA SEÑORA INGER.—(Con frialdad.) Os saludo, señor consejero imperial. LYKKE.—(Inclinándose profundamente.) ¡Ah, la señora de Ostrot! LA SEÑORA INGER.—Y os doy las gracias por haberme avisado con anticipación de vuestra llegada. LYKKE.—Era mi deber. Tenía razones para creer que mi venida había de sorprenderos. LA SEÑORA INGER.—En verdad, señor consejero, en eso no os equi- vocáis. Nunca hubiera esperado ver a Nils Lykke como huésped de Ostrot. LYKKE.—Y todavía habréis esperado menos que hubiese de venir como amigo. LA SEÑORA INGER.—¿Como amigo? ¿Queréis agregar todavía la bur- la a toda la deshonra y el dolor que habéis arrojado sobre mi casa? ¿Des- pués de haberle quitado la vida a mi hija osáis aún…? LYKKE.—Perdonad, señora Inger Gyldenlöve… En este punto es difícil que lleguemos a estar conformes, pues vos no tenéis en cuenta lo que yo perdí en ese desdichado asunto. Mis intenciones eran honradas. Estaba can- sado de mi vida libre; ya había pasado de los treinta; ansiaba una mujer buena y piadosa. Añadid a esto la posibilidad de tener la honra de ser vues- tro yerno… LA SEÑORA INGER.—¡Tened cuidado, señor consejero imperial! Lo que ha ocurrido con mi hija lo he ocultado lo mejor que podía. Pero no creáis que aunque secreto esté oculto. Podía llegar pronto el momento… LYKKE.—¿Me amenazáis, señora? Os he ofrecido conciliación. ¿Os ne- gáis a aceptarla? ¿Es que ha de comenzar desde hoy guerra abierta entre nosotros? LA SEÑORA INGER.—No sabía que antes hubiera sido de otro modo..
LYKKE.—De vuestra parte acaso. Yo no he sido nunca vuestro enemigo, aunque como súbdito del rey de Dinamarca hubiera tenido motivo para ello. LA SEÑORA INGER.—Ya os comprendo. No he sido bastante dócil. No conseguíais con toda la facilidad que desearais atraerme a vuestro campo. Sin embargo, creo que no tenéis de qué quejaros. Mi hija Merete es la espo- sa de un compatriota vuestro. Más lejos no podía ir. ¡Mi posición es difícil, Nils Lykke! LYKKE.—En eso os doy enteramente la razón. La nobleza y el pueblo noruego creen tener derecho a esperar de vos el cumplimiento de antiguas promesas, promesas que, según se dice, solo en parte habéis satisfecho. LA SEÑORA INGER.—Perdonad, señor consejero imperial; pero de mi conducta no doy cuenta a nadie más que a Dios y a mí misma. Por lo tanto, tened la bondad de decirme, si os place, qué es lo que os trajo aquí. LYKKE.—Enseguida, señora. El objeto de mi envío a este país no puede seros desconocido… LA SEÑORA INGER.—Sé, en general, qué misión se os adjudica. Nues- tro rey quiere saber cuál es la actitud de la nobleza noruega. LYKKE.—Sin duda. LA SEÑORA INGER.—Entonces, ¿por eso habéis venido a Ostrot? LYKKE.—En parte por eso. Sin embargo, no vengo a pediros segurida- des verbales. LA SEÑORA INGER.—¿Entonces? LYKKE.—Oídme, señora. Vos misma acabáis de decir que vuestra posi- ción era difícil. Estáis entre dos campamentos enemigos, que solo a medias se atreven a confiar en vos. Vuestro interés personal debe inclinaros hacia nosotros. Por el contrario, a los descontentos estáis unida por vuestra patria y… ¡quién sabe si acaso algún lazo secreto!… LA SEÑORA INGER.—(Para sí.) ¡Un lazo secreto! ¡Dios mío! ¿Sabrá él…? LYKKE.—(Ve sin que ella lo note su movimiento, y agrega con naturali- dad): Vos misma veis seguramente que esta situación a la larga no es tolera-.
