
EL colección BARCO DE VAPOR EL BARCO DE VAPOR Un cuervo ladrón ha robado el reloj-brújula del viejo sapo Arbule. Su nieto Warton, ayudado por un ratón al que todo le sale mal, un grajo azul que no ve y el propio abuelo Arbule, va en su búsqueda. Pero lo que parecía ser una empresa fácil es un sinfin de difíciles y emocio- nantes aventuras. A partir de 7 años Russell E. Erickson El detective Warton 9 789562 621984 gª EDICION Sm.
El detective Warton Russell E. Erickson ediciones Joaquin Turina 39 28044Machid.
Colección dirigida por Marinella Terzi Primera edición: marzo 1988 Novena edición: tebrero 1996 Traducción del inglés: José Enrique Cubedo Ilustraciones y cubierta: Javier Vázquez Título original: Warton and the contest © Russell E. Erickson, 1986 Ediciones SM, 1987 Joaquín Turina, 39 - 28044 Madrid Comercializa: CESMA, SA - Aguacate, 43 - 28044 Madrid ISBN: 84-348-2409-4 Depósito legal: M-3549-1996 Fotocomposición: Grafilia, SL Impreso en España/Printed in Spain Orymu, SA - Ruiz de Alda, 1 - Pinto (Madrid) No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, • ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. HACÍA un buen rato que la oscuridad de la noche se había adueñado del es- peso bosque. Todo estaba en silencio: El viento se había calmado y los pájaros guardaban silencio. La mayoría de los animales dormían. Algunos merodea- ban con pisada furtiva y mirada relu- ciente. Otros estaban a punto de irse a dormir. Eso era lo que los hermanos sapos, Warton y Morton, estaban ha- ciendo en su confortable hogar. Sen- tados alrededor de la mesa de la cocina, jugaban al dominó con su abuelo Ar- bule. El abuelo, que vivía en la casa de al lado, miró su pertenencia predilecta: una mezcla de reloj y brújula de oro. -Bien —dijo el viejo sapo—. Ya es suficiente por hoy. Fijaos lo tarde que es —añadió, colocando su reloj-brújula sobre la mesa. -Se nos ha hecho muy tarde —dijo Morton. 5.
—Y no hemos sido capaces de ganar ni una partida al abuelo —se lamentó Warton. El abuelo se rió entre dientes. —No os desaniméis —les dijo-. No es fácil vencer a un campeón de do- minó, a alguien que ha participado en torneos por todo el bosque. Incluso el año pasado derrotó a las ranas y consi- guió como trofeo este hermoso reloj- brújula —y entornando los ojos, aña- dió-: Y ya sabéis lo tramposas que son las ranas. Warton y Morton asintieron con la cabeza. A continuación, el abuelo Arbule les dio las buenas noches y se marchó a su casa. Warton comenzó a recoger las fi- chas de dominó y Morton retiró las tazas y los platos. —¡Oh, mira! —dijo Warton-. El abuelo se ha dejado su reloj-brújula so- bre la mesa. —Será mejor que se lo llevemos inme- diatamente —dijo Morton-. Ya sabes el aprecio que le tiene. —Sí, ya lo sé —dijo Warton-. Pero puede que ya esté dormido. Se lo lle- varé mañana por la mañana. 6.
—Bien, en ese caso me voy a la cama —dijo Morton-. Mañana me aguarda un día ajetreado en la cocina. -Y yo tengo que limpiar la casa —dijo Warton, bostezando. Enseguida los dos sapos se acostaron. Pronto se quedaron dormidos sobre sus blandos colchones rellenos de hojas de enea. Durante el resto de la noche todo quedó en silencio; sólo se oía el tictac del reloj de la repisa. Y justo antes del amanecer se oyó el ruido de cristales rotos. Warton abrió los ojos bruscamente. —Morton, ¿has sido tú? —preguntó en voz alta. —No -respondió una voz soñolienta desde la habitación contigua—. El ruido ha venido del sótano. Warton saltó rápidamente de la cama. Ataviado con un pijama a rayas roji- blancas, encendió una vela y entró en la cocina. Allí lo esperaba Morton, enfun- dado en una bata de lana y con un utensilio de cocina en la mano. Warton abrió la puerta de madera de la des- pensa. Los dos sapos bajaron con cui- dado las estrechas escaleras que condu- 8 cían al sótano, sin dejar de escudriñar en todos los rincones oscuros. De repente, Morton gritó al tiempo que señalaba hacia el suelo, donde ya- cían varios recipientes rotos en un charco morado. —¡Mi gelatina de bayas de saúco! ¡Todos los tarros están destrozados! Warton examinó de cerca el estro- picio. —Quien haya hecho esto, ha dejado huellas de mermelada. Voy a seguirlas. Sosteniendo la vela próxima al suelo, Warton siguió el rastro de pisadas. Miró debajo de una silla vieja y una mesa pol- vorienta, entre cuatro barriles y cajas de sal, y detrás de un aparador. Cuando llegó al armario, se detuvo. Las huellas acababan allí. Warton dio dos vueltas alrededor del mueble y luego se puso a mirar por la cerradura. De repente su rostro cobró una expresión de espanto, y el sapo dio un salto hacia atrás. —¡Morton! —exclamó-. Ahí hay al- guien y se ha quedado mirándome. —¡No! —dijo Morton-. ¿Y qué ha- cemos ahora? —Creo que deberíamos capturar a 9.
quien se esconda ahí dentro —dijo War- ton. —Me da miedo —dijo Morton. Warton tomó un pedazo de cuerda y se volvió hacia su hermano. —¿Estás preparado? —le preguntó. Morton asintió con la cabeza. En- tonces los dos sapos agarraron el arma- rio y le dieron un fuerte empujón. El mueble cayó al suelo con un gran estré- pito y Warton abrió la puerta. Allí, sentado al fondo del armario, un aturdido animalillo miraba a los sapos con sus ojos oscuros y redondos. —¡Vaya, pero si es un ratón de cam- po! -dijo Warton. —Y seguro que era él quien quería robarme mi mermelada de bayas de saúco —dijo Morton-. ¡Míralo! Warton se puso a examinar al raton- cillo. El sapo advirtió que llevaba una gorra puntiaguda de visera, una camisa cerrada verde y pantalones cortos ma- rrones. También se dio cuenta de que el ratón estaba pringado de mermelada morada. Warton asintió con la cabeza. —Verdaderamente, ya no hay la me- nor duda. 10.
Al oír esto, el ratón empezó a temblar y se le movían los bigotes. —¿Cómo que no? —exclamó. Me parece que estáis equivocados. —¿Ah, sí? —dijeron los dos sapos al unísono. —Sí -dijo el ratón-. Que haya unos tarros de mermelada rotos y que yo tenga unas manchas de mermelada no significa que os estuviera robando. —Entonces, ¿qué significa? —pre- guntó Morton. —Significa... —respondió el ratón, que parecía turbado de repente—, signi- fica que ha sido un accidente. —¿Un accidente? —preguntó Warton. -Sí —contestó el ratón—. Anoche vi un viejo topo que estaba tratando de atrapar a una lagartija. Decidí ayudarle a capturarla, y cuando la lagartija se metió en un agujero, debajo del tocón de un árbol, me metí en el agujero para perseguirla. Ignoraba que el tocón se encontrara sobre vuesta casa. Así, sin saber cómo, fui a chocar contra la es- tantería de tarros de mermelada y se cayó al suelo. Cuando oí que os acerca- bais, como no sabía quién vivía aquí, me escondí en el armario. 12 Warton comprendió que el ratón era sincero. —Lamento haber pensado que nos es- tuvieras robando la mermelada. No me he dado cuenta de que se trataba de un accidente. Eso podía haberle pasado a cualquiera. —A cualquiera no —dijo el ratón con tristeza-. Os diré que he tenido que abandonar mi hogar, en la pradera donde vivía con muchísimos más ra- tones, porque provoco muchos acci- dentes. Todos los accidentes me ocurren a mí. Por eso ya nadie quiere que me acerque. Cuando voy de visita, nadie me deja entrar en su casa. Así que he decidido irme a vivir a otra parte. Warton sintió lástima del ratoncillo. -Tal vez a ti te parezca que te ocu- rren más accidentes que a nadie, pero puede que no sea así. —¿Crees eso realmente? -preguntó el ratón. —Es muy probable que sea así —dijo Warton-. En cualquier caso, no tienes por qué marcharte por donde has ve- nido. Puedes utilizar el suelo de nuestra cocina si lo deseas. -Y puesto que ya estoy levantado 13.
—dijo Morton—, voy a preparar el de- sayuno. Te invitamos a desayunar. El ratón pareció encantado. —Sois muy amables —dijo-. Me llamo Neville. ¿Y vosotros? Los: sapos le dijeron sus nombres. Mientras : Neville salía del armario, los dos sapos lo miraban boquiabiertos. En lugar de cola, Neville llevaba un trozo de cuerda atada a un rabillo muy corto. -Perdí mi cola porque me la pisé acci- dentalmente con una mecedora —co- mentó el ratón al advertir el gesto de sor- presa de los sapos—. Como desde en- tonces sólo podía caminar en círculos, un día se me ocurrió atarme una cuerda y así volví a caminar en línea recta. —¡Qué buena idea! —dijo Warton. -Gracias —contestó Neville-. Ahora me parece que debería limpiar todo el estropicio que os he causado. Dicho esto, el ratón agarró el palo de una escoba que estaba bajo un estante. —¡Espera! -exclamó Morton. La advertencia llegó demasiado tarde. El palo de la escoba, que había estado sosteniendo el estante, se salió de su sitio al tirar de él. El estante se desplomó con- tra el suelo. 14 —¡No! -se lamentó Morton-. Mis tarros especiales de mermelada de mos- cas de la fruta. ¡Se han roto todos! El ratón miró a Morton con tristeza. —Lo siento —se lamentó. —No importa -dijo Morton, y tragó saliva-: Pero creo que deberíamos abandonar el sótano rápidamente. El sapo mostró al ratón el camino hasta la cocina. Una vez allí, Morton se puso a preparar el desayuno. Warton se sentó con el ratón a la mesa de la co- cina. Para animar a Neville, comentó: —Fue muy bonito de tu parte el ayu- dar ayer a aquel topo. —Lo hice con mucho gusto -dijo el ratón—. Me gusta ayudar a los demás. El problema es que las cosas nunca me salen bien -entonces se iluminó su semblante y añadió: Aunque ayer ayudé a alguien y me salió bien. —¿Qué hiciste? —preguntó Warton. —Ayudé a una ardilla a librarse de una hiedra venenosa que crecía alrede- dor de su árbol. La cosa resultó fácil. Lo único que tuve que hacer fue encen- der un fuego alrededor del árbol. Y al momento la hiedra empezó a arder y yo seguí mi camino. 15.
