El informe Tókarev

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Scene 1 (0s)

Salvatore Puledda EL INFORME TOKAREV.

Scene 2 (5s)

[Audio] Tras�la�muerte�de�Brezhnev�en�1982,�Yuri�Andrópov�apoyado�por�civiles�y�militaresque�controlaban�el�Ministerio�de�Defensa�pasó�a�dirigir�el�PCUS�y�el�ejecutivo�de�laURSS.�El�11�de�Marzo�de�1985�su�«delfín»�M.�Gorbachov�se�hace�cargo�del�poder. Ese�mismo�año�comienza�la�Perestroika�que�liquida�la�Guerra�Fría�forzandounilateralmente�el�desarme,�cambiando�así�el�rumbo�de�los�acontecimientosmundiales.�Estos�hechos�fueron�el�resultado�de�una�planificación�que�comenzó�en�elMinisterio�de�Defensa�y�salvaron�al�mundo�de�la�catástrofe�nuclear. El�informe�Tókarev�cuenta�en�sus�páginas�los�entresijos�del�«lanzamiento�del�misilmental»,�que�evitó�por�escaso�margen�el�amenazante�conflicto�nuclear�de�lassuperpotencias.�Lo�impresionante�de�esta�novela�de�socio-ficción�es�que�fuepublicada�en�1981�cuando�todavía�Brezhnev�manejaba�el�poder�dentro�de�los�marcostradicionales.�El�autor�relata�cómo�el�Ministerio�de�Defensa�formó�un�comité�deestudios�interdisciplinarios�con�la�misión�de�determinar�la�posibilidad�de�unaexplosión�psicosocial,�que�calculaban�que�habría�de�producirse�exactamente�en�1985. Los�hechos�mostraron�cómo�la�Perestroika�logró�convertir�esa�explosión�en�unareacción�en�cadena�controlada. Página�2.

Scene 3 (2m 1s)

[Audio] Salvatore�Puledda El�informe�Tókarev ePub�r1.0 Titivillus�15.03.2020 Página�3.

Scene 4 (2m 13s)

[Audio] Título�original:�El�informe�Tókarev Salvatore�Puledda,�1981 � Editor�digital:�Titivillus ePub�base�r2.1 Página�4.

Scene 5 (2m 24s)

[Audio] Índice�de�contenido Cubierta El�informe�Tókarev Prólogo Año�1978 Diciembre�19 Diciembre�20 Año�1979 Mayo�12 Mayo�15 Mayo�20 Mayo�22 Mayo�23 Mayo�24 Mayo�25 Mayo�26 Mayo�28 Mayo�29 Mayo�30 Junio�2 Junio�3 Junio�4 Junio�5 Junio�6 Junio�7 Junio�8 Junio�9 Junio�10 Junio�11 Mayo�12�-�1979 Sobre�el�autor Notas Página�5.

Scene 6 (3m 8s)

[Audio] A�Silo. Página�6. A�Silo. Página�6.

Scene 7 (3m 14s)

[Audio] Prólogo El�Informe�Tókarev�fue�publicado�en�1981.�Cuando�llegó�a�mis�manos�lo�leí�de una� sentada.� Me� pareció� una� obra� simpática,� absurda� y� muy� original.� Creo� que entonces� la� ubique� en� el� género� novelesco� de� política-ficción.� Posteriormente,� me encontré�con�algunos�conocidos�que�habían�hojeado�el�libro�y,�al�intercambiar�puntos de�vista,�comprobé�una�gran�disparidad�de�opiniones.�De�esta�suerte�el�Informe�quedó archivado,�por�lo�menos�para�mí,�hasta�una�mejor�ocasión. � En�Diciembre�de�1982�visité�a�Puledda�en�el�Instituto�della�Sanità,�en�Roma.�Allí estaba� entre� cápsulas� de� Petri� y� aparatos� medidores� de� contaminación� ambiental. Como�de�costumbre�tomamos�bastante�café�mientras�revisamos�el�escenario�político mundial� y� el� estado� de� las� ciencias� y� la� tecnología.� Yo� sabía� que� mi� interlocutor estaba� preocupado� por� el� armamentismo� creciente� y� por� las� derivaciones� de� la investigación� genética.� Esto� último,� casi� lo� obsesionaba.� Había� quedado� muy impactado� por� el� tema� desde� su� paso� por� la� Universidad� de� California,� en� la� que trabajara� un� tiempo� dedicado� al� estudio� y� experimentación� en� ese� campo.� La conversación�derivó�hacia�su�libro.�Me�contó�que�tenía�la�intención�de�publicarlo�en varios� idiomas� y� llevarlo� al� cine,� pero� que� los� arreglos� en� Hollywood� no� habían prosperado� porque� el� protagonista� era� soviético� en� lugar� de� norteamericano. Contrariamente,� pensé� que� la� obra� no� había� sido� fácil� de� digerir� a� causa� de� su extravagancia� y� lejanía� respecto� a� la� sensibilidad� de� la� época;� que� el� gasto� de producción�hubiera�sido�un�despropósito�dada�la�cantidad�de�lugares�remotos�en�los que� se� desarrollaba� la� acción� y� que� Cinecittá,� estando� más� a� mano,� hubo� de� ser sigilosamente� explorada� pero� con� resultados� negativos.� Finalmente,� me� decidí� a preguntarle�por�su�última�intención�al�escribir�el�Informe�Tókarev.�—Es�una�obra pacifista�y�cada�uno�hace�campaña�a�su�manera—,�me�respondió�secamente.�A�partir de�ese�momento,�derivamos�hacia�otros�asuntos. � Dos�años�después,�al�encontrarnos�nuevamente,�volvimos�a�tocar�el�tema�del�libro y� consideramos� la� escasa� resonancia� que� había� logrado.� Para� entonces� mi� amigo estaba�más�calmo,�ya�no�se�inquietaba�por�difundir�su�novela.�Después�de�todo,�él�no tenía� experiencia� previa� en� el� campo� literario� y,� seguramente,� había� padecido� el sarampión�del�escritor�primerizo�que�considera�con�desmesura�la�importancia�de�su obra.�El�Informe�había�sido�trazado�por�una�pluma�brillante,�pero�más�ejercitada�en�la comunicación� científica� que� en� los� desvaríos� de� la� imaginación.� Entonces� di� por supuesto�que�el�autor�había�llegado�a�conclusiones�parecidas�a�las�mías,�abandonando el� proyecto� de� ser� un� literato� reconocido.� La� conversación� siguió� y,� de� pronto, Puledda�rozó�un�punto�que�me�llamó�la�atención.�Según�él,�la�trama�de�lo�que�luego Página�7.

Scene 8 (7m 20s)

[Audio] se� convertiría� en� el� «Informe»� había� sido� desarrollada� una� noche� de� 1978� por� un amigo�común.�Al�parecer,�varios�de�los�presentes�en�aquella�velada,�habían�quedado convencidos� de� que� el� cuento� podía� convertirse� en� una� historia� verdadera� ya� que muchos� de� los� hechos� pronosticados� en� la� conversación� (el� cambio� en� el� poder soviético�hacia�el�85;�el�futuro�giro�explosivo�en�la�URSS.�las�conmociones�de�etnias y�nacionalidades,�la�convulsión�del�Este;�el�avance�del�fundamentalismo�musulmán, etc.),� estaban� realmente� por� acaecer.� De� inmediato� algunos� de� los� concurrentes� se habían�confabulado�para�producir�un�«informe�de�anticipación».�Pensaban�que,�si�no estaban�equivocadas�las�predicciones�y�hacían�llegar�una�especie�de�memorándum�a manos�de�ciertos�círculos�soviéticos�por�medio�de�las�embajadas,�podían�contribuir�a torcer� algunos� acontecimientos� fatales.� Les� parecía� que� el� desastre� nuclear� era inminente� no� tanto� porque� alguna� de� las� dirigencias� de� los� bloques� Este-Oeste� se decidiera� a� tomar� la� iniciativa,� sino� por� la� simple� acción� de� factores� mecánicos acumulativos.� Así,� sostenían� que� la� curva� estadística� de� alarmas� rojas� se� iría incrementando� hasta� llegar� a� un� momento� exponencial.� Todo� había� empezado� con falsas�detecciones�de�misiles�enemigos�en�las�pantallas�de�radar�de�las�superpotencias. Al�principio�las�alertas�ocurrieron�una�vez�por�año,�pero�más�adelante�los�errores�se verificaron� cada� seis� meses,� cada� cuatro,� cada� tres,� etc.� Además,� era� creciente� el «ruido»� en� la� información� que� agregaba� la� proliferación� de� satélites� y� submarinos nucleares.� De� ese� modo� se� llegaría� a� una� situación� de� crisis� en� que� el� sistema� de ataque�se�convertiría�en�ingobernable,�y�ello�podía�ocurrir�hacia�1985.�Por�otra�parte, habían�verificado�que�la�economía�del�Este�mostraba�una�tendencia�a�la�declinación agravada�por�la�carrera�armamentista�y�que�eso�llevaría,�suponiendo�que�se�eludiera el� accidente� nuclear,� a� decidir� una� salida� que� presentaba� dos� alternativas:� o� se exportaba� el� caos,� o� se� tomaba� la� iniciativa� del� desarme.� El� eslabón� más� débil resultaba�la�Unión�Soviética�y�solamente�ella�podía�provocar�un�cambio�en�la�cadena de�los�acontecimientos. � Interrumpí�el�relato�de�Puledda�preguntándole�si�no�pensaron,�aquella�noche�de�la confabulación,� en� que� tales� posibilidades� habían� sido� antes� consideradas� por� los soviéticos…� Ya� comenzaba� a� fastidiarme� el� infantilismo� de� todo� el� planteamiento porque�el�tema�del�accidente�nuclear�era�comentado�hasta�por�la�revista�Times,�y�la crisis�en�la�economía�socialista�era�un�secreto�a�voces.�Me�pareció�que�un�problema tan�complejo�estaba�fuera�del�alcance�de�unos�improvisados�de�sobremesa.�Y�luego, aquello� de� hacer� llegar� un� memorándum� a� las� embajadas� para� que� el� Kremlin� se «enterara»�de�obviedades�y�tomara�medidas,�tenía�todo�el�sabor�de�una�broma�gastada al� científico� que� suele� salir� a� la� calle� olvidando� los� pantalones� en� su� casa.� Si,� era evidente�que�unos�intelectuales�festivos�(tal�vez�animados�por�los�licores�de�alguna celebración),�habían�sugestionado�al�impresionable�Puledda. � Página�8.