ble. Suponed ahora que estuviese en mi poder el libraros de estas circuns- tancias que… LA SEÑORA INGER.—¿En vuestro poder decís?… LYKKE.—Ante todo os pido, señora, que no deis importancia al tono li- gero con que antes he tratado la situación en que nosotros dos nos encontra- mos. No creáis que se aparta de mi pensamiento un momento la conciencia de la culpa en que frente a vos estoy. Suponed que hace mucho tiempo fuera mi intención reparar el daño que os hice. Suponed que con ese objeto haya procurado que me enviasen aquí. LA SEÑORA INGER.—Explicaos más claramente; ahora no os entiendo. LYKKE.—No me equivoco acaso suponiendo que vos estáis tan al tanto como yo de los movimientos que amenazan estallar en Suecia. Sabéis o adi- vináis que esos movimientos tienen más importancia de la que en general se les concede, y comprenderéis, por tanto, que nuestro rey no puede permane- cer tranquilo viendo cómo las cosas se van desenvolviendo. ¿No es verdad? LA SEÑORA INGER.—Seguid. LYKKE.—(Después de una pausa y mirándola inquisitivamente.) Puede pensarse un caso en el cual corriese peligro el trono de Gustavo Wasa. LA SEÑORA INGER.—¿Dónde quiere ir a parar? LYKKE.—El caso de que se hallase en Suecia un hombre que tuviese de- recho, en virtud de su nacimiento, a ser elegido como señor del pueblo. LA SEÑORA INGER.—La nobleza de Suecia está tan diezmada como la nuestra, señor consejero imperial. ¿Dónde ibais a buscar…? LYKKE.—(Sonriendo.) ¿Buscar? El hombre está ya encontrado. LA SEÑORA INGER.—(Aterrada.) ¿Encontrado? LYKKE.—Y os está demasiado allegado para que no hayáis pensado en él. El difunto conde Sture ha dejado un hijo… LA SEÑORA INGER.—(Con un grito.) ¡Redentor divino! ¿Por dónde sabéis…?.
LYKKE.—Conteneos, noble señora, y dejadme que termine de hablar. Este muchacho vivió tranquilamente hasta ahora con su madre, la viuda de Sten Sture. LA SEÑORA INGER.—(Respirando de nuevo.) ¿Con…? ¡Ah, sí…, sin duda! LYKKE.—Mas ahora ha aparecido públicamente. En Dalekarlia se ha mostrado a la cabeza de los campesinos. Su número crece de día en día y, como quizás sabéis, encuentran también apoyo de este lado de la frontera. LA SEÑORA INGER.—(Que entretanto ha recobrado su sangre fría.) Señor consejero imperial, habláis de todas esas cosas con la plena convic- ción de que yo tengo conocimiento de ellas. ¿Qué motivo os he dado para suponerlo así? No sé nada ni quiero saber nada. No pretendo más que vivir tranquilamente en mis dominios. No presto mi apoyo a los agitadores; pero tampoco podéis contar conmigo para combatirlos. LYKKE.—(Con voz contenida.) ¿Permaneceríais también inactiva si tu- viese la intención de ponerme a vuestro lado? LA SEÑORA INGER.—¿Cómo he de entenderos? LYKKE.—¿No habéis comprendido, pues, adónde quería ir a parar? Bien; entonces os lo diré todo noble y honradamente. Sabed que el rey y su Consejo han comprendido que no podríamos nunca asentarnos con pie fir- me en Noruega mientras pueblo y nobleza siguieran creyéndose oprimidos y vejados. Hemos comprendido que valen más aliados voluntarios que súb- ditos sometidos por fuerza, y en el fondo nada deseamos tanto como romper lazos que nos atan a nosotros por lo menos tanto como a vosotros. Pero ha- béis de reconocer que el ánimo de los noruegos contra nosotros hace que re- sulte peligroso intentar ese paso…, mientras no tengamos un apoyo seguro a nuestras espaldas. LA SEÑORA INGER.—¿Y ese apoyo…? LYKKE.—Ese apoyo hay que buscarlo, ante todo, en Suecia. Pero, no- tadlo, no mientras rija Gustavo Wasa; porque Gustavo no ha ajustado aún sus cuentas con Dinamarca, ni las ajustará nunca. En cambio, un nuevo rey que tuviera de su parte al pueblo y debiera la corona al apoyo de Dinamar- ca… ¿Qué, comenzáis a entenderme?… Entonces podríamos tranquilamen- te deciros a vosotros: «Noruegos, os devolvemos vuestros antiguos dere-.
chos tradicionales; elegid libremente un rey, y sed nuestros amigos en la hora del peligro, como nosotros lo hemos sido vuestros». Fijaos bien tam- bién, señora, en que esta generosidad no es en el fondo tan grande como acaso pudiera parecer, pues de seguro veis perfectamente que ello en vez de debilitarnos nos fortalecería más bien. Y puesto que con tal franqueza he hablado con vos, dejad toda desconfianza. (Con convicción.) Haced que el caballero sueco que una hora antes de mí ha entrado… LA SEÑORA INGER.—¿Sabéis ya, pues…? LYKKE.—Lo sé. A él es precisamente a quien busco. LA SEÑORA INGER.—(Para sí.) ¡Es increíble! Tenía, pues, razón Olaf Skaktval. (A Nils.) Tened la bondad de aguardar un momento, señor conse- jero imperial. Voy a buscarlo. (Sale por la puerta del centro, en el fondo.) LYKKE.—(La sigue con la vista, con asombro triunfante.) ¡Lo trae! ¡Lo trae, sin duda! La batalla está, pues, ganada a medias. No hubiera creído nunca que fuera tan fácil. Se ve que está muy comprometida en el movi- miento. Cuando pronuncié el nombre del hijo de Sture se aterró. ¿Y ahora? ¡Oh! Si con tanta confianza ha caído en la celada la señora Inger, no creo que Nils Sture me proporcione grandes dificultades. Un mozo sin reflexión ni juicio… En cuanto le prometa nuestro apoyo es hombre seguro. Desgra- ciadamente lo prenderá Jens Bjelke al salir de aquí…, y ha fracasado el pro- yecto. ¿Y luego? Luego todo será en beneficio de nuestra causa. Corre el ru- mor de que el joven conde Sture estaba en Ostrot, de que un enviado danés tenía una cita con la señora Inger, y de que a consecuencia de eso los solda- dos del rey Gustavo prendieron a Nils Sture a un cuarto de hora del castillo. Por grande que sea el prestigio de Inger Gyldenlöve en el pueblo, no podrá resistir un golpe semejante. (Se muestra de pronto desconfiado.) ¡Por todos los diablos! ¡Si habrá sospechado algo la señora Inger! Acaso nos lo está ocultando en este momento… (Escuchando hacia la sala.) ¡Bah! No hay por qué alarmarse. Ahí están ya. LA SEÑORA INGER.—(Entra acompañada de Olaf Skaktval.) Aquí os traigo al que aguardáis. LYKKE.—(Para sí.) ¡Voto a…! ¿Qué quiere decir esto? LA SEÑORA INGER.—He comunicado a este caballero vuestro nombre y todo lo que me habéis dicho….