—¿Y no se quemaría el tronco del ár- bol? —preguntó Warton. —¡Caramba! -Neville dio un res- pingo—. No había pensado en eso. Ahora comprendo por qué la ardilla empezó a grițar cuando yo me alejaba —dijo el ra- toncillo con expresión de tristeza, una vez más. En aquel momento, Morton se acercó a la mesa. Colocó una fuente de lonchas de babosa ahumada, tres tazones de ga- chas de larvas de escarabajo y un mon- tón de ballico tostado. Los dos sapos y el ratón se pusieron a desayunar. Neville se sirvió de todo dos veces. Cuando terminó, dijo: —¡Mmm! ¡Qué sabroso estaba todo! —Me alegro de que te haya gustado —comentó Morton, radiante de satisfac- ción. —Claro que me ha gustado -dijo Ne- ville, poniéndose de pie-. Y para de- mostraros mi agradecimiento, voy a fre- garos todos los cacharros que hemos ensuciado. Morton se horrorizó al oír aquello. —¡De eso nada! ¡Tú no friegas! Quiero decir... que no tienes por qué molestarte. -No es ninguna molestia —dijo Ne- 16 ville-. Siéntate con tu hermano y den- tro de un momento los platos te parece- rán distintos. —Eso es precisamente lo que temo. Los platos van a acabar como mis ta- rros de conservas, hechos pedazos —su- surró Morton a Warton. —A lo mejor, si no lo miramos —dijo Warton-, las cosas le salen bien esta vez. —Procuraré no mirarlo —dijo Morton. Neville quitó la mesa rápidamente y llenó el fregadero de platos y agua con espuma. Warton veía cómo su hermano aguardaba que se produjera el sonido característico de la loza cuando se rompe. Pero dicho sonido no se oyó y enseguida un montón de platos relu- cientes reposaban sobre el aparador. —Parece que mi temor era infundado —dijo Morton, y suspiró aliviado. —Así es —dijo Warton—. Y eso me recuerda que será mejor que devuelva al abuelo su reloj-brújula antes de que comience a preocuparse. Warton miró a su alrededor. —Morton, ¿lo has cambiado de sitio? —No, lo he dejado exactamente donde 17.
estaba —contestó Morton-. Encima de la mesa. —Pues ya no está ahí —dijo War- ton—. Y si yo no lo he movido de su si- tio y tú tampoco, ¿dónde ha ido a pa- rar? Los dos sapos se miraron. Volviendo la vista hacia la pila, advirtieron cómo Neville sacaba un objeto dorado del agua jabonosa. —¡El reloj-brújula! —gritaron los dos * sapos, saltando de sus asientos. —¿Esto? —Neville levantó la vista. —Es la cosa más preciada de nuestro abuelo -dijo Warton. —Y se la has estropeado —añadió Morton. —He vuelto a meter la pata —y el rostro del ratón se entristeció. —Tal vez si lo ponemos a secar sobre la estufa... —dijo Warton al comprender que Neville estaba muy preocupado. Morton negó con la cabeza. -Está demasiado caliente. Un instru- mento tan delicado como éste necesita un calor suave para secarse. —¿Bastaría con los rayos del sol si lo ponemos sobre una roca lisa? —pre- guntó Neville. 18 -No es mala idea. Podría resultar —Morton abrió los ojos de par en par. —Intentémoslo —dijo Warton. —De acuerdo —dijo Morton-. Me quedaré aquí por si acaso viene el abuelo. No quiero que se preocupe. Warton abrió una puerta que había al lado del fregadero y condujo al ratón • por un largo túnel hasta llegar al bos- que. Una vez allí, Warton y Neville se acercaron a una roca lisa a la que le daba el sol y depositaron cuidadosa- mente el reloj-brújula sobre ella. -Ahora sólo nos queda esperar —dijo Warton. Aunque aún quedaba nieve del in- vierno, el tiempo, en aquel día de co- mienzos de la primavera, era muy agra- dable. Warton y Neville se sentaron sobre una capa de musgo. Éste estaba muy blando y los rayos del sol produ- cían un efecto confortador. A Warton enseguida comenzaron a pesarle los párpados. Finalmente, el sapo cerró los ojos y se puso a escuchar los sonidos del bosque: el graznido de un cuervo, el zumbido de una abeja, el susurro de los pinos. Cuando el sapo oyó al cuervo de 19.
nuevo, supo que el pájaro debía de es- tar cerca por el crujido de sus plumas. Entonces oyó el golpe seco de un cuerpo duro al golpear un metal. Con el ruido abrió los ojos bruscamente. Lo que vio le hizo enderezarse rápida- mente: un gran cuervo negro se había posado sobre la roca lisa y miraba el reloj-brújula con interés. —¡No! —exclamó Warton. Warton y Neville corrieron precipita- damente hacia el cuervo. Antes de que hubieran recorrido la mitad del camino que los separaba del ave, ésta levantó el vuelo llevando el reloj-brújula sujeto entre las garras. Con un potente graz- nido, el cuervo desapareció entre la ar- boleda. —¡Pobre abuelito Arbule! —fue lo único que se le ocurrió decir a Warton. —¡Ojalá no hubiera fregado los platos! —suspiró Neville. —¡Ojalá le hubiera llevado anoche al abuelo su reloj-brújula! —dijo Warton. Lentamente se pusieron en camino hacia la casa de los sapos. Al final del • túnel, Warton oyó la voz familiar del abuelo Arbule detrás de la puerta. Con 20 verdadero pánico cruzó el umbral de la puerta. —¡Vaya! —dijo el viejo sapo, sentado a la mesa de la cocina-. Aquí llega Warton, y viene acompañado por un ra- tón de campo. -Este es Neville -dijo Warton-. Anoche tuvo un accidente y se cayó a nuestro sótano. —A todos nos ocurren accidentes —dijo el abuelo Arbule. -Lo sé —dijo Neville-. Y también fue un accidente el que se me ocurriera lavar su reloj-brújula esta mañana. Warton tragó saliva. El sapo no espe- raba que el tema hubiera salido tan pronto. -Así que ésa es la razón por la que estáis tan abatidos —dijo el abuelo Ar- bule—. Bueno, no os preocupéis, ese maravilloso reloj-brújula es sumergible. Por eso le tengo tanto aprecio. No le pa- sará nada. —Pero... hay algo más —carraspeó Warton. —¿Qué es? ¿A qué te refieres? —el abuelo se inquietó un poco. —Pues que... -dijo Warton, que no podía sentirse peor- un cuervo se ha 21.
apoderado de tu reloj-brújula y se ha escapado con él. El abuelo Arbule se puso a temblar. Los temblores comenzaron por los dedos de los pies y fueron subiendo hasta llegar a la cabeza: Al cabo de un rato dejó de temblar y se quedó total- mente inmóvil. Sólo sus mejillas se le hinchaban y deshinchaban. —¿Quieres decir que me he quedado sin mi reloj-brújula? —preguntó el abuelo. Warton asintió con la cabeza. •Morton se dirigió rápidamente a la despensa. Nadie pronunció palabra hasta que éste regresó con un cazo hu- meante. —Es té de regaliz -dijo-. El té más fuerte que existe, justo lo que necesi- tamos en este momento. Después de tomar unos cuantos sorbos, todos se relajaron un poco. —En fin —resopló el abuelo-, al menos espero que ese cuervo se dé cuenta de la maravilla que ha robado. Aunque tal vez los cuervos no sepan cómo averiguar la hora ni dónde está el • Polo Norte. . Y mirando a su alrededor, preguntó: 22 —¿Sabría decirme alguien si los cuervos son inteligentes o no? Nadie respondió. -Sólo sé una cosa —continuó el abuelo-. He notado que en esta época del año todos vuelan diariamente en la misma dirección a la hora del cre- púsculo. —Y por la mañana todos regresan de esa misma dirección -comentó Neville. —De lo que se deduce -dijo Morton mientras servía más té- que los cuervos tienen un lugar determinado donde pasar la noche. El abuelo Arbule se quedó pensativo. -Entonces me da la impresión de que mi reloj-brújula está en ese sitio. —Y yo creo que si alguien siguiera a los cuervos averiguaría dónde está ese lugar -dijo Warton. —Y a mí me parece que incluso po- dríamos recuperar el reloj-brújula —aña- dió Neville. Morton negó con la cabeza: -Creo que es ridículo pensar esas cosas. El lugar donde se reúnen los cuervos podría estar en una zona peli- grosa del bosque, y los cuervos, de los 23.
que no sabemos nada, podrían ser más peligrosos de lo que creemos. -Morton tiene razón. La idea es ab- surda —y el abuelo asintió con la ca- beza. Warton y Neville también asintieron. Entonces el abuelo se levantó. —Ahora debo marcharme —les dijo. —Yo ya debería haberme marchado —dijo Neville. Todos se fueron despidiendo y los dos hermanos sapos se quedaron solos de nuevo. —Morton, ¿haces el favor de prepa- rarme bocadillos suficientes para un viaje? —preguntó Warton. -Naturalmente —contestó Morton, y se dirigió a la panera. Estaba abriendo la tapa cuando una expresión de terror se apoderó de su rostro-. ¿Un viaje? —y volviendo apresuradamente a donde estaba su hermano, añadió-: Warton, no estarás pensando en... —Pues sí —dijo Warton-. Voy a ver si encuentro el lugar adonde acuden todos los cuervos por la noche. —Pero Warton... Morton no terminó la frase. Advirtió por la expresión de su hermano que su 24.
propósito era firme. Dando un gran sus- piro, Morton regresó a la panera. Warton fue derecho a su habitación. Se puso rápidamenté sus gastadas botas de montaña, su gruesa camisa a cuadros y sus pantalones con rodilleras. Cuando terminó de vestirse, regresó a la cocina. Morton preparó una mochila llena de bocadillos. —Te los he preparado de lo que más te gusta -dijo-: de pan de grillo y pulgón picado. —Gracias —dijo Warton-. Si tengo suerte, volveré pronto. —Y si no la tienes —dijo Morton muy serio—, puede que no vuelvas nunca. Warton se colgó la mochila llena a la espalda, intercambió cariñosas frases de despedida con su hermano y se puso en camino. TAN PRONTO COMO Warton pisó el bosque, dirigió la vista al cielo. —¡Vaya! —exclamó-. No hay ni un solo cuervo a la vista. Pero sé por 26 dónde se pone el sol y tomaré esa direc- ción. Warton avanzaba a buen paso. Le en- cantaba dirigirse a lugares descono- cidos. El sapo tarareaba en voz baja una canción tras otra marchando bajo los altos abetos: Saltaba sobre troncos musgosos y sorteaba ásperos peñascos. Ya era mediodía cuando llegó a una pequeña pradera. Se aseguró de que no había animales peligrosos en las proxi- midades y se puso a cruzarla. En mitad de la pradera había un árbol solitario, un nogal que extendía sus amplias ramas. Al sapo le resultó atrayente la sombra y decidió almorzar allí. Se acercó a una roca lisa rodeada de cás- caras de nuez rotas. Apartó de la roca dos nueces que estaban sin abrir y se sentó. «A las ardillas les debe de encantar vi- vir en este árbol», pensó Warton mien- tras desenvolvía un bocadillo. Vio un trocito de nuez en una de las cáscaras rotas y decidió probarla. El sapo dejó el bocadillo en la roca y se acercó a la cáscara de nuez. En ese mo- mento, una piedra cayó del árbol y se estrelló contra la roca en la que había 27.
estado sentado. Warton dio un grito. Miró hacia atrás y vio su bocadillo to- talmente aplastado por la piedra. Entonces oyó una voz procedente del árbol. —¿Hay alguien ahí abajo? —Sí -respondió Warton-. Y es una suerte que siga con vida. El sapo miró hacia el árbol y sobre una rama alta vio un grajo azul. —¿Qué animal eres? —preguntó el grajo azul. —Si te refieres a si soy una rana o un sapo, te diré que soy un sapo. Me llamo Warton —contestó el sapo, al tiempo que parpadeaba. El grajo azul descendió del árbol y se posó cerca de Warton. —Y yo me llamo Bike —dijo el pá- jaro. Warton se preguntaba por qué el grajo azul no le miraba directamente a la cara, sino que levantaba la cabeza como si estuviera escuchando algo. —Da un salto, Warton —dijo el grajo azul. Warton se quedó perplejo al oír tan extraña petición, pero dio un salto en el aire. 28.