Scene 9 (12m 10s)

[Audio] —Es�claro�que�todo�el�mundo�conoce�la�cuestión�del�accidente�y�las�dificultades económicas�de�la�URSS.�—dijo�Puledda—�pero�lo�que�nadie�parece�advertir�es�que toda�la�civilización�está�enloqueciendo. —Si�se�refiere�a�que�el�crecimiento�del�armamentismo�está�motivado�por�la�locura puedo�estar�de�acuerdo�en�términos�generales,�pero�en�lo�particular�me�parece�que responde�a�los�intereses�del�complejo�militar-industrial�de�las�grandes�potencias,�— respondí. � Mi�amigo�me�miró�de�soslayo�y�luego,�en�voz�muy�calma,�me�descerrajó�toda�una teoría� que� se� refería� a� los� grandes� contextos� de� la� locura� de� la� civilización.� Una patología�que�parecía�avanzar�desde�el�fondo�de�la�historia,�que�se�manifestaba�en�las grandes�tensiones�de�los�intereses�económicos,�que�se�desataba�en�las�guerras,�los genocidios� y� las� persecuciones� colectivas,� y� que� aparentaba� desaparecer� luego� de grandes�sangrías.�Esa�locura,�explicó,�estaba�en�su�cima�y�había�suficiente�potencial acumulado�para�una�explosión�definitiva.�Naturalmente,�tal�descripción�me�pareció insuficiente.�Por�lo�demás,�¿qué�tenía�que�ver�todo�eso�con�el�Informe? � —Bien,�lo�que�mis�amigos�han�hecho�llegar�a�las�embajadas�es�una�gran�cantidad de� información� que� se� refiere� a� la� sintomatología� de� esa� pandemia,� con� el� fin� de motivar�la�investigación�de�los�académicos�disidentes.�Esos�señores�tienen�una�gran influencia�en�la�toma�de�decisión�política�y�consideramos�posible�que�de�su�círculo emerjan�los�representantes�de�un�nuevo�tipo�de�pensamiento�capaz�de�dar�respuesta�a emergencias�tan�graves�y�tan�originales.�En�cuanto�a�los�procedimientos�usados�diré que� si� varias� copias� del� memorándum� puesto� a� circular� a� fines� de� 1980� fueron arrojadas�al�cesto,�siempre�quedó�la�posibilidad�de�que�se�conservara�algún�ejemplar en� manos� de� los� coleccionistas� de� curiosidades.� Debo� agregar� que� esos� escritos comenzaron� su� tímida� penetración� por� las� delegaciones� diplomáticas� pero� luego fueron�repartidos�en�grandes�cantidades�haciéndolos�llegar�a�Moscú�a�través�de�las vías�más�insólitas.�Como�Usted�comprende,�la�idea�era�que�si�los�acontecimientos anunciados�comenzaban�a�cumplirse�con�una�cierta�aproximación�podía�suceder�que�a alguien�le�picara�la�curiosidad.�¿Qué�se�hubiera�perdido�en�el�caso�de�que�nada�de�eso ocurriera?� Nada� más� que� un� poco� de� papel� y� un� esfuerzo� deportivo.� En� cuanto� al Informe�Tókarev,�se�inspiró�en�los�temas�del�memorándum�enviado�pero�siguiendo�un tratamiento�propio�de�la�obra�de�ficción.�Yo�quise�que�a�través�del�libro�se�abriera�una puerta�más�a�la�difusión�del�documento. � Creo�que�luego�se�refirió�a�las�futuras�explosiones�en�el�Este�y�al�viraje�inminente de�la�URSS.�que�de�ese�modo�lograría�disipar�el�conflicto�nuclear.�También�habló�de la�futura�reacomodación�política�que�afectaría�a�Europa�y�al�resto�del�mundo�como consecuencia� del� terremoto� soviético…� Me� sentí� desolado� al� escuchar� semejantes profecías� por� boca� de� alguien� formado� en� los� patrones� de� las� ciencias� físicoPágina�9.

Scene 10 (16m 34s)

[Audio] matemáticas.�No�pregunté�más�y�allí�quedó�la�anécdota�perdida�en�un�triste�otoño�de 1984. � El�7�de�Enero�de�1989,�asistí�a�un�homenaje�a�Galileo�en�la�Piazza�di�Santa�Croce, en�Firenze.�El�orador�principal�era�Puledda.�Antes�de�comenzar�me�abrazó�y,�en�voz baja,�repitió�las�palabras�que�había�dicho�en�su�laboratorio�siete�años�atrás: «…�cada�uno�hace�campaña�a�su�manera».�De�inmediato�extrajo�unos�papeles�y comenzó�a�disertar�ante�los�micrófonos. «Yo,� Galileo� Galilei,� catedrático� de� matemáticas� de� la� Universidad� de� Firenze, públicamente�abjuro�de�mi�doctrina�que�dice�que�el�Sol�es�el�centro�del�universo�y�no se�mueve,�y�que�la�Tierra�no�es�el�centro�del�universo�y�sí�se�mueve.�Con�corazón sincero� y� no� fingida� fe,� abjuro,� maldigo� y� detesto� los� errores� y� herejías� antes mencionados,�y�cualquier�otro�error,�herejía�o�secta�contrarios�a�la�Santa�Iglesia»… Este�es�el�texto�de�la�abjuración�arrancada�a�Galileo,�bajo�amenaza�de�tortura,�el�22 de�Junio�de�1633�por�el�Tribunal�de�la�Inquisición.�Galileo�abjuró�para�no�sufrir�la suerte�de�Giordano�Bruno,�quien�fue�conducido�a�la�hoguera�con�un�madero�dentro�de su�boca,�para�que�no�hablase,�y�quemado�en�el�Campo�dei�Fiori�en�Roma,�un�día�de invierno�del�año�1600. � Cuando�Puledda�mencionó�la�mordaza�de�Bruno�lo�note�tan�conmovido�que�pensé si�acaso�él�mismo�se�sentía�oprimido�como�para�no�poder�explicar�completamente�su verdad.�Pero�más�adelante�dijo: «…�los�poderosos�de�la�Tierra,�comprendieron�rápidamente�que�la�Nueva�Ciencia podía� ser� utilizada� para� alimentar� su� avidez.� Así� han� producido� "una� progenie� de gnomos� con� inventiva"� (como� los� llamo� Bertold� Brecht),� dispuesta� a� vender� su ciencia� para� cualquier� finalidad� y� a� cualquier� precio,� cubriendo� la� Tierra� con máquinas�de�muerte». Luego�de�media�hora,�concluyó: «…�pedimos�aquí,�frente�al�edificio�que�guarda�la�tumba�de�Galileo,�pedimos�a todos�los�científicos�del�mundo�que,�finalmente,�la�ciencia�se�utilice�para�beneficio�de la�humanidad.�Con�la�voz�que�hoy�resuena�en�esta�plaza�lanzamos�este�llamado:�que en� todas� las� universidades,� en� todos� los� institutos� de� investigación� se� instituya� un juramento,�un�voto�solemne�(análogo�al�de�los�médicos,�creado�por�Hipócrates�en�los albores� de� Occidente)� con� el� fin� de� utilizar� la� ciencia� solo� y� exclusivamente� para vencer�el�dolor�y�el�sufrimiento,�solo�y�exclusivamente�para�humanizar�la�Tierra». � Fue�una�intervención�conmovedora.�Hubo�aplausos,�flores�y�flashes.�Mucha�gente se� acercó� a� Puledda� para� felicitarlo.� Entre� tanto,� vi� cómo� desde� la� multitud� se aproximaban�dos�hombres�que,�finalmente,�se�presentaron�al�disertante�y�lo�saludaron con�afecto.�Entonces�comprendí�que�la�Perestroika�estaba�entre�nosotros.�Luego�supe que�el�memorándum�había�sido�descartado�por�los�burócratas�de�Brezhnev�pero�que�a Página�10.

Scene 11 (20m 49s)

[Audio] cambio� logró� llegar� a� las� mejores� manos,� las� manos� de� gente� que� trataba� con desesperación�de�modificar�el�rumbo�de�los�acontecimientos�mundiales. � Hoy�en�1994,�el�libro�de�Puledda�vuelve�a�tomar�impulso�y�sospecho�que�será recibido�en�una�atmósfera�epocal�distinta�a�la�que�campeaba�en�el�momento�en�que fue�escrito.�Por�mi�parte,�no�podría�decidir�si�la�historia�publicada�en�1981�ha�tenido alguna�confirmación�en�los�hechos�extraordinarios�ocurridos�en�la�década�de�los�80. En� todo� caso,� debo� admitirlo,� esta� novela� me� impresiona� ahora� mucho� más� que cuando�la�leí�por�primera�era�vez.�Tal�vez�por�esto�y�por�los�comentarios�que�hice públicos�recientemente,�se�me�haya�pedido�que�la�prologara�para�esta�nueva�edición. Yo� he� querido� hacerlo� comentando� algunas� circunstancias� que� explican� más� la personalidad�del�autor�que�al�libro�en�sí.�El�lector�sabrá�comprender�por�qué�he�usado este�recurso�y,�en�definitiva,�juzgará�la�obra�por�cuenta�propia. � J.�Valinsky 15/02/1994 Página�11.