LYKKE.—(Indeciso.) ¿Sí? Está bien… De modo… LA SEÑORA INGER.—Y no quiero disimularos que no tiene gran con- fianza en vuestro apoyo. LYKKE.—¿No? LA SEÑORA INGER.—¿Os maravilla eso? Sin embargo, sabéis quién es, conocéis su amargo destino… LYKKE.—¿El destino de este hombre?… Sí, sí…, claro está… OLAF.—(A Lykke.) Mas puesto que el canciller Pedro mismo ha dispues- to que tuviéramos aquí una entrevista… LYKKE.—¿El canciller? (Dominándose rápidamente.) Sí, muy bien. Tengo una embajada del canciller. OLAF.—Y él debe saber mejor que nadie en quién puede confiarse. Por lo tanto, no quiero torturarme la cabeza para averiguar cómo… LYKKE.—Tenéis mucha razón; ante todo, eso no. OLAF.—Es preferible ir desde luego al asunto. LYKKE.—Al asunto sin rodeos. Esa es mi manera… OLAF.—¿Queréis, pues, decirme, qué clase de embajada me traéis? LYKKE.—¿Mi embajada? Creo que fácilmente podéis averiguar… OLAF.—El canciller hablaba de papeles que… LYKKE.—¿Papeles? ¡Ah, claro está, los papeles! OLAF.—¿Los traeréis con vos, verdad? LYKKE.—Naturalmente; bien guardados; casi demasiado bien para así con la prisa… (Hace como si buscara en su jubón, y dice para sí): ¿Quién diablos puede ser? Aquí podían hacerse grandes descubrimientos. (Nota que los criados ponen la mesa en la sala y encienden las luces.) ¡Ah, veo que la señora Inger prepara la cena! En la mesa podremos hablar mejor de nuestro asunto. OLAF.—Bien; como gustéis..
LYKKE.—(Para sí.) ¡Ganar tiempo es ganarlo todo! Y entretanto, ¿no podemos saber qué parte quiere tomar la señora Inger en nuestra empresa? LA SEÑORA INGER.—¿Yo? Ninguna. LYKKE Y OLAF.—¡Ninguna! LA SEÑORA INGER.—¿Os maravilla, nobles señores, que no me decida a entrar en un juego en el que se compromete todo? Además de que ninguno de mis aliados se confiaría completamente en mí. LYKKE.—Ese reproche no me alcanza. Yo confío a ciegas en vos. Estad segura de ello. Os lo ruego. OLAF.—¿Quién podría confiar en vos mejor que vuestros compatriotas? LA SEÑORA INGER.—En verdad, señores…, esa confianza me honra. (Abre un armario que hay en el fondo y llena dos copas de vino.) LYKKE.—(Para sí.) ¡Ay de mí si ahora se le ocurriera tirar del lazo! LA SEÑORA INGER.—(Ofreciendo una copa a cada uno.) Y si ello es así bebed la bienvenida a Ostrot. ¡Bebed, nobles señores! ¡Bebed hasta la última gota! (Después que han bebido los contempla alternativamente y dice): Y ahora sabedlo: ¡una copa contenía la bienvenida para el aliado…; la otra, la muerte para el enemigo! LYKKE.—(Arrojando la copa.) ¡Ah, me han envenenado! OLAF.—(Al mismo tiempo, echando mano a la espada.) ¡Infierno y muerte! ¡Me habéis envenenado! LA SEÑORA INGER.—(A Olaf, sonriendo y señalando a Lykke.) ¡Esa es la confianza que tienen los daneses en Inger Gyldenlöve! (A Lykke, señalan- do a Olaf.) ¡Y esa la fe de mis compatriotas en mí! (A los dos.) ¿Y a pesar de eso iba a entregarme a vosotros? ¡Poco a poco, mis nobles señores, poco a poco! La dueña de Ostrot conserva todavía sano su juicio. (Elina entra por la izquierda.) ELINA.—¿Qué ruido es ese? ¿Qué ocurre? LA SEÑORA INGER.—(A Lykke.) Mi hija Elina. LYKKE.—(Para sí.) ¡Elina! No me la hubiera figurado así. (Elina ve a Lykke y queda sorprendida contemplándole.).