—Efectivamente, ése es el sonido de un sapo saltarín —dijo Bike. De repente, Warton se dio cuenta de que el pájaro no miraba hacia él. —¡Anda, pero si eres ciego! —Así es —respondió el grajo azul-. Ahora entenderás por qué ignoraba que estuvieras aquí abajo cuando tiré la piedra. —Ya entiendo —dijo Warton-. Pero ¿por qué la tiraste? —Es la única forma que conozco de abrir las nueces —dijo Bike-. La ver- dad es que son deliciosas, pero tienen la cáscara muy dura. Warton miró la piedra. Vio que es- taba atada a una liana. —Parece muy pesada —dijo. —Realmente lo es —dijo el grajo azul-. He tenido que hacer mucho ejercicio hasta tener la fuerza suficiente para levantarla. Pero ahora la levan- to con facilidad. Déjame que te lo de- muestre. Warton observó cómo el grajo azul agarraba la liana con el pico. Cuando el ave comenzó a batir las alas, Warton ya •comprobó lo fuerte que era Bike. Al poco rato el pájaro alcanzó una consi- 30 derable altura; se posó sobre una rama, se desplazó un poco a un lado y soltó la piedra. Ésta cayó a gran velocidad y chocó contra la roca de la misma forma que la vez anterior. —¡Qué fuerza tienes! —dijo Warton cuando el pájaro se posó a su lado--. Pero dime, ¿lo único que comes son nueces? —De ninguna manera —respondió Bike. Dicho eso, el pájaro se elevó sobre la pradera. Warton observó cómo pla- neaba de un lado para otro, descendía en picado y describía curvas y lazos. Cuando regresó a donde estaba el sapo traía un bicho en el pico. —Oigo muy bien —dijo el grajo azul—, por eso puedo atrapar cualquier bichejo que haga el más ligero ruido. También me alimento de bayas. —Pero ¿no es peligroso hacer todo eso faltándote la vista? —preguntó Warton. El pájaro negó con la cabeza. —He aprendido a distinguir los so- nidos de todos los animales, y cuando oigo algo sospechoso vuelo hasta mi guarida del árbol. Allí me encuentro to- talmente seguro. En realidad, me siento 31.
tan seguro que mi vida es bastante mo- nótona. —¿Monótona? —preguntó Warton. —Por supuesto que sí —contestó el ave-. Comprenderás que pasarse el día entero sentado en un árbol comiendo nueces no resulta muy emocionante. El. caso es que la semana pasada me en- contraba tan aburrido que decidí dar un paseo por el bosque. Llené una gran mochila con cuerda para ayudarme a encontrar el camino de regreso y me puse en camino. —¿Qué sucedió? —preguntó el sapo. —Pues que fue un paseo muy corto —respondió el grajo azul—. Después de chocar contra diecinueve árboles y tro- pezar con veintisiete piedras, di media vuelta y regresé a casa. —Lamento que la experiencia te sa- liera mal —dijo Warton. _Yo también lo siento —dijo Bike—. Ahora dime, ¿qué te trae por aquí? Warton sacó dos bocadillos de su mo- chila y, mientras se los comía, le ex- plicó al pájaro lo que había sucedido con el reloj-brújula de su abuelo Ar- bule. A Bike le fascinó el relato. 32 —¿Dónde crees que van los cuervos? —preguntó el grajo cuando Warton acabó de hablar. —No lo sé —respondió Warton—. Para averiguarlo, me pondré en marcha ahora mismo. El sapo se levantó., —Adiós, Warton —dijo el pájaro—. Si vuelves a pasar por aquí, por favor, no dejes de detenerte a saludarme —el grajo dio un suspiro y añadió -: Seguro que estaré en casa. —Te prometo que me detendré El sapo se puso en camino. Cuando alcanzó el extremo opuesto de la pra- dera, se adentró en un soto de arbustos de laurei. Las espesas y • retorcidas ramas de los matorrales le impedían avanzar con facilidad. No se sintió ali- viado hasta llegar al final del soto. Cuando salió, se encontró en la cima de un montículo de arena. El sapo oyó un alboroto que venía de la base del montículo. Allí estaba una ardilla furiosa. Le gritaba a alguien que yacía tumbado en el suelo con un cesto de huevos rotos sobre la cabeza. —¡Menuda ayuda tengo contigo! -gri- taba la ardilla a pleno pulmón. 33.
—Pero si sólo trataba de ayudar... —dijo una voz apagada desde debajo de la cesta-. El caerme por el terraplén ha sido un accidente. Neville, el ratón, se incorporó y le- vantó la cesta, que rezumaba el líquido de los huevos rotos. —¡Fijate en la cesta! —chillaba la ar- dilla—. Mi hermana está esperando que le lleve esos huevos. ¿Qué le voy a decir ahora? Neville miró a la ardilla con tristeza mientras le goteaba yema de huevo por las orejas. —Podrías decirle que ya le has batido los huevos antes de entregárselos. Al oír aquello, la ardilla dirigió a Ne- ville una mirada de indignación y le arrebató la cesta. Dio media vuelta y se marchó apresuradamente. Warton descendió, a saltos, del montículo de • arena. —¡Warton! —exclamó el ratón—. ¿Qué haces aquí? -Estoy buscando el lugar donde se reúnen los cuervos —respondió el sapo. —¿Ah, sí? —dijo Neville-. Precisa- • mente, yo también hago lo mismo. Yo tengo la culpa de que se perdiera el re- 34 loj-brújula, por haberlo lavado, y creo que debo hacer todo lo posible por re- cuperarlo. —Es un gesto muy bonito —dijo War- ton—. Pero la verdad es que fue culpa mía. Debería habérselo devuelto al abuelo en cuanto lo encontré. Durante unos instantes el sapo y el ratón se quedaron mirándose. —Lo buscaremos juntos -dijeron a la vez, y se echaron a reír. '-Desde luego, en el caso de que te atrevas a viajar conmigo —añadió Ne- ville. -Me encantaría ir contigo —dijo Warton, ayudando al ratón a ponerse de pie. —¡Mira! ¡Ahora ya sabemos qué ca- mino debemos tomar! —y Warton se- ñaló hacia el cielo mientras Neville se sacudía el polvo. Neville levantó la vista. A gran al- tura, los cuervos habían comenzado a cubrir el cielo de la tarde. Por parejas y tríos, en solitario y. por grupos, todos los cuervos volaban en la misma direc- ción. —Se dirigen hacia Montaña Lisa —dijo Neville. 35.
-Entonces debemos dirigirnos hacia allí —añadió Warton. Inmediatamente; el sapo y el ratón se pusieron en camino hacia Montaña Lisa. Pronto dejaron bien atrás el mon- ticulo de arena y se adentraron en un soto de abedules blancos. Cuando los dos animalitos se encontraban en la profundidad del soto, Warton advirtió que comenzaba a oscurecer. -Pronto tendremos que detenernos para pasar la noche —dijo el sapo. —Ya veo un buen sitio donde nos de- tendremos —dijo Neville. Los dos se encontraban sobre un pe- queño altozano, a poca distancia de un arroyo. —Hay un árbol caído sobre el arroyo. Podemos dormir debajo de sus arran- cadas raíces, y por la mañana utiliza- remos el árbol para cruzar la corriente. -Es un lugar perfecto —coincidió Warton. El sapo y el ratón se aproximaron apresuradamente al árbol, y cuando ya estaban cerca, Warton se detuvo brus- camente. —¡Vaya! Alguien ha llegado aquí antes que nosotros. 36 Warton y Neville distinguieron una columnilla de humo azul que se elevaba por detrás del árbol. —Me pregunto si serán gente pacífica los que han encendido ese fuego —dijo Neville. -Será mejor que tengamos cuidado, por si acaso -dijo Warton. Sin hacer ruido se fueron acercando al árbol caído. Cuando se encontraron lo suficientemente cerca como para oír el crepitar del fuego, se detuvieron. Entonces Warton se dio cuenta de que algo de color naranja brillante se movía detrás del árbol. Después vio un relámpago de color morado. Y luego algo de un color verde intenso. El sapo se quedó boquiabierto. —¿De qué se trata? —preguntó Nevi- lle-. ¿Tan horrible es? Antes de que Warton pudiera respon- der, alguien salió de detrás del árbol —¡Abuelo Arbule! —exclamó War- ton-. ¡Pero si eres tú! —Naturalmente que soy yo —dijo el viejo sapo, que iba vestido con caza- dora naranja, pantalones morados y botas verdes de goma-. ¿Acaso no me reconoces con mi traje de explorador? 37.