Scene 12 (22m 12s)

[Audio] Y�me�acordaré�del�pacto�que�hay�entre�mí�y�vosotros�y�todo�ser viviente;�no�habrá�más�diluvio�para�destruir�todo. Estará�el�arco�en�las�nubes,�y�lo�veré,�y�me�acordaré�del�pacto perpetuo�con�todo�ser�viviente�que�hay�sobre�la�Tierra. Dijo,�pues�a�Noé:�Esta�es�la�señal�del�pacto�que�he�establecido�entre mí�y�todo�ser�viviente�que�está�sobre�la�Tierra. Génesis�9,15-17 Página�12.

Scene 13 (22m 54s)

[Audio] Año�1978 Página�13. Año�1978 Página�13.

Scene 14 (22m 59s)

[Audio] Diciembre�19 Estaba�sentada�frente�a�la�mesa�de�acrílico�transparente,�apoyando�las�dos�manos sobre� una� carpeta� oscura.� Impresionaba� su� extrema� delgadez� y� ese� pelo� negro azabache� que� cubría� una� parte� de� su� rostro.� Mantenía� los� párpados� cerrados,� pero estos�vibraban�nerviosamente. —Señora� Tolmacheva� —dijo� un� hombre� grueso� mientras� acomodaba� sus mostachos,� hundido� blandamente� en� el� sofá—,� señora� Tolmacheva,� trate� de� ver� la escena�que�inspiró�la�redacción�de�ese�memorándum. —Es�una�pirámide,�o�un�cristal.�Un�prisma�tal�vez.�Tiene�luz�en�su�interior�—pasó un�tiempo�en�silencio�y�luego�agregó�sonambúlicamente—:�lanzan�un�cohete�contra la�pirámide.�El�cohete�entra�y�desaparece…�el�cohete�sale�ahora�retrocediendo.�No sé…�no�sé.�Puede�ser�un�rayo�de�luz.�Si,�entra�un�rayo�y�la�pirámide�se�ilumina�con los�colores�del�arco�iris… —¿Qué� tamaño� tiene� la� pirámide?� —interrogó� otro� hombre,� parado� atrás� del mostachudo�Nietzsky—.�No�sé…�no�sé…�puede�ser�pequeña.�Tal�vez�no�sea�más grande�que�un�cristal,�un�rubí. El�hombre�que�estaba�de�pie�se�acercó�a�Nietzsky�y�susurro�en�su�oído: —O�está�describiendo�el�ensayo�de�Newton�sobre�la�descomposición�de�la�luz,�o está� hablando� de� un� aparato� del� tipo� láser.� La� acción� de� retroceso,� podría� ser� el movimiento�inverso�de�las�aspas�por�acción�de�la�luz,�en�el�radiómetro�de�Crookes. —Trato�de�meterme�en�el�cristal.�Hay�una�luz�muy�fuerte,�no�es�como�todas�las luces…�es�distinta.�Oigo�una�voz�que�dice:�«No�debes�entrar»�—siguió�describiendo la�Tolmacheva.�Luego,�separó�sus�manos�de�la�carpeta�y�tapo�su�rostro—.�Me�veo�a mi�misma,�cuando�era�niña…�Me�veo�a�mi�misma.�La�luz�me�expulsa�del�centro�de�la pirámide.�Retrocedo,�retrocedo�y�voy�saliendo�hacia�atrás�a�gran�velocidad. —No�se�deje�expulsar,�entre�nuevamente.�Cuéntenos�que�hay�—dijo�el�hombre�en pie. —Estoy�avanzando�otra�vez.�«No�debes�entrar»,�me�dicen.�Me�veo�a�mi�misma. ¡Oh!� —exclamó� la� mujer� y� entre� sollozos� continuó—:� Estoy� loca.� He� perdido� el juicio.�Me�expulsan… La� Tolmacheva� se� había� levantado� y� temblaba� de� pies� a� cabeza� como� si� una visión� de� horror� la� hubiera� atrapado.� Entonces,� los� dos� hombres� se� acercaron� a reconfortarla. Venga,�señora�—dijo�Nietzsky�solícito—,�en�la�sala�contigua,�están�listos�para atenderla.�Gracias,�muchas�gracias,�señora�Tolmacheva. Tomándola�con�suavidad,�el�hombre�la�encaminó�hasta�una�puerta�que�se�abrió�en ese�momento�dejando�ver�a�otra�mujer�que�se�hizo�cargo�de�la�vidente.�Luego,�la puerta�se�cerró. Página�14.

Scene 15 (26m 32s)

[Audio] —Es�siempre�la�misma�historia.�Cien�veces�hemos�hecho�la�prueba�con�el�mismo resultado�—dijo�Nietzsky,�volviendo�al�sofá—.�Esta�vez,�lo�trajimos�a�usted�para�que dictaminara�de�acuerdo�a�su�especialidad.�Le�recuerdo�que�en�las�sesiones�anteriores tuvimos� otros� expertos� que� dieron� su� interpretación,� cada� cual� más� disparatada. ¿Bueno,�que�opina? El�interlocutor�estaba�ocupando�la�silla�que�abandono�la�Tolmacheva�y�desde�allí, explicó�en�tono�petulante: —Yo�creo�que�se�trata�de�un�sistema�láser.�Descartemos�la�fantasía�de�un�cuerpo kilométrico�y�de�cohetes�que�entran�y�salen. —Eso�de�que�son�«fantasías»,�no�es�problema�suyo.�Para�hablar�de�ello�tenemos�a otros� expertos.� Usted� interprete� desde� el� punto� de� vista� de� la� Física� —Nietzsky reflexionó�un�instante�y�luego�agregó—:�Excúseme.�Es�que�en�el�memorándum�se habla�de�un�sistema�para�desactivar�misiles�y�le�aseguro�que�la�Tolmacheva�nunca leyó� el� texto.� Siempre� se� limitó� a� tocar� las� tapas� de� la� carpeta.� Le� ruego� que� me participe�su�opinión. —Bien� —dijo� el� físico—,� todo� lo� que� escuche� de� ella,� me� hizo� recordar� las experiencias�de�Basov. —Premio�Lenin�y�Nóbel�de�Física,�¿no�es�así?�—interrumpió�Nietzsky. —En� efecto.� Junto� a� Zubariev,� Efinkov� y� Grasink,� logró� en� mil� novecientos sesenta�y�siete,�acelerar�la�velocidad�de�la�luz�a�más�de�dos�millones�de�kilómetros por� segundo.� Con� ello� rompió� la� teoría� einsteniana� de� la� velocidad� límite.� Las experiencias�fueron�realizadas�en�el�laboratorio�de�radiofísica�cuántica�del�Instituto Físico�Lebedev�de�la�Academia�de�Ciencias�de�la�URSS.�¿Qué�le�parece? —Me�parece�muy�bien�—repuso�Nietzsky�con�impaciencia. —Basov�lanzo�un�rayo�superlumínico�sobre�rubíes�en�serie�previamente�cargados y�así�aceleró�la�velocidad�de�la�luz�nueve�veces.�Cuando�su�discípula… —¡No�es�mi�discípula!�—interrumpió�el�otro�con�fastidio,�para�agregar—:�Es�una persona� de� experimentación� notablemente� dotada� en� los� trabajos� paranormales. Todavía�no�hay�conciencia�de�nuestras�investigaciones�en�la�URSS. —Bien,�bien�—siguió�el�físico—.�Cuando�la�señora�contó�que�era�lanzada�con�un rayo�al�interior�del�cristal�y�allí�se�vio�en�una�etapa�infantil�de�su�vida,�es�posible�que haya�descrito�una�experiencia�similar�a�la�de�Basov,�en�la�que�aquel�estuvo�trabajando con�el�tiempo.�Podría�tratarse�de�experiencias�de�avance�o�retroceso�en�el�tiempo, apoyadas�en�la�aceleración�de�la�luz.�Por�ello,�la�imagen�de�un�cuerpo�kilométrico�que se�contrae,�o�a�la�inversa,�creo�que�es�una�fantasía�pero�que�refleja�el�hecho�de�la modificación�del�espacio�en�función�de�la�velocidad. —En�resumen:�¿que�interpreta�usted? —Interpreto�que�su…�digamos,�«sujeto»,�ha�captado�una�experiencia�mediante�la cual�se�podría�efectuar�algún�desvío�en�el�tiempo.�Eso,�por�supuesto,�siempre�que�la señora�Tolmacheva�no�se�equivoque.�Y,�si�esta�en�lo�cierto,�lo�siento�mucho�por�ella. —¿Por�qué?�—demandó�Nietzsky. Página�15.

Scene 16 (30m 44s)

[Audio] —Porque�—concluyó�el�físico—,�al�entrar�nuevamente�en�el�cristal�dijo�que�había enloquecido�y�eso,�tal�vez,�se�refiera�a�su�propio�futuro. Página�16.

Scene 17 (30m 56s)

[Audio] Diciembre�20 Yuri� V.� Tókarev� -� Doc.� Soc.� 140.392.388� -� Domiciliado� Dyietigara� M� 6/25 U.� Moscú� -� Nacido� julio� 7;� 1940� Novgorod� -� 1,85� mts.� 78� kgs.� Tez� blanca.� Pelo cobrizo.� Ojos� azules.� Ninguna� señal� visible� -� Trabajador� intelectual.� Investigador social.� Profesor� religiones� comparadas.� U.� Moscú� -� Casado.� Dos� hijos.� -Prepare recepción�y�acompañante�calificado�gira�interior�ese�país.�Stop. Página�17.