LA SEÑORA INGER.—(Tocándola en un brazo.) Hija mía, este caballe- ro es… ELINA.—(Hace ademán de apartar a su madre, y dice mirando fijamen- te a Lykke): No es necesario. Ya veo quién es: Nils Lykke. LYKKE.—(En voz baja, a la señora Inger.) ¿Cómo? ¿Me conoce? ¿Es que Lucía…? ¿Es que sabe acaso…? LA SEÑORA INGER.—(Del mismo modo.) ¡Silencio! No sabe nada. ELINA.—(Para sí.) Ya lo sabía yo. Así tenía que ser Nils Lykke. LYKKE.—(Acercándosele.) Sí, Elina Gyldenlöve, habéis adivinado. Y puesto que en cierto modo me conocéis, y que además soy el huésped de vuestra madre, os rogaría que no me negarais el ramo de flores que lleváis en el pecho. Mientras siga siendo fresco y oloroso, poseeré algo así como un retrato vuestro. ELINA.—(Con altanería y mirándole sin cesar fijamente.) Perdonad, se- ñor caballero. Este ramo de flores lo he cogido con mis propias manos en mi habitación, y allí no crecen flores para vos. LYKKE.—(Quitándose unas flores que lleva en su jubón.) ¡Oh, entonces no despreciaréis este pequeño don! Una virtuosa dama me lo dio hoy como despedida al marchar de Drontheim. Y notad, noble señora… Si tratara de haceros un regalo que fuera digno de vos, tendría que ser a lo menos una corona real. ELINA.—(Que ha cogido maquinalmente las flores.) Aunque me ofrecie- rais la corona de Dinamarca…, antes de compartirla con vos la destrozaría con mis manos y os arrojaría los pedazos a los pies. (Le arroja a los pies el ramo de flores y se va por la sala.) OLAF.—(Murmurando.) ¡Audaz…, como Inger Ottisdatter ante el cadá- ver de Knut Alfson! LA SEÑORA INGER.—(Para sí, después de haber contemplado alter- nativamente a Elina y a Lykke.) ¡El lobo puede domarse! LYKKE.—(Recogiendo las flores y siguiendo apasionadamente con la vista a Elina.) ¡Por la sangre de Cristo! ¡Qué hermosa y qué altanera es!.
ACTO TERCERO La sala de convites. En el fondo una gran ventana; en primer término, a la derecha, otra ventana más pequeña. A ambos lados varias puertas. El te- cho está sostenido por gruesas columnas de madera, en las cuales, lo mis- mo que en las paredes, cuelgan armas de todas clases. En las paredes hay también muchos retratos de santos, caballeros y damas. Una lámpara de muchos brazos cuelga del techo. En el primer término, a la derecha, un asiento de honor. En el centro del aposento una mesa puesta, con los restos del banquete. ELINA.—(Entra despacio y meditabunda por la izquierda. La expresión de su cara indica que vuelve a sentir la impresión de la escena anterior con Lykke. Hace un ademán como si arrojase otra vez el ramo de flores. Con voz contenida.) Y luego reunió los pedazos esparcidos de la corona de Dina- marca…: eso eran las flores… y… «¡Por la sangre de Cristo! ¡Qué hermosa y qué altanera es!» ¡Si hubiera susurrado esas palabras en el más oculto rin- cón, a cien mil leguas de Ostrot…, las hubiese oído del mismo modo! ¡Cómo le odio! ¡Cómo le he odiado siempre a ese Nils Lykke! Las gentes dicen que ningún hombre es igual a él. Juega con las mujeres…, y las humi- lla a sus pies. ¡Y mi madre quería entregarme a él! ¡Cómo le odio! Dicen que Lykke es distinto de los demás hombres. ¡No es verdad! ¡No hay nada de extraordinario en él! ¡Hay muchos, muchos como él! Cuando Bjorn me contaba cuentos, todos los príncipes se parecían a Nils Lykke. Cuando yo estaba sola aquí en la sala y soñaba y mis caballeros iban y venían…, todos, todos eran como Nils Lykke. ¡Qué extraño y qué dulce es odiar! Nunca ha- bía sabido lo dulce que era hasta esta noche. ¡No, no cambiaría por mil años.