—Claro que sí —dijo Warton—. Pero me sorprende verte aquí. -Pues no deberías sorprenderte —re- funfuñó el viejo sapo-. Por el hecho de ser viejo no voy a permitir que un cuervo maleducado se escape con lo que más quiero, ¿no? Warton negó con la cabeza. El abuelito Arbule se volvió hacia Ne- ville. —Y que padezca algo de reúma no es motivo para no ir en busca de mi reloj- brújula, ¿verdad? Neville negó también con la cabeza. —Por supuesto que no —dijo el abuelo, y un centelleo le iluminó los ojos-. Y como lo más probable es que vosotros dos estéis aquí por la misma razón que yo, me parece que debería pescar unos cuantos pececillos más de los que había pensado para la cena. —Yo ya tengo cena —dijo Warton. —En ese caso -añadió el abuelo Ar- bule agarrando su caña de pescar-, sólo cogeré peces para Neville y para mí. —Te acompañaré para ayudarte -dijo Neville. Mientras Neville seguía al abuelo Ar- 38 bule hasta el arroyo, Warton buscó más leña para el fuego. Cuando iuvo suli- ciente leña, rodó un tronco hasta un lu- gar próximo a las llamas para que les sirviera de asiento. El sapo iba a sen- tarse para probarlo cuando oyó un grito procedente del arroyo. Warton corrió apresuradamente hasta la corriente. Allí encontró a su abuelo sentado al borde del agua con una expresión de in- tenso dolor en el rostro. Neville estaba a su lado. —¿Qué ha pasado? —preguntó Warton. —¡Oh, Warton! —dijo Neville-. Ha sido culpa mía. Yo estaba al lado del abuelo mientras él pescaba desde una roca. Me incliné a atarme el cordón del zapato, le empujé sin darme cuenta y se cayó al agua. El nadó hasta la orilla, y cuando estaba secándose las botas pisó unos anzuelos de pescar que se me ha- bían caído en la arena. Por eso se ha puesto a gritar. Neville miró a Warton y dijo con lá- grimas en los ojos. —Nada de lo que hago sale nunca bien. Después, el ratón se dio media vuelta, 39.
con su rabo de cuerda a rastras, y fue hacia la hoguera. El abuelo Arbule tardó un buen rato hasta sacarse todos los anzuelos de la planta de los pies. Cuando lo consiguió, Warton le ayudó a regresar, cojeando, hasta el árbol caído. Allí estaba Neville sentado en el tronco, al lado del fuego, con aire abatido. -Puesto que no hemos pescado nada —dijo Warton—, nos comeremos algunos de los deliciosos bocadillos que me pre- paró Morton. El sapo abrió su mochila y repartió los bocadillos. Los tres comieron rápida y silenciosamente. Cuando acabaron, el abuelo Arbule bostezó y dijo: —Mañana tenemos que escalar una montaña alta, así es que me voy a acos- tar temprano. Y deseando buenas noches a sus com- pañeros de viaje, se tumbó en el suelo. Warton se volvió hacia el ratón, que parecía estar sumido en profundas re- flexiones. —¿Me ayudas a coger agua del arroyo para apagar la hoguera? -No -contestó el ratón. 40 Warton apenas podía creer lo que ha- bía oído. —Lo siento, Warton —añadió el ra- tón—. Pero, si te ayudo, lo único que con- seguiré será provocar otro accidente. Po- drías ahogarte o algo así. Neville dio un profundo respiro y si- guió diciendo: —He llegado a la conclusión de que lo mejor es no hacer nada. De ahora en adelante, nunca más ayudaré a nadie. Buenas noches, Warton. Dicho esto, el ratón se echó a dormir. Mientras Warton iba por el agua, pensaba en Neville. «Tal vez por la ma- nana cambie de opinión», pensó mien- tras echaba agua sobre los rescoldos humeantes. Luego, el sapo también se acostó. •A la mañana siguiente, cuando War- ton se despertó, su olfato detectó un aroma muy agradable. El sapo se incor- poró y miró a la fogata en la que el abuelo Arbule freía, con cara de satis- facción, unos pececillos recién pescados. —Me levanté temprano y fui a pescar algo —dijo el viejo sapo mientras War- ton y Neville se reunían con él—. Como podéis ver, he tenido suerte. 41.
Y volviéndose a Neville, añadió: -¿Quieres ir pasando estos apeti- tosos manjares? —No -replicó Neville. El abuelo Arbule se quedó atónito. Warton advirtió el gesto de asombro de su abuelo y le susurró: —Neville teme que, si nos ayuda; causará más accidentes. -¡Oh! —gruñó el abuelo Arbule-. Bueno, es normal. Warton deseó que Neville no hubiese oído el comentario de su abuelo. Tan pronto como acabaron de de- sayunar, los sapos y el ratón se pusie- ron en camino. Cruzaron el arroyo y al cabo de un rato llegaron al pie de Mon- taña Lisa. Ante ellos se alzaba un escar- pado sendero zigzagueante, atravesado por surcos hechos por las lluvias y jalo- nado por abundantes piedras. -Parece que se elevara hasta el cielo —dijo Warton. Con el abuelo Arbule abriendo la- marcha, Warton en medio y Neville en último lugar, los tres empezaron a as- cender la montaña. Según subían, nota- ban en los pies que la tierra se iba ca- lentando. No soplaba la menor ráfaga 42.
de aire que los refrescase. Estuvieron escalando durante toda la mañana y buena parte de la tarde, hasta que co- menzó a atardecer. —Mirad —dijo el abuelo Arbule, y se- ñaló hacia el cielo—. Los cuervos están regresando a su lugar de descanso. Al principio sólo vieron un cuervo, pero pronto aparecieron más. Surgían por todas partes y al poco rato llenaron el firmamento. Todos los pájaros se di- rigían hacia el mismo lugar, situado en alguna parte más allá de la cima de la montaña. Siguieron ascendiendo. Fueron su- biendo más y más, hasta que de pronto pareció que fueran a encontrarse con el rojo sol crepuscular. La arena, las piedras y los árboles achaparrados adquirían el color rosáceo del ocaso. Warton, el abuelo y Neville rebasaron un áspero saliente y, por fin, alcanzaron la cima de Montaña Lisa. 44 MONTANA LISA HACÍA HONOR a su nombre. Su cima era un terreno llano en el que sólo había hierbas parduscas, matorrales dispersos y un círculo de ár- boles situado a cierta distancia. Lo primero que vio Warton fue unos cuantos cuervos desperdigados por la hierba. Pero al mirar hacia el círculo de árboles se quedó boquiabierto. Los altos árboles estaban completamente llenos de cuervos. Todas las ramas se doblaban por el peso de los grandes pájaros negros. Hasta el espacio que rodeaba los árboles estaba lleno de cuervos. —Nunca había visto tantos cuervos juntos —comentó Neville. —¿Y cómo vamos a localizar al que se llevó el reloj-brújula? —preguntó Warton. —Sólo hay una manera —dijo el abuelo Arbule-. Alguien debe aventu- rarse a entrar allí y hablar con ellos. Y ese alguien debo ser yo. —Pero yo lavé el reloj-brújula —dijo Neville-. Debo ir yo. —Y si yo lo hubiera devuelto cuando acabamos de jugar al dominó —dijo Warton—, nadie lo habría lavado. Por eso debo ir yo. 45.
Los sapos y el ratón se miraron mu- tuamente. Sin mediar más palabras, los tres se dirigieron hacia la arboleda. Según avanzaban, Warton se extrañó al ver un gran número de pequeños caparazones de tortuga diseminados por la hierba. Llegaron al círculo de árboles. War- ton se sintió incómodo al adentrarse en el sombreado lugar. Levantó la vista y pensó que todos los cuervos del mundo habían acudido a Montaña Lisa. El es- truendo que armaban los pájaros era tan tremendo que les era imposible oírse al hablar. El abuelo Arbule señaló hacia un pequeño claro ý los tres co- rrieron hacia allí. El claro estaba situado en medio de la arboleda, como si fuera el agujero de una rosquilla. Cuando los sapos y el ra- tón llegaron al claro, presenciaron un espectáculo extraño. Cuatro cuervos es- taban posados en el claro, todos eran fuertes y de brillante plumaje. En la hierba que los rodeaba y en las ramas de los árboles que rodeaban el claro ha- bía centenares y centenares de bara- tijas, chucherías y los más extraños ar- tilugios. Bajo las últimas luces del día, 46 su brillante resplandor daba al claro un aspecto imponente. Warton miró a su alrededor con los ojos como platos. Vio hebillas y bo- tones, pedazos de metal y vidrio, pul- seras y llaves, tachuelas y calzadores, plumas estilográficas y anillos. —Así que aquí es donde los cuervos traen los objetos que roban -dijo. -Y por aquí estará mi reloj-brújula —dijo el abuelo Arbule. Se acercó sin titubear hasta el cuervo más grande que había en el claro. —Oye -dijo—, tengo que hacerte una pregunta. El gran pájaro enderezó la cabeza y se quedó mirando fijamente al abuelo Arbule. —¿Sabes con quién estás hablando? —preguntó con desprecio. —Por supuesto que no —gruñó el abuelo. —Pues soy Woobit, jefe de todos los cuervos del Norte. Y estos tres son Moc, jefe del Este; Sogle, jefe del Sur, y Zoof, jefe del Oeste. Vamos a ver, ¿qué asunto trae por aquí a dos sapos y a un ratón? 47.
—Estamos buscando al cuervo que me . robó mi reloj-brújula —dijo el abuelo. —¿Y por qué lo buscas? —preguntó Woobit del Norte con voz áspera. -Pues porque quiero recuperarlo —contestó el abuelo. —Es una pena —dijo el cuervo-, pe- ro eso no es posible. El abuelo Arbule se puso tenso. —Pero el reloj-brújula no es de ese cuervo —dijo. —Es cierto —dijo el cuervo-. No pertenece a ningún cuervo, pertenece a todos los cuervos. Warton, el abuelo Arbule y Neville es- taban confundidos. —Ya veo que no comprendéis las cos- tumbres de los cuervos —dijo Woobit del Norte-. Os las explicaré: en otoño, todos los cuervos del bosque se reúnen aquí para pasar el invierno. A diario partimos hacia distintos lugares en busca de alimento. Si alguno de noso- tros encuentra algo bonito y brillante, también lo trae aquí. Y a partir de en- tonces pertenece a todos los cuervos, para que disfruten con ello durante los oscuros días del invierno... hasta la lle- gada de las competiciones. 48 n.
—¿Las competiciones? —preguntó Warton. —Sí -dijo Woobit del Norte-: Cuando termina el invierno, el último día que es-. tamos aquí, cada cuervo elige el objeto que más le gusta, para llevárselo durante el verano. Si a más de un cuervo se le antoja el mismo objeto, celebramos una competición para decidir quién se lo queda. A lo largo de todo el día se desa- rrollan varias docenas de competiciones simultáneamente. —¿Qué tipo de competiciones son? —preguntó Neville. —De las más apasionantes que existen —respondió Zoof del Oeste-: «Competi- ciones de caída libre de caparazones de tortuga». —Los cuervos que desean el mismo objeto se elevan a gran altura —inter- • vino Sogle del Sur-. Entonces se deja caer un pequeño caparazón de tortuga, y el cuervo que lo atrapa es el ganador. Pero eso no es fácil de conseguir, ya que los caparazones de tortuga giran repen- tinamente en el aire y caen en cual- quier dirección. —Pero yo no puedo participar en una 50 competición en la que sea necesario vo- lar -dijo el abuelo Arbule. —Incluso aunque supieras volar, no podrías participar en ninguna competi- ción —y Moc del Este se echó a reír—-. Son sólo para cuervos. Así que no hay forma de que puedas recuperar tu... tu... como quiera que se llame. —Se llama reloj-brújula —dijo el abuelo Arbule enfadado-. ¿Ninguno de vosotros sabe ni siquiera lo que es? Los cuatro cuervos negaron con la ca- beza. En aquel momento Warton localizó un reloj que había sobre la hierba y lo cogió. —Se parece a éste, pero también es brújula y está más brillante —dijo. —¿Más brillante? —preguntó Zoof del Oeste. —Sí -dijo Warton, frotando el reloj en la manga de la camisa hasta sacarle más brillo-. ¿Lo veis? Así está el reloj- brújula del abuelo Arbule, aunque bri- lla aún mucho más, pues él utiliza polvo de bejín y rocío matutino para sacarle brillo. Una vez que Warton dejó el reloj en el 51.