Scene 18 (31m 42s)

[Audio] Año�1979 Página�18. Año�1979 Página�18.

Scene 19 (31m 48s)

[Audio] Mayo�12 Repitió�suavemente�la�llamada�y�esta�vez,�alguien�lo�invitó�a�entrar.�Empujó�la pesada� hoja,� cerrándola� tras� de� sí.� En� esa� habitación� de� estilo� afrancesado� San Petersburgo,� se� centraba� una� gran� mesa.� Tal� vez,� diez� personas� sentadas� hacían semicírculo�enfrentándolo�con�curiosidad. Pasaron�unos�segundos,�antes�de�que�alguien�dijera: —¡Acérquese…!�Acompáñenos. Caminó� interminablemente� forzando� una� sonrisa� de� saludo.� Luego,� ocupó� la única�silla�vacía.�El�silencio�se�hizo�cortante.�Carraspeó.�Entonces,�el�más�anciano�del conjunto,�explicó�afablemente: —El� camarada� Yuri� V.� Tókarev,� tiene� numerosos� méritos.� Méritos� difíciles� de acumular�en�un�ejercicio�profesional�como�el�suyo.�Es�un�buen�trabajador�intelectual y�cumple�con�una�función�poco�comprendida�por�la�opinión�pública. El�anciano�hablaba�lentamente,�acompañando�sus�palabras�con�amplios�gestos. Yuri� comenzó� a� tranquilizarse:� conocía� muy� bien� el� carácter� de� Grigori.� Sabía desde�la�primera�palabra�que�este�pronunciara,�en�qué�dirección�iba�su�discurso.�De tal�manera,�dejo�que�la�presentación�continuara,�preocupado�en�escrutar�al�resto�de�los asistentes.�Observó�a�dos�psicólogos�famosos,�disidentes�de�la�línea�de�Platonov.�De ellos� el� más� prominente� era,� sin� duda,� el� desaliñado� profesor� Kárpov. Disimuladamente,� espió� a� un� laureado� historiador� de� la� Academia� que,� en� su momento,�había�polemizado�nada�menos�que�con�Kuusinen�y�Rosenthal.�Por�último, reconoció� a� Nietzsky.� El� biotrónico� que,� al� parecer,� había� pulverizado� las� tesis parapsicológicas� de� Basiliev.� El� resto� de� los� concurrentes,� le� era� desconocido… exceptuando�a�Grigori,�que�ahora�repasaba�en�voz�alta�su�«currículum». Había�algo�de�curioso�en�ese�comité,�formado�hasta�donde�Yuri�podía�comprobar, por� polemistas� que� antiguamente� habían� sido� relevados� de� funciones� académicas importantes. Se�reconfortaba�en�esos�pensamientos,�pero�también�amonestaba�en�su�interior, las�formas�escandalosas�y�aventureras�que�aquellos�habían�usado�para�conmover�con sus�tesis�al�mundo�científico.�Pero�allí�estaban�ellos�y�todo�indicaba�que�ahora�tenían «al�oso�del�collar». Nuevamente,�se�hizo�silencio.�Luego,�Kárpov�dijo�en�tono�impertinente: —Usted,� Tókarev,� se� ha� extralimitado.� Su� función� es� clara:� como� profesor� de religiones�comparadas,�en�la�Universidad�o�a�través�de�publicaciones…�su�función, escúcheme� bien,� es� contribuir� a� la� educación� atea� de� las� masas,� en� la� línea� de� la concepción�materialista�científica. Yuri� sintió� que� la� sangre� le� golpeaba� las� sienes� y� tuvo� que� frenar� sus� reflejos cuando�Kárpov�le�arrojó,�muy�cerca,�la�revista�de�tapas�verdes�que�tan�bien�conocía. Página�19.

Scene 20 (35m 9s)

[Audio] Era�el�ejemplar�del�1.º�de�diciembre�de�1978…�cinco�meses�atrás. En�ese�momento,�creyó�comprender�los�motivos�que�obraron�para�la�constitución de�ese�comité:�se�trataba�de�un�cuestionamiento�por�su�artículo�sobre�«la�explosión religiosa�en�el�mundo�actual».�Sin�embargo,�no�encajaba�del�todo�que�el�Ministerio�de Defensa�hubiera�patrocinado�la�formación�de�tal�comité.�¿Cómo�se�iba�a�mezclar�ese organismo,�en�una�discusión�sobre�sus�puntos�de�vista?�De�todas�maneras,�esa�especie de�tribunal,�esa�habitación�y�él�mismo,�estaban�en�una�dependencia�del�Ministerio. Aflojó�los�músculos�y�se�dispuso�a�escuchar�al�otro�psicólogo. —El� programa� del� PCUS,� destaca� que� se� debe� realizar� sistemáticamente� una amplia�propaganda�ateísta,�con�base�científica,�explicando�pacientemente�la�endeblez de� las� creencias� religiosas…� Veamos,� veamos,� señor� Tókarev.� ¿Qué� hizo� usted exactamente? —Yo�he�comprobado�peligrosos�cambios�en�la�religiosidad�de�los�pueblos.�He advertido� sobre� la� necesidad� de� estudiarlos� cuidadosamente� y,� por� último,� he destacado�que�son�síntomas�de�un�cuadro�amplio�de�locura�colectiva. —«¡Síntomas!»�—interrumpió�Grigori.�Luego,�continuó�mirando�a�Yuri�fijamente —:�Camarada�Tókarev:�usted�ha�tirado�la�primera�piedra�y�esta�fue�a�caer�justamente en�el�tejado�menos�conveniente.�Usted�afirmó�que�«la�URSS,�padece�de�miopía»�en lo� referente� a� fenómenos� de� alteración� psicosocial.� Usted� usa� una� terminología irregular�y�antipática:�«síntomas»,�«miopía»…�¿qué�es�eso,�camarada? Yuri�respondió�cínicamente: —Afirmo�que�los�«síntomas»�actuales�más�alarmantes�son:�la�más�fuerte�oleada de�UFOS;�el�suicidio�en�masa�de�mil�cristianos�protestantes�en�Guyana;�la�revolución islámica�de�Irán�y�la�conmoción�producida�en�la�Dominicana�y�México,�por�el�Papa de�los�católicos. —Eso�no�afecta�a�nuestro�sistema�de�vida�—replicó�Grigori—,�más�bien�certifica la�descomposición�del�capitalismo. Yuri,�sin�medir�consecuencias,�dijo�algo�que�electrizó�al�comité. —Las�alucinaciones�de�tipo�UFO,�fueron�mayores�en�nuestro�campo�que�en�el capitalista;� los� suicidas� de� Guyana,� de� origen� americano,� se� proclamaron «socialistas»;�la�revolución�de�Irán�ha�polarizado�a�millones�de�musulmanes�en�el�sur de� la� URSS� y,� por� último,� el� Papa� sale� de� la� Polonia� socialista� que,� a� su� vez,� lo aclama. —¡Vamos�al�punto!�—interrumpió�una�enérgica�voz�de�mujer. —He�contabilizado�ciento�doce�síntomas�en�el�mundo,�en�pocos�meses.�La�mitad de� ellos� corresponde� a� nuestro� campo.� Y� si� he� relacionado� a� los� UFOS,� con� el suicidio�ritual�y�otros�fenómenos�religiosos,�es�porque�tengo�la�sospecha�de�que�flota en� el� ambiente� una� perturbación� mental� de� características� místicas.� Debemos Página�20.

Scene 21 (38m 53s)

[Audio] comprender�estas�nuevas�tendencias�hoy�en�marcha.�De�lo�contrario,�pasará�con�más frecuencia�esa�cosa�inadmisible�que�sucedió�en�Irán. Kárpov,�había�deslizado�una�esquela�a�Grigori.�Cuando�este�la�leyó�hizo�un�gesto de�interrupción�a�Yuri�y�luego�dijo: —Muchacho,� tenemos� que� seguir� nuestra� reunión,� de� manera� que� espera� mi llamada�en�unos�días. El�profesor�Tókarev,�entonces,�se�puso�en�pie�y�luego�de�inclinarse�brevemente ante�el�conjunto,�se�dirigió�hacia�la�pesada�hoja.�Antes�de�abrirla,�alcanzó�a�escuchar un�leve�murmullo�que�corría�entre�los�miembros�del�comité. Página�21.