de vida los momentos que he pasado desde que le vi! «¡Por la sangre de Cristo! ¡Qué hermosa…!» (Camina lentamente hacia el fondo, abre la ven- tana y mira hacia afuera. Entra Lykke por la primera puerta de la derecha.) LYKKE.—(Para sí.) «¡Que durmáis bien en Ostrot!», dijo la señora In- ger al marchar. ¡Dormir bien! Eso se dice pronto, pero… Allá afuera, el cie- lo y el mar alborotados. Abajo, en el sótano, Lucía en el sepulcro; la suerte de dos reinos en mis manos…, y en mi pecho un ramo de flores marchitas que una mujer me arrojó a los pies. En verdad, temo que el sueño tarde en aparecer. (Elina abandona la ventana y se dispone a marcharse por la iz- quierda. Lykke la ve y dice): Allí está. La altanera mirada parece pensativa. ¡Oh, si me atreviera!… (En alta voz.) ¡Señorita Elina! ELINA.—(Deteniéndose en la puerta.) ¿Qué queréis? ¿Por qué me perseguís? LYKKE.—Os equivocáis. No os persigo. Yo soy el perseguido. ELINA.—¿Vos? LYKKE.—Por muchos pensamientos. Por eso me pasa a mí con el sueño lo que con vos…: huye de mí. ELINA.—Idos a la ventana. Allí podéis encontrar entretenimiento…; un mar tempestuoso… LYKKE.—¿Un mar tempestuoso? Eso puedo hallarlo en vos. ELINA.—¿En mí? LYKKE.—Nuestra primera entrevista me ha dado la certeza de ello. ELINA.—¿Y os quejáis por eso? LYKKE.—No, de ningún modo; pero quisiera encontraros menos severa para conmigo. ELINA.—(Altanera.) ¿Creéis que vais a lograrlo? LYKKE.—Estoy seguro de ello, porque os traigo una nueva que os agradará. ELINA.—¿Cuál? LYKKE.—Mi despedida..
ELINA.—(Dando un paso hacia él.) ¿Vuestra despedida? ¿Os vais de Ostrot…, tan pronto? LYKKE.—Antes de que esta noche termine. ELINA.—(Un momento está vacilante; luego, fríamente.) ¡Entonces, re- cibid mi adiós, señor caballero! (Se inclina y hace ademán de irse.) LYKKE.—Elina Gyldenlöve: no tengo derecho alguno a deteneros; pero no sería generoso de vuestra parte negaros a oír lo que tengo que deciros. ELINA.—¡Os escucho, señor caballero! LYKKE.—Ya sé que me odiáis. ELINA.—Vuestra penetración no se ha debilitado, por lo que veo. LYKKE.—Pero sé también que merezco plenamente ese odio. La manera como he hablado de vos en mi escrito a vuestra madre era inconveniente y ofensiva. ELINA.—Es posible, pero yo no lo he leído. LYKKE.—Pero, por lo menos, su contenido no lo desconocéis. Sé que vuestra madre os lo ha comunicado; por lo menos os ha dicho que yo consi- deraba feliz al hombre que… ¡Ya sabéis las esperanzas que alimentaba!… ELINA.—Señor caballero, si pensáis hablar de eso… LYKKE.—Pienso hablar de ello tan solo para disculpar mi conducta; por ningún otro motivo…, os lo juro. Si mi fama ha llegado antes que yo a Os- trot, y por desgracia, tengo razones para suponerlo, conoceréis bastante mi vida para no asombraros de que vaya con tanta osadía a mi objeto. ¡Durante mi vida me he encontrado ya con muchas mujeres, Elina Gyldenlöve! In- vencible no he encontrado ninguna todavía. Con estos hábitos se vuelve uno un poco atrevido. Se pierde la costumbre de hacer rodeos… ELINA.—Será posible. No sé de qué casta serían aquellas mujeres. Por lo demás, os equivocáis si creéis que es la carta a mi madre la que ha des- pertado en mi corazón odio y amargura contra vos. Tenía razones más antiguas. LYKKE.—(Intranquilo.) ¿Razones más antiguas? ¿Qué queréis decir?.