suelo, los cuervos se reunieron en círculo y se pusieron a conversar en voz baja. —Bien, la cosa está clara —dijo el abuelo Arbule-. Los cuervos son muy torpes. Ni siquiera saben cómo se saca brillo a un objeto. —¿Qué debemos hacer ahora? —pre- guntó Neville. —Me temo que no podemos hacer nada excepto regresar a casa —contestó el abuelo. Los dos sapos y el ratón dieron media vuelta y se pusieron en camino. —¡Deteneos! -sonó la voz ronca de Woobit del Norte-. ¿Adónde creéis que vais? -Nos vamos a casa —replicó el abuelo Arbule. Los cuatro cuervos se abalanzaron hacia ellos y los rodearon. —Vosotros no vais a ninguna parte! —ordenó Moc del Este. -¿Qué quieres decir? —preguntó el abuelo Arbule. —Que os quedaréis aquí durante al- gún tiempo —contestó el cuervo. —Pero, ¿por qué? —preguntó War- ton—. ¿Para qué queréis que nos que- demos aquí? 52 Moc miró fijamente a Warton. —¿Es que no lo has adivinado? Pues para sacar brillo a todo. Ahora que sa- bemos que el brillo embellece un ob- jeto, queremos sacar brillo a todas nuestras cosas. Y como nuestras garras son demasiado torpes para esa tarea, queremos que la realicéis vosotros. *-Así es que durante los dos próximos días —dijo Zoof del Oeste- vais a sacar brillo a todas nuestras cosas. Así esta- rán preciosas para la celebración de las competiciones. Antes de que los aturdidos sapos y el ratón pudieran replicar, Moc dio un fuerte graznido y tres fornidos cuervos salieron de los árboles. —¡Lleváoslos y vigiladlos! —ordenó el jefe de los cuervos. Los tres cuervos guardianes agarra- ron al abuelo Arbule, a Warton y a Ne- ville y levantaron el vuelo. Los pájaros sobrevolaron el círculo de árboles y ate- rizaron junto a un tronco hueco que estaba tendido en un campo de hierba pardusca. -¡Entrad ahí! —ordenó uno de los cuervos guardianes. Los sapos y el ratón se metieron en el 53.
• tronco y se sentaron sobre un lecho de madera desmenuzada. -Esos cuervos son unos descarados —dijo Warton-. Además de apoderarse de cosas que no son suyas, quieren que otros hagan su trabajo. —¡En fin! —gruñó el abuelo Arbule-, ¿qué puede esperarse de unas criaturas que tienen nombres como Woobit y So- gle? —Menos mal que sólo estaremos dos días —dijo Neville. —Desde luego que sí —añadió War- ton, y abrió su mochila y repartió los últimos bocadillos que le había prepa- rado Morton. Cuando terminaron de comer, Warton se recostó contra el tronco podrido. El abuelo Arbule se quitó las gafas y se tumbó, y Neville se enroscó como una bolita. La noche se asentó en Montaña Lisa, mientras los fatigados cautivos conciliaban el sueño. A la mañana siguiente, Warton se despertó con el ruido de unos golpecitos secos. Esperaba que todo hubiera sido un sueño, y que Morton estuviera gol- peando una cuchara contra la cama, porque se le habían pegado las sábanas. 54 Cuando abrió los ojos, vio que estaba en el interior de un tronco hueco y que un cuervo lo miraba desde fuera. -¡Salid de ahí! —ordenó el cuervo. Tan pronto como los sapos y el ratón salieron al exterior, los cuervos guar- dianes los agarraron y se los llevaron volando hasta el pequeño claro que ha- bía en el interior del círculo de árboles. Warton tenía que entornar los ojos para mirar a su alrededor. Bajo el bri- llante sol matinal los objetos que había sobre la hierba y en las ramas de los ár- boles parecían moverse, debido a los destellos que producían. Tardó un buen rato hasta acostumbrarse al resplandor. Entonces advirtió que aquel lugar es- taba muy silencioso. —¡Todos los cuervos se han mar- chado! —dijo. —Por supuesto que se han marchado -comentó uno de los cuervos guar- dianes—.Y esperan que, cuando regre- sen esta noche, todos estos bonitos ob- jetos estén todavía más bonitos. ¡Manos a la obra! El cuervo cogió una bolsa y vació todos los bejines que contenía. 55.
—Los hemos recogido esta mañana mientras dormíais —dijo el cuervo. Warton, el abuelo Arbule y Neville rompieron la cáscara fina y quebradiza de tres bejines. Mezclaron parte de su polvillo amarillo con rocio y comenza- ron a sacar brillo. Se pasaron toda la mañana traba- jando. Abrillantaron hebillas de cintu- rón y cucharillas de té, agujas y alfi- leres, bisagras y clipes. Se dieron prisa en realizar su tarea, pero cuando al me- diodía miraron a su alrededor, parecía que les quedaba tanto trabajo por hacer como antes de empezar. -En dos días no podemos terminar todo —dijo Warton. -Es una tarea imposible de realizar —dijo Neville. El abuelo Arbule se limitó a gruñir. Hacia la caída de la tarde, los cuervos comenzaron a acudir al círculo de ár- boles. —Ya es suficiente —dijo uno de los cuervos guardianes. • Y otra vez trasladaron a Warton, Ne- ville y el abuelo Arbule hasta el tronco • hueco. -Entrad —les ordenó uno de los 56.
guardias—. Y dormid mucho, de forma que mañana podáis trabajar más que hoy. —¿Es que no vamos a cenar? —dijo Warton. —¿Cenar? —dijo el cuervo. —Por supuesto —dijo el abuelo Ar- bule-. ¿Acaso piensas que no necesi- tamos comer? El cuervo pareció perplejo. —Tengo que hablar con nuestros jefes —dijo, y se fue volando. Minutos después estaba de vuelta. Le acompañaba Woobit, jefe del Norte. Woobit llevaba un saco. —Aquí tenéis vuestra cena —dijo Woobit—. Y os prometo que no volve- remos a olvidarnos de daros de comer... nunca jamás. A Warton le sorprendió la forma en que Woobit dijo «nunca jamás». —¿A qué te refieres? —preguntó el sapo. —Bien —replicó el cuervo-, parece que no podréis sacar brillo a todas nuestras cosas antes de la celebración de las competiciones. •-Para terminar todo, tardaríamos el verano entero —gruñó el abuelo Arbule. 58 -Tienes razón -dijo el cuervo-. Y entonces ya será invierno y habrán lle- gado muchas cosas más. Verdadera- mente se trata de una tarea intermi- nable. Warton estaba temiendo lo que el cuervo iba a decir a continuación. —Por lo tanto -dijo Woobit del Norte-, hemos decidido que os quedéis aquí para siempre. Los sapos y el ratón se quedaron bo- quiabiertos. —No será tan malo -dijo el cuervo-. Os pasaréis el día abrillantando objetos. „Nosotros, a cambio, os alimentaremos y os permitiremos vivir en este bonito tronco —el cuervo estiró las alas y aña- dió: Y ahora ya podéis comer. Dicho esto, levantó el vuelo. Warton y los otros se quedaron sin habla mien- tras observaban cómo se alejaba el cuervo. —¡Entrad! —ordenó el guardián. Warton recogió la bolsa y los tres se metieron en el tronco. Cansados y aba- tidos, se sentaron en el podrido suelo. —Vamos a convertirnos en esclavos —dijo Neville. 59.
—Nos dedicaremos a abrillantar ob- jetos... —dijo el abuelo Arbule. —Durante el resto de nuestra vida —añadió Warton. Lentamente, el abuelo Arbule abrió el saco. —Y mirad esto —gruñó-: Brotes de sauce y granos de mijo seco. ¡Menuda comida para el resto de nuestras vidas! ¡Comida de pájaro! Durante un rato los tres prisioneros permanecieron sentados y en silencio. Después, Warton miró al abuelo Arbule, el abuelo miró a Neville. y el ratón miró a Warton. Y los tres susurraron al uní- sono: —¡Debemos escapar! —Sí, pero ¿cómo vamos a lograrlo? —preguntó Warton. -No lo sé —contestó el abuelo. —Ni yo tampoco -dijo Neville. Los tres se quedaron callados de nuevo. —Me pregunto si los cuervos verán bien en la oscuridad —comentó después el abuelo. -Nunca he visto a ninguno volando de noche —dijo Neville. 60 —Tal vez podamos escapar de noche —dijo Warton. -Y cuanto antes lo intentemos, me- jor -dijo el abuelo Arbule. -Estoy de acuerdo —añadió Nevi- lle-. Ya he abrillantado bastante. —Huyamos esta noche —sugirió War- ton. —Me parece muy bien —dijo el abuelo Arbule-. Esperaremos hasta que sea muy tarde, y entonces nos escaparemos. Warton y Neville asintieron con la ca- beza. Después de que los sapos y el ratón comieron la comida de pájaro que pu- dieron, se turnaron en echar unas cabe- zadas mientras aguardaban la llegada de las altas horas de la madrugada. Warton y Neville estaban profunda- mente dormidos cuando el abuelo Ar- bule los despertó. —Despertad —dijo el viejo sapo en voz baja—. Uno de los guardianes se ha quedado dormido, y los otros dos están tan ocupados contándose historias, que no se acuerdan de nosotros. Rápidamente, Warton y Neville se pusieron de pie. Los tres miraron por un extremo del tronco. Vieron al cuervo 61.
que dormía y, más allá, a los otros dos cuervos guardianes conversando distraí- damente. Los cautivos se dirigieron al extremo opuesto del tronco. Esperaron unos segundos y salieron cautelosa- mente bajo el cielo salpicado de estre- llas. De puntillas, comenzaron a atrave- sar el campo de hierba pardusca. Casi inmediatamente, un fuerte graz- nido recorrió el aire de la noche. A Warton le dio un vuelco el corazón. —¡Oh, no! -exclamó-. ¡Nos han visto! —Si habíamos llegado a la conclusión de que los cuervos no ven de noche... —dijo Neville. —Pues parece que nos hemos equivo- cado -dijo el abuelo Arbule-. ¡Corred! Warton corrió como nunca había co- rrido anteriormente. Oyó más graznidos surcar los aires, y luego más. El ruido de miles de cuervos que graznaban si- multáneamente se hizo cada vez más fuerte. Los furiosos pájaros se aproxi- maban cada vez más. Pronto los graz- nidos zumbaban encima de las cabezas • de los fugitivos. Warton levantó la vista y comprobó horrorizado que el cielo es- • taba tan cubierto de cuervos que no se distinguían las estrellas. El ruido que 62.