Scene 22 (39m 36s)

[Audio] Mayo�15 Cuando�Irina�llegó�con�el�sobre,�los�niños�corrían�desordenando�todo. Yuri� tomó� el� envoltorio� de� papel� amarillo.� No� tenía� ningún� tipo� de� referencia. Tampoco�pregunto�a�Irina�como�llegó�a�sus�manos,�pero�supo�que�se�trataba�de�un envío�de�Grigori.�En�efecto.�Al�rasgar�el�sobre,�apareció�un�cartón�escrito�con�grandes letras� rojas.� «Muchacho,� estamos� estudiando� tus� delirios.� Sigue� esperando� mi llamada». Era�una�hermosa�tarde�primaveral.�En�poco�tiempo,�cogería�el�Metro�y�terminaría en� la� estación� Mayakovskaya.� Desde� allí� se� iría� a� encontrar� con� esos� fervorosos estudiantes�de�religiones�comparadas.�Pero,�por�primera�vez,�se�preguntó:�¿qué�los haría�tan�«fervorosos»?�¿Cómo�esos�gamberros�podían�tener�tanto�interés�en�mitos, leyendas,�supersticiones�y�rituales�absurdos?�Reconoció�en�sí�mismo�esos�impulsos de� estudiante� cuando� muchos� años� atrás� había� escuchado� la� clase� inaugural� de� su entonces� maestro� Grigori.� Se� encogió� de� hombros,� reconociendo� que,� después� de todo,� tras� la� fachada� más� ruda� o� más� doctoral� hay� siempre� un� niño� que� ama� las leyendas�y�las�fábulas.�Pero�sus�pensamientos�se�interrumpieron. Apoyada� en� el� marco� de� la� puerta,� haciendo� una� silueta� de� sombra� perfecta, estaba�Irina.�Yuri�paseó�su�mirada�largamente�como�para�memorizar�un�cuadro�y,�al recordar� un� viejo� poema� ruso,� debió� mover� los� labios� suavemente� porque,� al advertirlo,�Irina�pregunto: —¿Qué�dices? —Que� no� encuentro� el� maldito� portafolios� —respondió� el� hombre,� fingiendo buscarlo�en�su�alrededor. Ella�rio�y�corriendo�hasta�él�se�colgó�de�su�cuello.�Luego,�le�dijo�muy�cerca�del oído: —Eso� que� llevas� en� lo� mano� izquierda� se� parece� mucho� a� un� portafolios� —y forcejeó�con�él,�hasta�desprenderlo�de�su�mano. Mientras�los�niños�seguían�su�devastadora�tarea,�Irina�salió�velozmente�hasta�la acera,� perseguida� por� Yuri.� Allí� se� reunieron� nuevamente� intercambiando� miradas, palabras�y�tal�vez�pensamientos… Aquella�noche,�el�profesor�llegó�tarde.�Había�hecho�un�largo�desvío�acompañado, a�través�de�la�iluminada�avenida�Kalinin.�Su�interlocutor�durante�dos�largas�horas,�fue un�estudiante�a�su�cargo.�Un�boliviano�que�años�atrás�llegara�a�la�URSS�como�tantos otros,� para� hacer� sus� estudios� en� la� Universidad� Patrice� Lumumba.� Había� logrado romper� con� aquel� ghetto� y� luego� de� algunos� años� se� había� incorporado� a� la Universidad�de�Moscú,�casi�con�el�status�de�ciudadano�soviético.�José�Fuentes,�a�la sazón�contaba�treinta�y�cinco�años�y�era,�según�apreciación�de�Yuri,�«la�más�brillante corteza� cerebral� que� había� pasado� por� sus� aulas».� Al� mismo� tiempo,� el� boliviano siempre�lo�había�impresionado�como�una�interioridad�peligrosamente�profunda. Página�22.

Scene 23 (43m 11s)

[Audio] Siempre�que�se�encontraban,�Yuri�proponía�el�dialogo�en�español�para�refrescar�la lengua�que�su�madre,�María,�le�había�enseñado. Esa�noche,�el�profesor�se�había�explayado�con�respecto�a�su�vida�en�calidad�de agregado�dentro�de�la�Universidad,�para�corresponder�a�José�en�su�relato�del�paso�por la� Lumumba.� Luego,� habían� charlado� largamente� sobre� una� alocada� aventura� al monte�Ararat�que�había�realizado�Grigori�con�un�equipo�de�arqueólogos,�sin�lograr resultado�alguno.�Pero�fue�llegando�a�ese�punto,�cuando�Yuri�lanzo�una�pregunta�con toda�la�violencia�que�suelen�tener�las�curiosidades�acumuladas�durante�largos�años. —¿Tú�no�has�venido�exactamente�a�estudiar�religiones�comparadas,�verdad?�— había�demandado. José,� entonces,� enlenteció� su� marcha� y� con� ese� rostro� impenetrable� de� los amerindios�que�ya�había�visto�Yuri�en�mongoles�y�tártaros,�respondió: —Tienes�razón�pero,�en�todo�caso,�cumplo�muy�bien�con�las�formas. A� partir� de� ese� momento,� fue� imposible� detenerse.� Una� tras� otra,� salieron preguntas�y�respuestas,�resultando�de�todo�ello�una�historia�bastante�increíble�en�la que� el� tema� religioso� no� era� asunto� de� investigación,� sino� de� práctica.� José,� sin inmutarse,�explicó�que�había�sido�designado�para�cumplir�con�un�proyecto;�que�las cosas� se� habían� facilitado� al� afiliarse� al� Partido� en� su� país;� que� luego,� algunas recomendaciones�le�permitieron�entrar�en�el�ghetto�y,�finalmente,�que�la�influencia�de Grigori�había�colaborado�para�colocarlo�en�el�plantel�más�avanzado�que�dirigía�Yuri. En�más�de�una�ocasión,�recalcó�que�«todo�hubiera�sido�imposible�sin�mérito�propio». El� latinoamericano� aseguró� que� en� los� últimos� años� había� logrado� interesar� a numerosas� personas� que� ahora� seguían� la� «Doctrina»,� en� grupos� separados� que operaban�en�cinco�o�seis�repúblicas�de�la�URSS.�Al�parecer,�respondían�a�lo�que�en lenguaje� escolástico� se� llamaba� «mística»,� pero� se� trataba� de� algo� mucho� más avanzado�y�complejo…�Sobre�todo,�complejo. —Es�más�que�una�mística�—afirmó�José—,�es�el�único�y�verdadero�camino�de�la liberación�humana: Yuri�no�cometió�la�torpeza�de�replicar�con�frases�hechas,�o�de�argumentar�por�su cuenta:� «El� único� camino,� es� el� socialismo».� Tal� aseveración,� entre� gentes conocedoras�del�más�puro�marxismo�leninismo,�hubiera�resultado�perogrullesca�y�aún más,�dicha�en�plena�avenida�Kalinin.�Habiendo�llegado�a�ese�punto,�la�conversación se�interrumpió�bruscamente.�Se�detuvieron�frente�a�una�máquina�de�agua.�José�lleno un�vaso�de�vidrio�y�lo�acercó�a�Yuri�obsequiosamente.�Este�tomo�un�poco�y�del�resto del� contenido� dio� cuenta� el� boliviano.� Con� eso� terminó� el� paseo.� Hubo� una� breve despedida�y�los�dos�hombres�se�alejaron�en�dirección�opuesta. Página�23.

Scene 24 (46m 55s)

[Audio] Mayo�20 Pasaron� varios� días� antes� que� Grigori� avisara� al� profesor� Tókarev� sobre� la segunda� reunión� del� comité.� Para� entonces� aquel� le� había� aclarado� varios� puntos. Según�le�informara,�las�reconvenciones�de�los�dos�sicólogos�habían�resultado�de�un premeditado�forzamiento,�a�fin�de�comprobar�la�convicción�de�Yuri�sobre�sus�propios argumentos.� Pero� tal� situación� debía� explicarse� en� un� contexto� más� amplio.� Al parecer,� desde� hacía� unos� meses,� Grigori� y� otras� eminencias� habían� formado� el equipo�investigador�que�apeló�al�Ministerio�a�fin�de�interesarlo�en�la�estructuración�de un�comité�con�atribuciones�más�o�menos�amplias�y�presupuesto�adecuado. Sucedía�que�los�científicos�estaban�siguiendo�curvas�estadísticas�de�desequilibrio psicosocial�en�la�URSS.�Habían�comprobado�una�afluencia�de�fieles�en�aumento�a�los templos�ortodoxos;�una�proliferación�más�o�menos�subterránea�de�grupos�ocultistas�y un�trasfondo�sospechoso�en�los�enunciados�teóricos�de�la�nueva�generación�científica, sobre�todo�en�los�campos�de�la�Astrofísica�y�la�Biología. Nietzsky,� el� biotrónico,� a� su� vez� constataba� un� sorprendente� incremento� de interesados�en�someterse�a�los�tests�paranormales�en�los�que�trabajaba�su�sección.�Por otra�parte,�podía�aportar�pruebas�irrefutables�sobre�porcentajes�mayores�de�dotados extrasensoriales.� Día� a� día,� iba� llegando� a� sus� manos� información� desde� los� más remotos�lugares�del�país,�sobre�personas�que�espontáneamente�producían�fenómenos extraños.� Según� afirmara,� pudo� experimentar� con� una� mujer� que� movía� pequeños objetos�a�distancia�y�que�provoco�un�derrame�cerebral�en�un�conejo,�luego�de�fijar�en él� su� mirada…� El� punto� era� grave.� La� señora� Tolmacheva� podía� alterar� campos magnéticos� de� poca� intensidad� y� modificar� a� voluntad� el� vuelo� de� un� minúsculo aparato� accionado� a� control� remoto.� Simultáneamente,� había� sucedido� el� incidente con� un� periodista� americano� que� fue� interrogado� en� Moscú� con� referencia� a� esas investigaciones� que� venía� desarrollando� Nietzsky� y� que� aquel� quería� publicar� en Estados�Unidos.�Al�parecer,�también�los�occidentales�andaban�tras�algo,�que�hasta�el momento�era�indefinido. Pero� eran� dos� notables� historiadores� quienes� habían� tomado� más� en� serio� el artículo�de�Yuri.�Ellos�seguían�estudiando�el�significado�de�las�corrientes�religiosas, en�la�disidencia�ideológica.�Era�el�caso�de�Svetlana�Stalina�y�también�de�Solyenitzin. «Que�esos�dos�—comentaban�los�historiadores—�hubieran�abrazado�la�causa�de�la traición� a� su� patria� podía� explicarse� cómodamente,� pero� que� terminaran� haciendo profesión�de�fe�cristiana,�era�una�variante�innecesaria».�Si�bien�la�hija�del�dictador, por�la�naturaleza�del�culto�a�la�personalidad,�estaba�predispuesta�místicamente,�eso�no justificaba� su� nueva� adhesión.� Era� cierto� que� Stalin,� en� su� juventud,� había� sido seminarista� religioso� pero� luego� de� la� Gran� Revolución� todo� había� cambiado. También�de�Rusia,�después�de�todo,�había�salido�la�Teosofía�de�Helena�Blavatsky�y�el Cuarto� Camino� de� Gurdjieff� y� Ouspensky.� Y� nunca� habían� escaseado,� durante� el zarismo,�los�Rasputín�y�los�Dostoievsky…�¿Acaso�todo�había�cambiado�después�de�la Página�24.