ELINA.—Como suponéis, vuestra fama ha llegado a Ostrot, como a todo el país. Cuando se pronuncia el nombre de Nils Lykke, va siempre acompa- ñado del de una mujer a quien ha seducido y abandonado. Unos lo pronun- cian con indignación, otros con una sonrisa y con burlas ligeras sobre la dé- bil criatura engañada. Pero a través de la indignación, de las sonrisas, de las burlas, suena atronadora vuestra leyenda, incitando a la cólera, como el himno de victoria del enemigo. Todo esto ha producido mi odio contra vos. Vuestra imagen estaba incesantemente ante mí, y sentía como un ansia de encontrarme con vos frente a frente para haceros saber que hay mujeres con las cuales serían inútiles vuestros halagos…, caso de que quisierais emplearlos. LYKKE.—Cometéis una injusticia si me juzgáis por lo que la fama os ha dicho de mí. Acaso sea verdad lo que habéis oído, pero la causa no la cono- céis. A los diecisiete años comencé mi vida ligera y disipada. Mujeres fáci- les me otorgaban lo que yo deseaba aun antes de que el deseo se tradujera en ruego, y lo que yo les ofrecía lo tomaban ellas con las manos abiertas. Vos sois la primera mujer que me arroja despectiva a los pies un regalo mío. No creáis que me quejo por ello, no; al contrario, os honro por eso como no he honrado nunca a ninguna mujer. Mas de lo que me quejo y lo que pesa sobre mí como un gran dolor del alma es que el destino no me haya hecho encontraros antes. ¡Elina Gyldenlöve! Vuestra madre me ha hablado de vos. Mientras fuera de aquí corría la vida su carrera desasosegada, andabais vos tranquila por esta soledad de Ostrot con vuestras fantasías y vuestros sue- ños. ¡Ved! Por eso podréis comprender lo que yo voy a deciros. ¡Sabed, pues, que yo he vivido también una vida como la vuestra! Pensaba yo que cuando saliese al mundo me encontraría con una mujer noble y generosa que me llamaría y me allanaría el camino que habría de conducirme a las acciones gloriosas. ¡La esperanza aquella me engañó, Elina Gyldenlöve! Muchas mujeres han salido a mi encuentro, pero ella no. Antes de haberme hecho hombre había aprendido a despreciarlas a todas. ¿Fue mía la culpa? ¿Por qué las demás no fueron como vos? Ya sé que la suerte de vuestra pa- tria pesa sobre vuestra alma. Conocéis el influjo que sobre lo existente ejer- zo. Se dice que yo soy falso como la espuma del mar. Acaso; pero si es ver- dad, las mujeres son quienes me lo han enseñado a ser. Si hubiese encontra- do antes lo que buscaba; si hubiese encontrado una mujer noble, altanera y generosa como vos, hubiera sido distinta mi vida. Quizás estaría en este momento a vuestro lado como defensor de los noruegos oprimidos. Pues.
creo firmemente una cosa: una mujer es lo más poderoso que hay en el mundo, y en su mano está llevar al hombre allí donde el Señor quiere que vaya. ELINA.—(Para sí.) Quizás sea como dice. No, no; en sus ojos brilla la mentira y la falsedad está en sus labios. Y sin embargo…, ninguna canción haría en mí el efecto que sus palabras. LYKKE.—(Acercándose, con voz queda y confiada.) ¡Cuántas veces ha- bréis estado aquí a solas con vuestros inquietos pensamientos! Vuestro cora- zón se sentía oprimido; el techo y las paredes se hundían y pesaban sobre vuestra alma. Entonces habéis mirado hacia afuera; hubierais querido volar a lo alto, sin saber vos misma adónde. ¡Cuántas veces habréis paseado soli- taria por el fjord! Allá en lontananza cruzaba un bajel suntuoso; dentro de él iban damas y caballeros y sonaban música y cantos. Un rumor vago de grandes acciones llegaba a vuestros oídos, y sentíais que os apretaba el co- razón una gran ansia, un impulso invencible que quería saber lo que al otro lado del mar había. Pero vos no habéis comprendido lo que ansiabais. A ve- ces habéis pensado que era la suerte de vuestra patria la que os daba todos estos desasosegados pensamientos. Os engañabais a vos misma. A vuestros años, una doncella tiene otras cosas en que cavilar. ¡Elina Gyldenlöve! ¿No habéis creído nunca en una fuerza misteriosa, en un poder invencible y se- creto que liga los destinos de los hombres? Cuando soñabais con la vida abigarrada de allá afuera, con torneos y fiestas suntuosas…, ¿no veíais un caballero que con la risa en los labios y la tristeza en el corazón estaba allí, en medio del bullicio…; un caballero que había soñado dulcemente con una mujer, como vos, noble y magnífica, a la cual buscaba en vano entre todas las que le rodeaban? ELINA.—¿Quién sois vos, que sabéis vestir con palabras mis más ínti- mos pensamientos? ¿Cómo podéis saber lo que yo llevaba en lo más hondo de mi pecho, sin saberlo yo misma? ¿Por dónde sabéis…? LYKKE.—Lo que os he dicho me lo han contado vuestros ojos. ELINA.—Nunca me ha hablado un hombre como vos me habláis. Solo oscuramente os he entendido, y sin embargo, todo, todo me parece cambia- do ahora. (Para sí.) Ahora comprendo por qué dicen que Nils Lykke es dis- tinto de los demás..