hacían las aves al sacudir las alas le hizo volver a mirar hacia el suelo. Se asustó todavía más. No veía al abuelo Arbule ni a Neville por ninguna parte. De pronto, oyó cerca de él una voz que le era familiar. —¡Déjame en el suelo, estúpido paja- rraco! ¡Vete tú a sacar brillo! A Warton se le aceleró el corazón. —¡Es el abuelo Arbule! Luego oyó otra voz, desde una direc- ción distinta. —¡Eh, déjame! ¡Suéltame la cola! «¡Oh, no! —pensó Warton—. ¡Ahora han cogido a Neville!» Warton quiso ir en su ayuda, pero sabía que cualquier intento por soco- rrerlos sería un fracaso. De modo que hizo la única cosa que podía hacer: co- rrer, correr y correr. Esperaba que unas alas negras caye- ran sobre él en cualquier momento, in- terrumpiendo así su frenética huida. Pero tuvo la suerte de que ningún cuervo lo descubriera. Con gran sor- presa, pronto advirtió que se encon- traba al borde mismo de Montaña Lisa. El sapo saltó por la ladera y cayó dando tumbos. Al final chocó contra 64 dos rocas lisas que formaban una espe- cie de cueva. Warton se agazapó bajo las rocas, mientras escuchaba el graznido de los cuervos sobre su cabeza. Al cabo de un buen rato los pájaros se alejaron. —Ahora —dijo Warton—, pensaré en cómo ayudar a escapar al abuelo Ar- bule y a Neville. El sapo repitió esto una y otra vez, hasta que se quedó dormido. Warton tuvo varios sueños. Soñó que el abuelo Arbule y Neville se pasaban el resto de sus vidas sacando brillo. Sonó con nubes de cuervos que llenaban el cielo al atardecer. Y también soñó con el reloj-brújula de su abuelo y con el grajo azul ciego que se alojaba en un nogal. De repente se incorporó, completa- mente despierto. Al mirar fijamente a las tinieblas, sus ojos comenzaron a parpadear. Era algo que hacía siempre que pensaba intensamente. Estuvo par- padeando furiosamente durante un rato, y de pronto dejó de hacerlo. —¡Eso es! —y levantándose de un salto, salió de debajo de la roca y vio que todavía estaba oscuro-. Si quiero 65.
que mi plan resulte, no puedo esperar a que amanezca. Y con paso decidido emprendió el viaje en medio de la noche. WARTON VOLVIÓ AL PIE de Montaña Lisa, y luego hasta el pequeño arroyo que corría por el soto de los abedules blancos. Para entonces, la oscuridad ha- bía dejado paso ya a la tenue luz azu- lada del amanecer. Warton se detuvo ante la hoguera junto a la que se ha- bían sentado hacía sólo unas noches. —Bien —dijo el sapo-, hay de sobra para lo que necesito. Y siguió su camino. Se abrió paso a través de los espesos matorrales de lau- rel y alcanzó con la vista el solitario no- gal que se alzaba en medio de la pe- queña pradera. Entonces oyó el ruido de una roca al chocar contra otra. «Parece que Bike está desayunando», se dijo en voz baja. El sapo corrió hasta el árbol y encon- tró al grajo azul comiéndose una nuez. 66 -¡Bike! —exclamó. ¡Soy yo, War- ton! Bike estiró la cabeza. —Warton, ¿qué te trae por aquí? -preguntó. —Mi abuelo y un ratón amigo mío se han metido en un buen lío -contestó Warton, y a continuación le explicó a Bike lo que habían hecho los cuervos. -Eso es terrible —dijo Bike-. Pero ¿por qué has venido aquí? —Pues porque tú puedes ayudarme —dijo Warton-. Pero el plan que he pensado es peligroso, y si no quieres participar en él lo comprenderé. Bike se sorprendió. —Warton, ¿acaso no sabes que para alguien que se pasa todo el día sentado en un árbol comiendo nueces, un poco de peligro le resulta muy tentador? Cuéntame tu plan. —Bien —dijo Warton—, me he acor- dado de tu gran mochila y de lo fuerte que eres. Y se me ha ocurrido que tú podrías volar entre los cuervos, con- migo dentro de la mochila para guiarte. Entonces, cuando los guardianes no es- tén vigilando, el abuelo Arbule y Nevi- 67.
lle se meten a hurtadillas en la mochi- la, conmigo, y huimos volando. —Eso es fácil para mí —dijo Bike-. Pero te olvidas de una cosa. Ten en cuenta que un grajo azul se distingue entre los cuervos. -También tengo la forma de reme- diar eso —dijo Warton-. Te disfraza- remos para que parezcas un cuervo. —¿Disfrazarme? —preguntó el grajo, sorprendido. -Sí —contestó Warton—. Y estoy se- guro de que dará resultado. —¿Disfrazarme? —preguntó Bike de nuevo-. ¿Volar entre miles de asque- rosos cuervos? ¿Llevar dos sapos y un ra- tón en una mochila? Eso suena a aven- tura muy, muy emocionante. ¡Vamos! El grajo azul voló hasta un agujero del árbol. Cuando apareció de nuevo, llevaba una gran mochila roja a la espalda. El pájaro aterrizó junto a Warton. -Dentro hay unas tijeras. Haremos unos agujeros para mirar desde el inte- rior de la mochila —dijo el pájaro. Warton se metió en la mochila para hacer los agujeros. Cuando los hizo, el • grajo azul levantó el vuelo. Primero tu- vieron que idear una manera de indicar 68 a Bike en qué dirección ir. Descubrie- ron que la mejor forma de comunicarse era dando golpes. Un golpe a la derecha y Bike iba en esa dirección. Un golpe a la izquierda y el grajo iba en esta otra dirección. Dos golpes para subir y tres para bajar. Enseguida Bike empezó a volar tan bien como cualquier pájaro con vista, y surcaba a toda velocidad el cielo por encima de los árboles del bosque. Cuando Warton vio el soto de abedules blancos, hizo señas a Bike de que aterri- zara junto al antiguo fuego de campa- mento. —Ahora —dijo el sapo- ha llegado el momento de disfrazarte. Warton cogió un trozo de carbón y comenzó a frotarlo contra las plumas del pájaro. Al cabo de un rato el grajo azul ya no era azul. Desde la cabeza a la cola el ave lucía un intenso color negro. Warton dio un paso atrás para admi- rar su trabajo. —¡Oh, oh! -exclamó. —¿Qué es lo que pasa? —preguntó Bike. 69.
—Bike —dijo el sapo-, estás hecho todo un cuervo. -Gracias —dijo el grajo azul. Warton dio un salto y se volvió a me- ter en la mochila. El disfrazado grajo azul emprendió el vuelo y se alejaron. Bike volaba incluso a más velocidad que otras veces y, antes de que Warton se diera cuenta, ya estaban sobrevo- lando la cima de Montaña Lisa. —Las competiciones ya deben de ha- ber empezado —dijo el sapo, al ver numerosos grupitos de cuervos que volaban por todo el campo de hierba pardusca. —¿En qué consiste eso? —preguntó Bike: —Pues parece ser —dijo Warton- que los cuervos que están interesados en un mismo objeto lo colocan sobre la hierba. Después se elevan a gran altura, y desde allí tiran un caparazón de tor- tuga tras el que se lanzan en picado. El cuervo que lo atrapa recibe el objeto como premio. -¿Y qué son esos sonidos extraños que oigo? —preguntó Bike. Warton escuchó atentamente y oyó un silbido prolongado. 70 (2).
-Deben: de ser los caparazones de tortuga al caer por el aire. —¡Oh! -exclamó Bike-. ¡Qué diver- tido! Ya habían llegado al círculo de ár- boles y Warton vio el pequeño claro. A diferencia de la primera vez que lo ha- bía visto, cuando sólo estaban allí los cuatro jefes, ahora había muchísimos cuervos. Cada uno trataba de elegir un bonito objeto para llevárselo a su refu- gio veraniego. Warton orientó a Bike para que vo- lara lentamente sobre el claro, mientras buscaba al abuelo Arbule y a Neville. Cada segundo que transcurría Warton estaba más preocupado. De repente ex- clamó: —¡Allí están! Sentados en aquel suelo tan sucio, el viejo sapo y el ratón estaban atareados sacando brillo a los objetos. Warton ad- virtió que las gafas del abuelo estaban rotas, y que a Neville le faltaba la mi- tad de su cola de cuerda. Le hubiera gustado ir directamente hacia ellos, pero aquél no era el momento ade- cuado. Indicó a Bike que aterrizara a cierta distancia de los cautivos. 72 —Tendremos que esperar un rato —dijo Warton-, hasta que pueda co- municarles al abuelo Arbule y a Neville que nos encontramos aquí. —Está bien —dijo Bike-. Mientras tanto, fingiré que soy un cuervo como los demás. Warton estudiaba la situación y Bike comenzó a pavonearse según lo hacen los cuervos. El grajo erguía la cabeza como si estuviera examinando los ob- jetos que había por la hierba. Y de vez en cuando se ponía a emitir extraños graznidos. Mientras Bike se contoneaba, Warton advirtió que los cuervos guardianes no dejaban de mirar al abuelo Arbule y a Neville ni un momento. «Esto no va a resultar fácil», pensó el sapo. De repente, Warton sintió un fuerte golpe que lo tiró de espaldas. Entonces se dio cuenta de que se había olvidado de guiar a Bike. —¡Oh, discúlpame! —oyó decir a Bike—. Me temo que no te he visto. —Bueno, ten más cuidado —dijo el cuervo. 73.
-Lo tendré —dijo Bike-. Seguro que sí. Warton se esforzaba por volver a mi- rar por los agujeros de la mochila. De repente oyó al cuervo hablar de nuevo. —A propósito, ¿no eres muy pequeño para ser un cuervo? Warton tragó saliva. —Es que he estado enfermo —respon- dió Bike sin titubear—. En realidad, éste es el primer año que me he sentido con fuerzas para venir hasta aquí. Gra- cias a las medicinas que llevo en mi mochila. —Ya veo —dijo el cuervo-. ¿Y cómo te llamas? —Bike —replicó el grajo azul-. ¿Y tú? —Woobit, jefe del Norte -respondió el cuervo. —¡Oh, no! —gimió Warton. El sapo se revolvió en la mochila hasta que por fin pudo mirar por los orificios. Se puso muy nervioso porque vio a los cuatro jefes de los cuervos mi- rando fijamente a Bike. -Hay en ti algo extraño, Bike -Woo- bit habló de nuevo—. ¿De qué parte del 74 bosque procedes? Ciertamente no vienes de mi territorio, el Norte. —Ni tampoco del mío, el Sur —dijo Sogle. . —Ni del mío, el Este —comentó Moc. —Y como tampoco eres de mi territo- rio, el Oeste —añadió Zoof—, ¿de qué parte del bosque procedes? El corazón de Warton comenzó a ace- lerarse. -¿Que de qué parte del bosque soy? —preguntó Bike-. Pues soy de... Soy del Bosque Central. —¿Del Bosque Central? -dijeron al unísono los cuatro cuervos jefes. —Sí —dijo Bike-. Todo tiene su cen- tro, ¿no es cierto? —Por supuesto contestó Zoof. —Pues bien, el bosque también lo tiene —añadió Bike-. Y de ahí es de donde vengo. -Si eso es así, ¿puedes decirme por qué nunca me he encontrado con nin- gún otro cuervo de ese lugar? —pre- guntó Moc. Bike permaneció en silencio un rato y luego respondió: —No has visto ningún otro cuervo de allí porque el Bosque Central, el mismí- 75.