Scene 25 (51m 5s)

[Audio] Gran�Revolución?�Estaban�convencidos�de�que�la�disidencia�podía�ser�capitaneada por� grandes� religiones� como� el� Cristianismo� y� el� Islamismo,� que� contaban� con organización�y�estructuras�suficientes.�Argumentaban�que�aun�cuando�el�artículo�124 de�la�Constitución�proclamaba�la�libertad�de�cultos,�se�producía�una�contradicción�en la�práctica�y�ello�podía�ser�aprovechado�como�pretexto�movilizador.�Pero�nada�les preocupaba�tanto�como�la�religiosidad�subterránea�que�se�infiltraba�retorcidamente�en la�ideología�oficial,�mezclando�el�materialismo�con�larvadas�formas�ocultistas. El� mismo� Grigori,� había� participado� de� las� discusiones� del� grupo� investigador, antes�de�hacer�el�petitorio�de�formación�del�comité.�Su�tesis�era�que�las�religiones surgían� en� las� encrucijadas� culturales� y� que� la� URSS� tenía� las� características� más netas�en�el�momento�actual,�de�«madre�de�las�encrucijadas�culturales».�En�efecto: razas,�lenguas,�costumbres�y�climas�se�mezclaban�en�el�país�euroasiático�más�grande, que�además�contaba�con�un�sexto�de�la�territorialidad�mundial.�Todas�sus�fronteras estaban�en�choque�y�la�misma�ideología�oficial�era�acosada�crecientemente�por�los traidores�internos�y�externos,�aumentando�el�desconcierto�espiritual�de�las�masas. Esas�consideraciones�de�los�estudiosos�llegaron�con�seguridad�a�las�altas�esferas del� Gobierno,� porque� casi� simultáneamente� con� la� aprobación� del� Ministerio� a� la formación�del�comité,�el�camarada�Brezhnev�había�dicho�en�un�sorprendente�discurso que�«advertía�a�los�jóvenes�del�peligro�de�coquetear�con�el�misticismo». Ahora,�Yuri�tenía�despejado�el�panorama�con�respecto�a�la�formación�del�comité�y comprendía� esa� mezcolanza� de� individuos,� trabajando� en� un� mismo� organismo.� A partir�de�esas�aclaraciones,�se�abocó�a�organizar�un�modelo�de�investigación�sobre�los nuevos�fenómenos�que�iban�tomando�cuerpo,�en�la�URSS�y�el�mundo… Ahora,�era�un�domingo�en�el�que�seguramente�perdería�la�reconfortante�compañía de�Irina,�Vladimir�y�Sofía.�Había�llegado�a�la�dependencia�del�Ministerio.�Esta�vez,�la puerta�se�abrió�en�el�mismo�momento�en�que�se�acercaba�a�ella. —Pasa,�muchacho�—dijo�Grigori. Ambos� hombres� caminaron� hacia� la� mesa� central� hasta� sentarse� en� sus� sillas, frente�al�comité�en�pleno. —Queremos�conocer�su�modelo,�camarada�Tókarev�—dijo�Nietzsky. Y�allí�comenzó�un�largo�desarrollo�en�el�que�Yuri�expuso�escrupulosamente�su plan� de� investigación.� Después� de� cuatro� horas� abigarradas� de� datos� históricos� y geográficos,�concluyó: —En� resumen,� debemos� comprender� si� el� fenómeno� está� siendo� producido� y luego�exportado�a�la�URSS,�o�si�en�otros�lugares�se�registra�lo�mismo�que�aquí,�sin conexión�alguna.�Personalmente,�me�inclino�por�la�segunda�posibilidad,�aun�teniendo en�cuenta�acciones�de�infiltración�dirigidas�hacia�nuestro�campo. —¿A�qué�se�refiere�usted?�—inquirió�una�desconocida,�de�aspecto�armenio. Página�25.

Scene 26 (55m 14s)

[Audio] —Me�refiero�a�que�todo�tipo�de�información�entra�en�la�URSS�por�medio�de�la Prensa�radial,�escrita,�televisiva�y�por�el�intercambio�de�personas,�así�como�ocurre�el fenómeno�inverso.�Pero,�en�todo�caso,�no�me�parece�de�una�influencia�tan�grande como�para�desencadenar�el�proceso�que�al�decir�de�este�comité�«está�presionando�en distintos� campos� y� capas� de� nuestra� sociedad».� Creo� —continuó� Yuri—,� que� se podrían� investigar� algunos� puntos� de� Oriente,� tradicionalmente� considerados� como exportadores�de�religión.�También�otros�en�los�que�se�produjo�un�colapso�religioso por�el�choque�con�una�cultura�cualitativamente�más�avanzada.�El�primer�caso�sería�el de�India;�el�segundo,�el�de�América�Latina,�zona�en�que�los�cultos�vernáculos�fueron destruidos�totalmente�por�los�conquistadores�europeos.�Tal�vez�allí�se�verifique�lo�que tantas� veces� se� ha� visto� en� la� Historia;� una� revancha� religiosa,� frente� a� la� cultura opresora… —¿Y� qué� nos� dice� —interrumpió� Kárpov—� con� referencia� a� los� índices crecientes� en� la� URSS� y� el� mundo,� de� alcoholismo,� delincuencia,� drogadicción, suicidio�y�locura…�sobre�todo,�locura? —Profesor� Kárpov� —respondió� Yuri� burlonamente—,� nuestros� eminentes psicólogos� deben� dar� respuesta� a� esos� interrogantes.� Yo� simplemente� expuse� un modelo�de�investigación�propio�de�mi�especialidad.�Aun�así,�siendo�tan�restringido�mi esquema,�pienso�que�se�necesita�un�estudio�detenido�y�serio,�tal�vez�de�años,�antes�de sacar�conclusiones. —«¡Tal�vez�de�años!»�—replicó�Kárpov�con�indignación—.�Sepa,�joven�profesor, que� las� curvas� se� están� haciendo� exponenciales.� Lo� que,� en� otras� palabras,� quiere decir� que� hacia� 1985� habrá� una� explosión� psíquica� colectiva� capaz� de� romper� la sociedad�mejor�organizada.�Usted�que�cree,�¿qué�se�trata�de�un�problema�de�gabinete? Entiéndalo�bien;�¡se�trata�de�un�problema�de�supervivencia! En�ese�momento�el�coordinador�del�comité�interrumpió�la�discusión,�pidiendo�a cada� miembro� la� redacción� de� sus� observaciones� y� propuestas,� de� las� que� debería extraerse� finalmente� una� sugerencia� concreta� para� el� Ministerio.� Cuando,� ante� la sorpresa� de� todos,� fijo� un� plazo� de� cuarenta� y� ocho� horas,� los� asistentes intercambiaron� notas� apresuradamente� y� se� dio� por� finalizada� la� reunión.� Eran� las 11.50�p.�m. Al�abandonar�el�edificio,�Yuri�se�preguntó�por�la�celeridad�que�iban�tomando�los acontecimientos.�«Tal�vez�—se�dijo—�nosotros�somos�los�exponentes�más�avanzados de�la�futura�explosión�psicosocial». Página�26.

Scene 27 (58m 48s)

[Audio] Mayo�22 Esa�noche�Yuri�acercó�a�Grigori�un�trabajo�de�veinte�paginas�en�el�que�sintetizaba sus� observaciones.� Allí� destacaba� que� no� tenía� ninguna� observación� que� hacer� al comité,�ni�al�Ministerio. Página�27.

Scene 28 (59m 9s)

[Audio] Mayo�23 Al� mediodía,� Yuri� recibía� de� Grigori� un� libro� sobre� las� corrientes� místicas� no oficiales.� Estaba� preparado� en� base� a� nombres,� historia,� organización,� numero� de adherentes�y�sede�de�actividades�de�un�millar�de�grupúsculos,�distribuidos�a�lo�largo de�India�y�América�latina.�Se�hacía�constar�que�no�se�trataba�de�religiones�conocidas, ni�de�sectas�desprendidas�de�religiones.�El�ejemplar,�sin�título,�solo�mostraba�en�su tapa�de�piel�marrón�el�número�«1»,�grabado�en�tipo�de�rojo�lacre. El� profesor� Tókarev� tuvo� la� impresión� de� que� el� volumen� no� había� sido encuadernado�recientemente. Página�28.