LYKKE.—Hay una cosa en el mundo que puede trastornar al que sobre ella reflexiona, y es el pensar qué es lo que hubiera pasado si las cosas hu- bieran ido de esta o de la otra manera. Si os hubierais cruzado en mi camino cuando el árbol de mi vida era aún verde y frondoso, acaso en esta hora… ¡Mas perdonadme, noble doncella! Esta corta conversación me había hecho olvidar nuestra situación. Era como si desde el principio una voz secreta me dijese que podía hablar con vos abiertamente y sin disimulo. ELINA.—Y podéis hacerlo. LYKKE.—Bien…; y esa franqueza nos ha quizás reconciliado un poco. Acaso llegue el tiempo en que podáis pensar sin odio ni amargura en mí. ¡Pero, entendedme bien; no quiero decir ahora mismo…, sino más tarde! Y para hacéroslo menos difícil, y puesto que ya he comenzado a hablar con vos franca y honradamente, permitidme que os diga… ELINA.—¡Señor caballero!… LYKKE.—(Sonriendo.) ¡Ah, veo que mi carta os asusta todavía! Pero es- tad tranquila. No sé lo que daría porque no estuviera escrita, pues… Bien; puesto que sé que no os causará gran dolor el oírlo, puedo decíroslo…: no os amo, no os amaré nunca. Estad, pues, segura; os lo repito. No intentaré jamás… (Elina se muestra impresionada.) Mas ¿qué os pasa?… ELINA.—¿A mí? ¡Nada, nada! Decidme solo una cosa. ¿Por qué lleváis todavía esas flores? ¿Qué pueden significar para vos? LYKKE.—¿Estas flores? ¿No son un guante de desafío, que vos, en nom- bre de todas las mujeres, habéis arrojado a Nils Lykke? ¿No debía recoger- lo? ¿Preguntáis qué quiero con ellas? (En tono quedo.) Cuando yo vuelva a estar en Dinamarca entre mujeres hermosas, y suene música, y en la sala reine el silencio, entonces mostraré estas flores y contaré una leyenda de una doncella que vive sola en un castillo allá en la Noruega lejana… (Se in- terrumpe y se inclina respetuosamente.) Mas temo que he detenido dema- siado tiempo a la hermosa hija de la casa. Ya no nos veremos más, pues an- tes de que amanezca me marcharé. Os ofrezco, pues, mi adiós. ELINA.—Y yo os doy el mío, señor caballero. (Pausa corta.).
LYKKE.—Parecéis preocupada otra vez, Elina Gyldenlöve. ¿Es que pen- sáis en la suerte de vuestra patria? ELINA.—(Moviendo negativamente la cabeza y mirando abstraída a lo lejos.) ¿Mi patria? Yo no pienso en mi patria. LYKKE.—¿Entonces es el tiempo con todas sus luchas y dolores lo que os angustia? ELINA.—¿El tiempo? Ahora lo tengo olvidado… ¿Vais a Dinamarca? ¿No decíais eso? LYKKE.—Voy a Dinamarca. ELINA.—¿Puedo ver Dinamarca desde esta sala? LYKKE.—(Señalando a la ventana de la izquierda.) Sí; desde aquella ventana. Allá, hacia el sur, está Dinamarca. ELINA.—¿Y está muy lejos de aquí? ¿Más de mil millas? LYKKE.—Mucho más lejos. Entre vos y Dinamarca está el mar. ELINA.—(Para sí.) ¿El mar? El pensamiento vuela como una gaviota. El mar no basta para detenerlo. (Se va por la izquierda.) LYKKE.—(La sigue un rato con la vista y luego dice): Si pudiera dispo- ner de dos días…, o solo de uno, caería, como las otras, en mi poder. Esta niña es de un carácter original; es orgullosa. ¿Es que acaso debo decidirme? No; prefiero humillarla. (Pasea por el aposento.) ¡No puedo creer que haya puesto en ardor mi sangre! ¿Quién lo hubiera tenido por posible?… ¡Pero fuera con ello! ¡Tengo que salir de todo este embrollo, en el que me he per- dido! (Se sienta en una silla, a la derecha.) ¿Cómo he de explicármelo? Lo mismo Olaf Skaktval que la señora Inger parecen ciegos para la sorpresa que se produciría al saberse que yo estoy en alianza con ellos. ¿O habrá pe- netrado la señora Inger mis intenciones? ¿Habrá comprendido que todas mis promesas no tendían más que a sacar a Nils Sture del agujero en que está escondido? (Dando un salto.) ¡Voto a…! ¿Es que soy yo el engañado? Es muy verosímil que el conde Sture no esté en Ostrot. Es posible que a es- tas horas esté tranquilamente entre sus amigos en Suecia, mientras yo… Acaso su fuga no ha sido más que un ardid de guerra. (Vuelve a pasear, desasosegado, arriba y abajo.) ¡Por qué habré tenido tanta confianza en mí mismo! ¡Y si la señora Inger penetra mis intenciones… y divulga lo ocurri-.