simo centro, es un lugar de tamaño muy reducido, como le sucede al centro de todas las cosas, y allí no hay espacio más que para un solo cuervo... que soy yo, ¡el jefe del Bosque Central! Warton contuvo el aliento. —¡Hmmm! -dijo Sogle-. Parece ra- zonable lo que dices. —Yo también lo creo —dijo Woo- bit—. Tienes derecho a estar aquí, Bike, así es que elige lo que desees del inte- rior del círculo de árboles. —¿Que elija lo que desee? —preguntó Bike. —Por supuesto —contestó Sogle-. ¿Acaso no conoces las regias? Durante el invierno, todo lo que hay aquí perte- nece a la comunidad de cuervos; pero el último día, cada cuervo puede reclamar cualquier objeto y llevárselo. —¡Oh! —dijo Bike—, claro que las co- nozco. -Entonces elige algo-—dijo Moc. En el interior de la mochila, Warton se sentía tremendamente nervioso. Sa- bía que si los cuervos llegaban a sospe- char que Bike era ciego, registrarían la mochila inmediatamente. «El caso es que ¿cómo un grajo azul 76.
ciego va a elegir un objeto que no ve?», pensó el sapo. Warton contuvo la respiración. —¿Es que no ves nada que te guste? —Claro que sí —dijo Bike lenta- mente—. Me gustaría..., me gustarían... esos abrillantadores: ¡el viejo sapo y el ratón! Warton se quedó con la boca abierta. —¡Los dos abrillantadores! —excla- maron los cuatro cuervos al unísono. —Sí —dijo Bike—. ¿No me habéis di- cho que eligiera cualquier cosa del inte- rior del círculo de árboles? —Bueno, sí -dijo Sogle. -Pues eso es lo que quiero —añadió Bike. Los cuatro cuervos se miraron en- tre sí. -Pues yo no voy a permitir que este mequetrefe se los lleve —dijo Woobit-. ¡Los reclamo para los cuervos del Norte! —¡Y yo los reclamo para los cuervos del Sur! —dijo Sogle. —¡Y yo también los reclamo! —dijo Moc. —¡Y yo también! —dijo Zoof. —¡Entonces, que se celebre una com- 78 petición entre los cinco jefes! —ordenó Woobit. —¡Vamos al campo de competiciones! -exclamó Zoof. Los guardianes llevaron al abuelo Ar- bule y a Neville hasta dicho campo. Los demás cuervos siguieron a los cuatro jefes y sólo quedaron atrás Bike y su se- creto pasajero. Con expresión de asombro, Warton asomó la cabeza al exterior de la mo- chila. El sapo advirtió que el grajo azul estaba tan sorprendido como él por el re- pentino cambio de los acontecimientos. —Warton —dijo Bike-, cuando tuve que elegir, sólo se me ocurrió pensar en tu abuelo y el amigo ratón. -Era lo único que podías hacer —dijo Warton-. El problema es que ahora las cosas han empeorado mucho. El abuelo Arbule y Neville van a ser los premios de una competición que los cuatro cuervos más poderosos van a procurar ganar. Y no hay nada que po- damos hacer al respecto. Bike asintió con la cabeza: —Las cosas han empeorado, es cierto, pero aún queda algo que podemos hacer. 79.
—¿A qué te refieres? — Warton se quedó perplejo. —Pues ¿qué va a ser? —dijo Bike- Tendré que participar en la competi- ción y atrapar el caparazón de tortuga. Warton se quedó boquiabierto. —¿Atrapar el caparazón tú? —¿Y por qué no? —dijo Bike-. ¿No has oído el sonido que hacen al caer? Pues bien, soy muy bueno atrapando cosas por el ruido que hacen. Y contigo para orientarme, creo que podemos conseguirlo. Warton se quedó sin habla durante algunos segundos. Después, con voz re- suelta, dijo: —De acuerdo, Bike, participemos en esa competición. Tan pronto como Warton se metió de nuevo en la mochila, el grajo azul le- vantó el vuelo y se dirigió hacia el campo de competiciones. SOBREVOLANDO EL CÍRCULO de ár- boles, Warton vio que el campo de hierba pardusca se había convertido en un mar 80 de pájaros negros. Todos los cuervos es- taban allí para presenciar la competición entre sus-jefes. En el centro había un pe- queño espacio abierto. Allí Warton vio el tronco hueco donde hacía poco tiempo había estado prisionero. Ahora el abuelo Arbule y Neville estaban atados a dicho tronco con gruesas cuerdas, para impe- dir que se escaparan durante las emocio- nantes proezas que protagonizarían los competidores. Muy cerca estaban los cuatro jefes de los cuervos. Warton guió a Bike hasta aterrizar en el pequeño claro. -¿Quién es ése? —preguntó un cuervo. —He oído que viene del Bosque Cen- tral —respondió otro cuervo. —¿Y es el jefe? —preguntó el pri- mero. -Debe de serlo -contestó el se- gundo—. Es el único que vive allí. —¡Átención! —exclamó un cuervo con una cinta amarilla liada al cuello—. Como encargado de arrojar el capara- zón de tortuga, declaro que es la hora de iniciar la competición. Entonces cogió un caparazón de tor- tuga y emprendió el vuelo. Los especta- 81.
dores empezaron a gritar cuando los competidores se elevaron tras él. Déntro de la mochila, Warton estaba preocupado. «¿Será posible —se preguntaba— que un grajo azul sea un digno contrincante de cuatro poderosos cuervos?» Al cabo de unos segundos llegó la triste respuesta. El sapo miró hacia arriba y vio cómo los cuervos se habían elevado mucho más que Bike. Entonces uno de los cuervos graznó. —Warton, ¿están los cuervos más altos que nosotros? El sapo apenas tuvo valor para res- ponder. —Me temo que sí. -Entonces debo intentarlo con más fuerza —gruñó Bike. Conforme el grajo azul batía furiosa- mente las alas, Warton apreció su gran potencia. Sabía que Bike la había desa- rrollado tras levantar tantas veces la pesada piedra que utilizaba para abrir las nueces que le servían de alimento. Cuando Warton levantó la vista de nuevo, quedó asombrado al ver que los cuervos estaban ahora muy cerca. 82 —Bike —dijo—, ya estás a la altura de los cuervos. —Bien —resopló el grajo azul. Al ver que los cuervos se ponían a describir pequeños círculos, Warton dio instrucciones a Bike para que hiciera lo mismo. —¡Preparados para descender en pi- cado! —graznó el encargado de arrojar el caparazón de tortuga. Y comenzó a contar—: Uno... Warton sintió cómo Bike sufría un es-. tremecimiento nervioso. -Dos... Warton respiró hondo. -¡Y tres! Y soltó la concha de tortuga. Los cuatro cuervos emitieron po- tentes graznidos y se lanzaron tras el caparazón. Con las alas plegadas, Bike hizo lo mismo. Desde el interior de la mochila Warton no dejaba de mirar. Notó cómo se precipitaban en el vacío y vio que la tierra se aproximaba a una velocidad increíble. Le pareció que se le movía el estómago y que flotaba en su interior, y de repente se sintió bastante raro. Pero, a pesar de la incomodidad que experimentaba, no se atrevió a 83.
apartar los ojos del caparazón de tor- tuga. Observó cómo daba vueltas y gi- raba al describir una curva hacia el suelo. Y también escuchaba el sonido horrible que hacía al surcar el aire. Este sonido indicaba a Bike exacta- mente en qué dirección ir. Cuando Bike comenzaba a acercarse al caparazón de tortuga, Warton notó que también los cuervos se le acerca- ban. Los cinco pájaros estaban tan próximos entre sí que sus plumas se ro- zaban. Fue entonces cuando Moc chocó contra Bike e hizo que se golpeara con- tra Sogle. —¡Mira por dónde vas! —protestó So- gle. Y sacudió su cola contra Bike con tal fuerza que el grajo azul dio un tri- ple salto mortal. Bike empezó a dar vueltas y Warton advirtió cómo el capa- razón de tortuga se hacía cada vez más pequeno. —¡Bike! —exclamó el sapo-. Nos es- tamos rezagando: El grajo azul batió rápidamente sus fuertes alas. La velocidad casi cegó a Warton, pero enseguida se encontraron de nuevo entre los cuatro cuervos. Los grandes pájaros se zarandeaban 84 entre sí ferozmente al perseguir el capa- razón de tortuga. Woobit dio a Zoof tal empellón que le desequilibró el vuelo. Sogle golpeó a Moc, y éste se alejó atur- dido. Warton se alegró de ver que dos cuervos habían abandonado la pugna. Pero entonces advirtió que el caparazón de tortuga estaba justamente delante de Sogle. Horrorizado, . observó cómo el cuervo abría el pico. A Warton sólo se le ocurrió hacer una cosa: cogió las tijeras, que seguían en la mochila, e hizo un agujero. Luego, de un tijeretazo cortó una de las plumas del grajo. «Espero que no le importe a Bike», pensó el sapo. Con un rápido movimiento, Warton sacó la pluma por uno de los agujeros. El sapo alargó la pata hasta llegar a los dedos de Sogle y se puso a hacerle cos- quillas con la pluma. Y cuando el cuervo estaba a punto de atrapar el caparazón de tortuga con el pico, no pudo contener la risa. Sus carcajadas eran tales que el cuervo no veía nada y en lugar de mor- der el caparazón mordió a Woobit. Woobit dio un grito de dolor y salió dis- 85.
parado en otra dirección, mientras So- gle seguía riéndose y se iba volando ha- cia otro lado. Durante todo este tiempo, el capara- zón había seguido bajando y ya se en- contraba peligrosamente cerca del duro suelo. —¡Bike! -exclamó Warton-. ¡Nos queda muy poco tiempo! —Pues agárrate fuerte —dijo Bike. El grajo abrió el pico y lo cerró, pero no pudo retener el caparazón, que si- guió cayendo. —¡Oh, no! —se lamentó Warton—. ¡El pico de Bike es demasiado pequeño para atrapar el caparazón! El sapo se sintió descorazonado mien- tras pensaba que el abuelo Arbule y Ne- ville se pasarían el resto de sus vidas abrillantando objetos. Sin embargo, lo que Bike hizo a continuación lo dejó to- talmente sorprendido. El grajo azul envolvió el caparazón con sus alas y, como si fuese una bola de. plumas, siguió cayendo a más velo- cidad. Warton estaba seguro de que se estrellarían contra el suelo. Pero, en el último momento, Bike abrió las alas, 86 ?.