Scene 29 (1h 0m 5s)

[Audio] Mayo�24 Grigori�explicó�al�profesor�que�saldrían�de�«vacaciones».�Yuri�debería�ir�a�lugares precisos� de� la� India� y� América� latina.� Él,� por� su� parte,� se� ocuparía� de� Teherán, Alejandría�y�algunos�puntos�de�la�URSS.�El�biotrónico�partiría�a�Bulgaria,�Hungría�y Checoslovaquia,�con�un�grupo�de�colaboradores.�Allí�tendría�que�hacer�cotejos,�con colegas�de�su�especialidad.�Por�su�parte,�los�historiadores�y�psicólogos�del�comité tratarían� de� perfeccionar� un� modelo� complejo� de� la� «explosión� psicosocial».� Los historiadores,� basándose� en� datos� anteriores� intentarían� hacer� las� cosas� al� revés, organizando� libretos� prospectivos.� Proyectarían,� ayudados� por� computadoras,� los futuribles�más�aceptables�sobre�los�cuales�habrían�de�trabajar�los�psicólogos,�tratando de�establecer�las�condiciones�mentales�de�las�poblaciones�en�cada�caso�posible. Y,�cuando�Yuri�preguntó�por�la�Europa�occidental�y�Estados�Unidos,�recibió�de�su antiguo�maestro�una�extraña�respuesta: —Muchacho,� tampoco� ellos� son� idiotas.� Déjalos� que� hagan� su� parte.� Para localizar� un� punto,� es� necesario� que� se� corten� dos� líneas.� Nosotros� trazaremos� la ordenada�y�ellos�la�abscisa,�o�a�la�inversa.�Veremos�si�distintas�metodologías�pueden acoplarse,�como�ya�sucedió�con�las�etapas�de�los�cohetes�espaciales.�¡Déjalos,�no�son tan�idiotas! Página�29.

Scene 30 (1h 1m 58s)

[Audio] Mayo�25 Yuri� llegó� muy� temprano� al� laboratorio� de� psicología� aplicada,� respondiendo� a una�sorpresiva�invitación�de�Kárpov.�Este�lo�estaba�esperando�con�otro�psicólogo. Mientras�descendían�hacia�un�tercer�subsuelo,�Kárpov�preguntó: —¿Tiene�alguna�experiencia�en�los�llamados�«estados�alterados�de�conciencia»? —No�—respondió�Yuri. —Lo� suponía� —consideró� Kárpov,� cambiando� con� su� ayudante� una� mirada cómplice,�para�agregar�luego�encogiéndose�de�hombros—:�Estos�científicos�de�hoy, están� formados� sin� base� experimental.� ¿Cómo� se� puede� trabajar� en� religiones comparadas,�sin�comprender�la�experiencia�psicológica�religiosa?…�Humanistas,�solo humanistas�—concluyó,�meneando�su�despeinada�cabeza�leonina. Mientras�salían�del�montacargas,�el�profesor�Tókarev�consideraba�lo�acertado�de las�observaciones,�respecto�a�su�formación�profesional. Entraron� a� una� pequeña� sala� que� bien� podría� haber� sido� el� recibidor� de� un consultorio�médico.�Kárpov�y�Yuri�tomaron�asiento�frente�a�frente,�en�sendos�sofás. Una�pequeña�mesa�los�separaba.�Sobre�ella,�algunas�flores�y�ceniceros.�La�luz�era ligeramente�azulada.�Un�cierto�olor�a�ozono�se�respiraba�en�el�ambiente.�Mientras tanto�el�otro�hombre�había�desaparecido�por�una�puerta�lateral. —Usted�seguirá�opinando,�como�hace�cien�años�se�decía,�que�«la�religión�es�el opio�de�los�pueblos»,�¿no�es�así? Yuri� no� respondió,� tratando� de� comprender� hacia� donde� se� dirigía� Kárpov. Verdaderamente�—pensó—,�la�religión�era�eso,�menos�que�eso�y�tal�vez�algo�más. —Antes�no�se�conocían�las�anfetaminas,�—intervino�nuevamente�el�psicólogo— ni� el� LSD� 25.� En� la� época� de� Marx� el� opio� era� la� droga� de� moda.� El� opio� crea condiciones� irreales� y� placidas.� Desarma,� desinteresa,� aquieta.� ¿Cree� acaso� que� la revolución�de�Irán�corresponde�a�esos�estados�de�conciencia? Mientras�tableteaba�insistentemente�con�sus�dedos�en�la�pequeña�mesa,�Kárpov�se extendía�en�extrañas�consideraciones,�escrutando�a�Tókarev�tras�sus�gruesas�gafas. —No� tenemos� mucho� tiempo� para� inducir� en� usted� los� diferentes� estados� de conciencia� que� han� producido� y� producen� las� prácticas� religiosas.� Sin� embargo, trataremos� de� acercarlo� a� esos� fenómenos� gracias� a� una� experiencia� sintética… Comprenderá�que�no�lo�haremos�girar�danzando�como�un�derviche,�un�macumbero brasileño,� un� vuduista� haitiano,� o� un� tribal� africano.� Tampoco� beberá� soma,� ni ingerirá� hongos� alucinógenos;� no� procederá� con� respiraciones� forzadas� yogas,� con ejercicios� físicos� y� ayunos� extenuantes,� ni� se� torturara� con� aflicciones� medievales. Iremos�al�grano�directamente. Yuri� comprendió� que� Kárpov� y� sus� colegas� habían� logrado� reproducir� en laboratorio� fenómenos� sobre� los� que� tantas� veces� se� había� preguntado.� Al� mismo Página�30.

Scene 31 (1h 5m 50s)

[Audio] tiempo�se�sorprendió�al�considerar�la�capacidad�de�adaptación�de�los�científicos�a�las nuevas�situaciones.�Si,�como�sospechaba,�el�trabajo�del�equipo�que�luego�formo�el comité,�había�comenzado�hacía�solo�cinco�meses,�era�muy�poco�tiempo�para�que�los psicólogos� hubieran� desarrollado� una� tecnología� que� esclareciera� sobre� cuestiones que� venían� pesando� desde� hacía� milenios� en� el� campo� de� la� cultura.� De� pronto pregunto: —¿A�qué�se�refirió�cuando�dijo�que�se�trataría�de�una�«experiencia�sintética»? —A�que�casi�todos�los�estados�alterados�de�conciencia�responden�a�procesos�de anoxia� neuronal� y� desarreglo� enzimático� cerebral.� Cualquier� práctica� ritual� que investigue,�lo�llevará�al�mismo�resultado.�No�importa�que�se�induzca�el�fenómeno�por vía�química,�respiratoria,�mecánica,�ascética…�Siempre�llegará�al�mismo�resultado: ¡desarreglo�enzimático,�anoxia�neuronal! Kárpov� explicaba� con� tal� entusiasmo,� que� terminó� poniéndose� en� pie� para desarrollar�su�pensamiento�libremente.�Y,�mientras�caminaba�por�toda�la�habitación como� un� oso� enjaulado,� su� voz� se� hizo� tronante:� «Si� usted� muere,� Tókarev,� si clínicamente�muere�y�lo�recuperan�antes�de�diez�o�quince�minutos,�hay�un�cincuenta por� ciento� de� probabilidades� que� recuerde� haberse� encontrado� fuera� de� su� cuerpo. También�es�probable�que�pueda�relatarnos�algo�acerca�de�una�luz�que�dialogó�con usted.�Algo�así�como�la�luz�de�los�UFOS,�o�de�la�zarza�ardiente�de�Moisés,�o�de aquella�otra�que�derribo�a�Saulo�de�su�cabalgadura». Yuri� comenzaba� a� relacionar� numerosos� mitos� y� leyendas� que� seguramente encajaban,�al�perfilarse�una�clave�como�la�que�se�le�estaba�revelando�por�primera�vez en�su�vida.�Pero�quiso�comprender�más. —En�muchos�libros�«sagrados»�—observó—,�se�refieren�esos�fenómenos�sin�que hayan�mediado�condiciones�como�las�que�usted�está�explicando. El�psicólogo�se�paró�en�seco�y�luego�arrecio�con�rabia�contenida: —¡Haga�el�favor�de�no�interrumpirme!�Miles�de�sabios�en�el�mundo,�darían�su cabeza�por�escucharme�y�usted�se�permite�interrumpirme…,�vamos�por�partes.�En�el libro�tibetano�de�los�muertos,�que�conocerá�mejor�que�yo,�se�cita�un�procedimiento para�liberar�el�alma�en�el�momento�de�la�muerte.�Se�trata�de�la�posición�del�«león acostado».�El�sacerdote�oprime�una�arteria�del�cuello�del�moribundo�y,�entonces,�este cree� que� empieza� a� desplazarse� por� distintas� regiones� de� luz…� ¡Anoxia,� Tókarev! Hasta� en� Estados� Unidos� saben� de� estas� cuestiones.� ¿Y� qué� hacen� entre� tanto, nuestros� distinguidos� profesores?� Pues,� relacionan� supercherías� en� base� al� estado económico�de�las�sociedades�que�les�dan�origen.�Eso,�mi�estimado�amigo,�es�trabajar con�herramientas�del�Paleolítico�inferior. Yuri� pensó� nuevamente� que� estaba� frente� a� un� aventurero� y� escandaloso� de� la pandilla�del�comité.�Pero�debió�reconocer�que�pese�al�desviacionismo�que�rezumaba hasta� por� los� poros,� Kárpov� y� seguramente� el� conjunto� que� ahora� apoyaba� el Ministerio,�era�brillante. Página�31.