do!… ¡Burlado y escarnecido así aquí como en Dinamarca! ¡Querer atraer a la señora Inger a la celada…, y luego trabajar por su causa, elevar su presti- gio a los ojos del pueblo!… ¡Ah, estaría dispuesto a tratar con el mismo de- monio si me ayudase a poner la mano sobre el conde Sture! (Se abre la ventana del fondo. Nils Stenson aparece en ella.) LYKKE.—(Echando mano a la espada.) ¿Quién va? STENSON.—¡Ajá! ¡Por fin estoy aquí! LYKKE.—(Para sí.) ¿Qué quiere decir esto? STENSON.—¡La paz de Dios sea con vos, señor! LYKKE.—Gracias. Pero os aseguro que habéis escogido un modo de en- trar algo desusado, caballero. STENSON.—¿Y qué diablos iba a hacer? La puerta estaba cerrada. Aquí en el palacio parece que duermen las gentes como el oso en el invierno. LYKKE.—¡Gracias sean dadas a Dios! Una conciencia limpia es una al- mohada blanda, como sabéis. STENSON.—Sí; así debe ser; porque por más que he llamado y llamado… LYKKE.—¿No os han abierto? STENSON.—Claro está que no. De modo que yo me dije: Puesto que tienes que estar esta noche en Ostrot, aunque tengas que pasar por agua y fuego, puedes entrar también por la ventana. LYKKE.—(Para sí.) ¡Ah!, si este… (Dando unos pasos hacia él.) ¿Os importa mucho, pues, estar precisamente esta noche en Ostrot? STENSON.—¿Si me importa mucho? Digo, me parece que sí. A mí no me gusta hacer que me esperen. LYKKE.—¡Ah! ¿De modo que os espera la señora Inger Gyldenlöve? STENSON.—¿La señora Inger Gyldenlöve? Ved: a eso no puedo contes- tar abiertamente. (Con una sonrisa maliciosa.) Pero acaso hay aquí algún otro que….
LYKKE.—(Sonriendo también.) ¡Ajá! ¿De modo que acaso hay aquí al- gún otro…? STENSON.—Decidme: ¿sois vos de la casa? LYKKE.—¿Yo? Sí, en tanto que soy desde esta noche huésped de la se- ñora Inger. STENSON.—¿Ah, sí? Me parece que esta es la tercera noche después de la fiesta de San Martín. LYKKE.—¿La tercera noche después…? Sí, sin duda tenéis razón… ¿Deseáis acaso ser conducido inmediatamente a la presencia de la señora de la casa? Por lo que yo puedo suponer, no se ha acostado todavía. ¿Mas no quisierais sentaros y descansar, joven amigo? Ved: aquí ha quedado una ja- rra de vino. Algo de comer podríamos encontrarlo todavía. Quizás un re- fuerzo os vendría bien. STENSON.—Tenéis razón; no me vendría mal. (Se sienta a la mesa y durante lo que sigue come y bebe.) ¡Asados y pasteles dulces! ¡Lleváis una vida deliciosa! Cuando se ha dormido, como yo, sobre la tierra fría y se ha vivido de agua y pan durante cuatro, cinco días, como yo… LYKKE.—(Le mira sonriendo.) Sí, eso debe ser difícil para quien está acostumbrado a sentarse en el sitio de honor de la sala condal. STENSON.—¿De la sala condal? LYKKE.—Mas aquí en Ostrot podréis descansar todo el tiempo que gustéis. STENSON.—¿Puedo hacerlo de veras? ¿No tendré que marcharme enseguida? LYKKE.—No lo sé. Eso lo debéis saber vos mejor que nadie. STENSON.—(Para sí.) ¡Voto a…! (Reclinándose cómodamente en la si- lla.) ¡Hum!… La cosa no está completamente decidida aún. Por mi parte, yo no tendría ningún inconveniente en quedarme aquí; pero… LYKKE.—¿Pero no dependéis de vos mismo? ¿Tenéis encargos y comisiones?….
STENSON.—Sí, esa es precisamente la dificultad. Si de mí dependiese, sin duda que descansaría en Ostrot todo el invierno. La mayor parte del tiempo he estado en pie de guerra, y por eso… (Se interrumpe de pronto, se echa vino y bebe.) ¡A vuestra salud, caballero! LYKKE.—¿En pie de guerra? ¡Hum! STENSON.—No; lo que yo quería decir era esto: hace tiempo que ansia- ba ver a la señora Inger, de quien tanto se habla. Debe ser una mujer admi- rable, ¿verdad? Lo único que me desagrada es que le cuesta tanto trabajo decidirse… LYKKE.—¿Decidirse? STENSON.—Ya me comprendéis. Quiero decir que hace de mala gana algo para expulsar del reino a los extranjeros. LYKKE.—Sí, en eso tenéis razón. Ahora debéis hacer cuanto podáis; qui- zás podáis lograrlo. STENSON.—¿Yo? ¡Dios me valga! ¡De mucho serviría que yo…! LYKKE.—Entonces, si no tenéis esperanza, es extraño que vengáis en busca de la señora Inger. STENSON.—¿Qué queréis decir con eso? Oíd: ¿conocéis a la señora Inger? LYKKE.—Naturalmente, puesto que soy su huésped… STENSON.—Eso no quiere decir que la conozcáis. También yo soy su huésped y no he visto nunca ni su sombra. LYKKE.—Sin embargo, podéis hablar… STENSON.—¿De lo que todo el mundo sabe? Sí, eso claro está. Además le he oído con frecuencia al canciller… (Se para confundido y comienza a comer con furia.) LYKKE.—¿Qué es lo que queríais decir? STENSON.—¿Yo? (Comiendo.) No, nada; nada importante. (Lykke se ríe.) ¿De qué os reís? LYKKE.—De nada, caballero..