agarró el caparazón con las garras y sa- lió disparado hacia arriba. —¡Bike! -exclamó Warton-. ¡Lo has conseguido! ¡Has ganado la competi- ción! —¡Lo he logrado! —gritó el grajo azul, y, extendiendo las alas, realizó tres entusiasmados rizos en el aire. Luego aterrizó en el campo de hierba. Poco después los cuatro jefes llegaron junto a él. —Creí, Woobit, que ibas a atrapar el caparazón -dijo Zoof. —Lo habría hecho —replicó Woobit— si Sogle no me hubiera mordido. —No lo he hecho a propósito —dijo • Sogle-; pero, sin saber por qué, de pronto sentí un cosquilleo en el dedo. De repente, se volvió hacia el grajo azul y se le quedó mirando fijamente. —Bike —dijo el cuervo pausada- mente-, ya noté algo raro en tu as- pecto cuando te vi. Ahora sé algo más sobre ti. Warton tragó saliva en el interior de la mochila. —Y es que eres el cuervo más volador de todos los cuervos que he visto en mi vida -añadió Sogle. Warton suspiró aliviado. —Es cierto -continuó Zoot-. Así po- drías ganar cualquier competición. —¿De verdad? —preguntó Bike-. Bueno, en ese caso tal vez participe en otra... Warton le dio a Bike un fuerte co- dazo. —Quiero decir... No, gracias, dadme mis abrillantadores y me iré. —Muy bien -dijo Moc. Y llamando a dos cuervos guardianes, añadió-: Traed aquí a los abrillantadores. Al momento, los guardianes desata- ron las fuertes cuerdas que retenían a los cautivos sujetos al tronco. En el ex- •tremo de sus picos condujeron al viejo sapo y al ratón a donde se encontraban los cuatro cuervos y Bike. —Ahora son tuyos —dijo Woobit-. Me figuro que estás ansioso por llevár- telos a tu refugio de verano, ¿no es así? —Sí, así es, me los voy a llevar a casa —dijo Bike, y con voz áspera añadió-: Vosotros dos, meteos en mi mochila, y tened cuidado de no pisar las medicinas que llevo dentro. Lentamente, el abuelo Arbule, que aún llevaba a rastras la larga cuerda 89.
con la que había estado atado, se enca- ramó a la espalda de Bike. Con mal hu- mor levantó la tapa de la mochila. Cuando vio a Warton acurrucado en la mochila, mirándole, contuvo la respira- ción. Warton le hizo un guiño y el viejo sapo se dio cuenta inmediatamente de lo que estaba sucediendo. Fingió que re- funtuñaba y saltó rápidamente dentro de la mochila. Después le llegó el turno a Neville. Se subió al lomo de Bike, también con la larga cuerda aún sujeta al cuerpo. Dentro de la mochila, Warton tenía ganas de ver la cara de sorpresa de Ne- ville. Entonces se abrió la tapa. Neville miró al interior de la mochila y, en efecto, Warton vio un rostro sorpren- dido: En realidad, el pequeño ratón quedó tan sorprendido al ver al sapo que perdió el equilibrio y se cayó fuera de la mochila con un ruido sordo. Rápi- damente se incorporó, pero, aturdido y un poco desorientado, comenzó a ale- jarse de Bike. —¡Eh! —gritó uno de los guardianes—. ¡Éste no quiere marcharse! —¡Eso ya lo veremos! —dijo el otro 90 guardián, y se acercó a Neville, lo gol- peó con un ala y lo derribó. Neville estaba cada vez más aton- tado. Cuando se levantó, echó a andar en dirección equivocada. Esta vez lo golpeó el otro guardián. Dentro de la mochila, Warton lo pre- senció todo. Estaba tan alarmado por la paliza que estaba recibiendo el ratón que se puso a saltar. —Tengo que traer a Neville aquí in- mediatamente, mientras aún nos quede una oportunidad de huir —dijo. -Espérame —dijo el abuelo Arbule-. Si lo que pretendes es que ese ratón haga las cosas bien, vas a necesitar ayuda. Juntos, los dos sapos saltaron de la mochila. —Bike —dijo Warton-, prepárate para emprender el vuelo al primer aviso. —Estoy listo -dijo Bike. Dando grandes saltos, Warton y el abuelo llegaron al lado de Neville. —¡Eh, mirad! —gritó un guardián—. ¡Ahora hay dos sapos! —¿De dónde ha salido el otro? —pre- guntó el segundo guardián. —¿Es que no lo ves? —exclamó Zoof-. ¡Es el sapo que se escapó! ¡Ahora ha 91.
vuelto para ayudar a huir a sus amigos! —Y ese pájaro debe de estar ayudán- dolos también —gritó Moc-. ¡No es un cuervo! —¡Detenedlos! —chillaron los cuatro jefes—. ¡Detenedlos! Pero Warton y el abuelo ya habían cogido a Neville. Y lo empujaban enér- gicamente hasta donde estaba Bike. Ayudaron al aturdido ratón a montar en el grajo azul. El abuelo Arbule se subió sobre Bike. Entonces le llegó el turno a Warton, y saltó. Justo en el mo- mento de hacerlo, un cuervo guardián desplegó su gran ala, formando como una pared de plumas negras. Warton chocó contra ella y cayó al suelo. Cuando yacía allí tendido, se dio cuenta de que sólo podía hacer una cosa. Y la hizo. —¡Bike! —exclamó. ¡Vuela! ¡Em- prende el vuelo ahora! El grajo azul se elevó inmediata- mente. Batiendo las alas furiosamente, pasó sobre el campo de hierba antes de que la gran masa de cuervos compren- diera lo que estaba sucediendo. Para ellos sólo se trataba de un pequeño 92 cuervo que volaba hacia su refugio de verano. Warton, consciente del peligro que corrían sus amigos, sólo quería que el grajo azul, el ratón y el viejo sapo se pusieran a salvo. Al darse cuenta de que nunca volvería a verlos, se le hizo un nudo en la garganta. Entonces un guardián lo sujetó con sus garras escamosas y lo condujo vio- lentamente a donde se encontraban los cuervos jefes. —¡Vaya, vaya! —dijo Woobit-. De modo que éste es el sapo llamado Warton. —Él es quien fraguó este plan de huida —dijo Moc. -Pensó que somos tontos -dijo So- gle. —Debemos asegurarnos de que no lo volverá a intentar —dijo Zoof. Los cuatro jefes de los cuervos asin- tieron con la cabeza y gritaron al uní- sono: —¡Hagámoslo pedazos! Los cuatro cuervos se acercaron len- tamente al pequeño sapo. Warton trató de pensar rápidamente en algún modo de detenerlos y examinó la hierba a su alrededor. Al ver un ani- 93.
llo de plata, lo agarró y, desesperado, se lo arrojó a Zoof. Éste se limitó a reír cuando el anillo rebotó en sus lustrosas plumas. Warton vio entonces una cu- charilla, la agarró y se la tiró a Woobit. Ésta, al ser algo más pesada, hizo un ruido sordo al golpear a Woobit en la cabeza. Pero la agresión no detuvo al cuervo, sino que lo enfureció más. War- ton volvió a mirar a su alrededor, bus- cando algo más contundente. ¡Y en- tonces lo vio! Un objeto dorado relucía bajo el sol del mediodía. El sapo lo re- cogió. «¡El reloj-brújula del abuelo Arbule! ¡Por fin lo he encontrado!» Durante unos instantes lo estuvo exa- minando de cerca. Pronto se dio cuenta de que no había tiempo que perder. Al levantar la vista, vio ocho ojos negros llenos de odio y cuatro picos amarillos dispuestos a despedazarlo, al tiempo que oía los graznidos que salían de las gargantas de los cuervos. Warton oyó algo más: desde alguna parte, alguien estaba llamándolo por su nombre: -¡Warton! 94.
La voz parecía venir de arriba y War- ton levantó la vista. A poca altura, un pequeño pájaro sur- caba el cielo. Warton se quedó mirando fijamente hacia él. Los demás también se quedaron mirándolo, ya que no es- taba volando como suelen hacerlo los pájaros. Unas veces ascendía en línea recta. Otras, volaba en círculos. Luego descendía en picado, rozando las ca- bezas de los sobresaltados cuervos. y cuando ascendía de nuevo, volaba, in- creíblemente, cabeza abajo. —No puede ser..., pero si es..., ¡es Bike! —exclamó el sapo, boquiabierto. —¡Warton, venimos a buscarte! —de nuevo oyó la voz. —Esa voz... es..., ¡es de Neville! Warton estaba sorprendido. Ahora el grajo azul disfrazado estaba a gran al- tura y seguía subiendo. Cuando se en- contraba justo encima de Warton y los cuatro jefes, dejó de batir las alas y el pájaro comenzó a caer. Bike descendía cada vez a mayor velocidad. Su caída se asemejaba a la de una piedra, justo en la vertical de los cuatro cuervos y el sapo. 96 —¿Qué está haciendo ese pájaro? —exclamó Woobit, nervioso. —Se va a estrellar aquí mismo, donde nos encontramos nosotros —gritó Moc. —¡Apártate de mi camino! —gritó So- gle—. ¡No quiero morir! Al oír esto, los cuatro cuervos salie- ron volando. Warton, con la boca abierta, se quedó donde estaba, observando cómo Bike se aproximaba cada vez más al suelo. En unos segundos se estrellaría. Entonces se oyó la voz de Neville una vez más: —Será mejor que no sigas bajando, Bike. En un instante, el grajo azul enderezó el vuelo e inició un ascenso. Bike des- cribió un pequeño círculo, una cabeza asomó por la mochila y una cuerda cayó cerca de Bike. —¡Agárrate a la cuerda y sujétate fuerte! -exclamó Neville. Warton estiró el brazo y, agarrándose • a la cuerda, se vio levantado por el aire por encima de las cabezas de miles de cuervos desconcertados. Cuando los cuervos comprendieron lo que había sucedido, Bike, con Neville dentro de la mochila y Warton colgando de la cuerda, 97.
ya habían salido de los límites de Mon- taña Lisa. Con las instrucciones de Neville, el grajo azul bajó volando la ladera de la montaña. Sobrevoló las copas de los ár- boles del bosque, y de manera serpen- teante se dirigió hacia un árbol, un gi- gantesco olmo seco que se alzaba por encima de los demás árboles. Al aproxi- marse al árbol, algo llamó la atención de Warton. En la rama más alta del ár- bol le pareció ver una figura que le era familiar. Se fijó con atención y se dio cuenta de quién se trataba. —¡Abuelo Arbule! -exclamó sorpren- dido. El viejo sapo se aferraba desesperada- mente a la rama con los ojos cerrados. Pero, cuando oyó la voz de Warton, abrió los ojos de par en par. No podía creer lo que estaba viendo: a Warton, colgando del extremo de una cuerda, que pasaba justamente ante él. —¡Warton! —exclamó-. ¿Eres tú? Bike oyó la voz del viejo sapo y ate- rrizó en la pequeña rama, junto al abuelo Arbule. Warton trepó por la cuerda y, alcanzando la ramita, abrazó a su abuelo. 98 —¡Mi querido nieto! -exclamó el viejo sapo-. ¡Me siento tan feliz de verte a salvo..! Miró entonces al suelo, del que los se- paraba una gran altura, y se echó a temblar. -Aunque, si pudiese poner los pies en tierra, me sentiría mucho más feliz. —Yo me ocuparé de eso inmediata- mente —dijo Bike-. ¡Súbete! El abuelo Arbule miró a Bike con an- siedad. -¿Quién.. quién va a guiarte? Neville asomó la cabeza por la mo- chila. —Debería hacerlo Warton -dijo el ratón con desconsuelo-. Si lo hiciera yo, podríamos matarnos todos. El abuelo Arbule dio un profundo suspiro de alivio. El y Warton se mon- taron en Bike y el grajo azul llevó rápi- damente a sus pasajeros al pie del gran árbol. Y todos fueron a cobijarse a la fresca sombra de unos hermosos hele- chos. : —¡Ah, qué gusto! —dijo el abuelo Ar- bule-. Francamente, se siente uno bien al pisar la tierra de nuevo. 99.