Scene 32 (1h 10m 13s)

[Audio] —Los�americanos,�hace�años�que�trabajan�con�drogas�—continuó�el�psicólogo— y�hasta�han�usado�la�mezcla�de�Meduna�para�provocar�estados�alterados.�Imagínese, un�sinvergüenza�de�Wall�Street�aspira�un�gas�en�el�que�se�ha�variado�la�proporción�de oxígeno�y�dióxido�de�carbono�y,�de�pronto,�¡se�siente�transportado�místicamente!�— Hizo� un� silencio� dramático� y� luego� agregó� lentamente—:� Sabemos� todo� eso,� pero también�hemos�encontrado�otras�formas�que�no�requieren�de�anoxia.�Por�ejemplo: Buda,� Jesús� y� Mahoma,� se� retiraron� a� lugares� silenciosos� para� meditar…� ¿Qué estuvieron�haciendo�ellos�exactamente?�Yo�se�lo�diré.�Estuvieron�suprimiendo�datos sensoriales,� algo� similar� a� lo� que� ocurrió� a� los� cosmonautas� al� eliminárseles� la gravedad. —No�entiendo�la�relación,�profesor�Kárpov�—osó�Yuri�interrumpir�de�nuevo. Kárpov�volvió�a�su�asiento�ceremoniosamente.�Luego,�casi�en�secreto,�dijo: —¿Sabía�que�varios�astronautas�americanos�se�dedicaron�luego�de�su�experiencia a�la�vida�religiosa?�¿Sabía�que�Gagarin�pretendió�haber�observado�UFOS?�¿Sabía�que el�profesor�Nietzsky�detectó�numerosos�fenómenos�extrasensoriales�en�situación�de ingravidez? Kárpov�miraba�intensamente�a�Yuri�buscando�en�él�los�rasgos�de�la�sorpresa�pero este,�fingiendo�neutralidad,�afirmó: —Sigo�sin�entender�la�relación. —¿Cómo�que�no�encuentra�la�relación?�¿Pero�no�advierte�que�al�eliminar�señales en�el�cuerpo�humano,�sea�por�ingravidez�o�falta�de�estímulos,�el�sistema�nervioso�no puede�trabajar�normalmente?�Si�faltan�señales,�la�conciencia�se�altera.�De�manera�que no�se�trata�ahora�de�anoxia,�ni�desarreglo�enzimático.�Se�trata�de�falta�de�impulsos electroquímicos,� con� un� resultado� similar.� Al� no� haber� impulsos,� solo� la� memoria entrega�información�y�el�sujeto�recuerda�vivamente�escenas�de�la�vida�pasada,�o�bien, sus�fantaseos�se�amplifican.�Piénselo:�¡impulsos�electroquímicos! Kárpov�había�encendido�un�cigarrillo.�Después,�ofreció�otro�a�Yuri.�Este�acepto�y aprovechando�el�intervalo,�espetó: —La� experiencia� de� los� estados� alterados� de� conciencia� permite� seguramente comprender� el� fenómeno� religioso� desde� el� punto� de� vista� psicológico,� pero� no explica�cómo�surge�la�religión;�cómo,�de�pronto,�se�despierta�la�apetencia�mística.�Mi observación�tiene�que�ver,�concretamente,�con�las�preocupaciones�del�comité. —Pues�yo�le�digo,�Tókarev,�que�cuando�los�problemas�cotidianos�que�golpean�el sistema�nervioso�de�un�individuo�o�un�pueblo,�son�demasiados�intensos,�se�produce un� bloqueo� de� información,� se� produce� una� inhibición� que� opera� como� supresión sensorial.� Un� ser� humano� puede� estar� acompañado� por� cientos� de� personas� y,� sin embargo,�se�siente�solo�y�sin�comunicación.�¿Comprende,�camarada? —No,�no�comprendo,�camarada�—respondió�Yuri�sarcásticamente. —Pues�bien,�adviértalo�de�una�vez.�O�se�enferma,�o�se�suicida�o�enloquece,�o huye�de�la�realidad�de�muchas�maneras…�una�de�ellas,�es�mediante�la�religión.�Y�esa Página�32.

Scene 33 (1h 14m 13s)

[Audio] religiosidad,�puede�tomar�rumbos�contemplativos�o�agresivos,�según�las�condiciones generales�que�rodean�al�fenómeno. Yuri� había� dado� con� un� sistema� de� explicación� coherente.� Todo� parecía ensamblarse�de�modo�fascinante.�Era,�por�supuesto,�orientador�en�la�precisa�línea�de la� investigación� propuesta� por� el� comité.� Pero� quiso� asegurarse,� aun� a� costa� de indignar�al�colérico�Kárpov. —¡Eso�habrá�que�probarlo! Kárpov�enrojeció.�Luego�aspiro�una�gran�bocanada�de�su�«Karelia»�y�entonces, levantándose,�fue�hasta�un�tablero�emplazado�en�la�pared.�Oprimió�un�botón�y�dijo: —De�eso�se�trata.�Queremos�que�usted�tenga�experiencia�práctica�de�los�estados alterados� de� conciencia,� para� que� no� termine� desarmado� en� su� investigación� de campo.�Porque,�según�me�dicen,�irá�a�los�lugares�en�los�que�parece�que�comienza�el hervidero�de�nuevos�fenómenos�místicos. Se� había� corrido� una� compuerta.� El� recinto� estaba� atestado� de� controles.� Allí maniobraba�el�otro�psicólogo.�Yuri�se�levantó�y�siguió�a�Kárpov,�al�tiempo�que�este explicó: —Ahora�va�a�entrar�en�la�cámara�de�supresión�sensorial,�conocida�como�«cámara de�silencio».�Estará�aislado�del�mundo,�salvo�de�nosotros,�que�permaneceremos�en�los controles…�¡Entregue�todas�sus�cosas! Yuri�se�desnudó�completamente,�dejando�las�ropas�sobre�una�silla.�Kárpov�le�dio una�pastilla�verde�pidiéndole�que�la�disolviera�lentamente�en�la�boca.�Entonces,�giro un�volante�y�empujando�una�puerta�metálica,�invito�a�Yuri�a�pasar.�Este�así�lo�hizo�y la�puerta�se�cerró�silenciosamente�a�sus�espaldas. Era� un� cuarto� totalmente� forrado,� al� parecer,� con� caucho.� Una� suerte� de alfombrado�gris�claro�cubría�todo�el�piso.�La�luz,�ligeramente�azulada,�permitía�ver una�tarima�sobre�la�que�descansaba�la�enorme�piscina.�De�ella�salía�un�denso�vapor que�se�extendía�lentamente. —¡Tókarev!�—gritó�Kárpov�por�el�altavoz. —Escucho�—respondió�Yuri. —Suba�por�la�escalerilla�y�entre�al�agua.�No�tema�quemarse,�está�a�menos�de treinta�y�siete�grados.�En�pocos�minutos�no�la�sentirá�porque�se�ajustara�exactamente a�la�temperatura�de�su�piel. Yuri�entro�en�la�piscina�y�comenzó�a�sentarse�en�un�ángulo�de�la�misma. —Lo� estamos� filmando� en� circuito� cerrado.� Observe� la� banda� que� cruza transversalmente�la�piscina.�Ella�deberá�sostener�su�cuerpo�en�flotación,�para�lo�cual tendrá�que�colocarla�en�su�zona�lumbar�y�luego�extenderse�a�flotar…�No�piense�que se�va�a�hundir.�El�líquido�tiene�una�fuerte�concentración�salina,�pero�la�banda�evitará que�derive�hacia�los�bordes�de�la�piscina�dándole�sensaciones�táctiles. Página�33.

Scene 34 (1h 18m 10s)

[Audio] Mientras�se�acomodaba,�Yuri�preguntó�por�la�sensación�de�la�banda,�la�luz�de�la habitación�y�otros�estímulos. —Las� luces� de� los� ozonizadores� sirven� para� romper� las� moléculas� grasas, responsables�en�gran�parte�de�los�olores.�La�pastilla�que�le�di�es�clorofílica�y�cumple con�la�función�de�desodorizar�su�boca.�La�iluminación�será�suprimida�cuando�usted termine�de�instalarse�en�perfecta�flotación…�No�escuchará�ningún�sonido,�a�menos que�deseemos�comunicarle�alguna�novedad.�En�cuanto�a�la�banda,�dejará�de�percibirla a� los� pocos� minutos� cumpliéndose� la� ley� del� estímulo� constante� decreciente.� Otro tanto�valdrá�para�el�agua.�No�obstante,�quedará�sin�cubrir�su�cara,�la�parte�más�alta�del pecho�y�las�rodillas.�Pero�las�sensaciones�entre�las�partes�inmersas�y�las�mencionadas, se�homogeneizarán�por�el�vapor�que�terminará�dando�un�100�%�de�humedad�ambiente y�a�igual�temperatura�del�agua.�¿Comprende? —Está�bien�—repuso�Yuri—.�¿Qué�hago�ahora? —No�agite�el�agua.�Desde�aquí�manejaremos�dos�barras:�una�llegará�muy�cerca de�su�cabeza,�sin�tocarla;�la�otra,�quedará�a�pocos�centímetros�de�su�pecho�y�a�lo�largo del� cuerpo.� Desde� ellas,� tomaremos� sin� contacto� directo� sus� señales electroencefalográficas,� cardiográficas� y� mielográficas…� Si� algo� no� marcha,� le haremos�llegar�un�sonido�aunque�sus�oídos�estén�bajo�el�agua. Yuri� estaba� flotando,� manteniendo� los� oídos� fuera� del� agua.� En� un� momento alcanzó�a�ver�que�se�deslizaban�las�barras�y�tuvo�tiempo�para�escuchar�las�últimas observaciones. —El�vapor�ya�impide�seguir�su�imagen�en�nuestras�pantallas.�Recuerde:�si�quiere arruinar�el�trabajo,�basta�con�que�silbe,�toque�las�paredes�de�la�piscina,�o�pellizque alguna�parte�de�su�cuerpo.�Hay�mil�maneras�de�evitar�la�supresión�sensorial.�Pero�¿no será�usted�tan�torpe,�verdad? Fue�lo�último�que�escuchó.�Hundió�la�cabeza.�El�agua�tapó�sus�oídos�y�comenzó�a flotar�cómodamente.�Brazos�y�piernas�se�mantenían�separados,�pero�el�pequeño�oleaje de�la�inmersión�los�movía�aún,�acompasadamente.�No�alcanzó�a�escuchar�el�diálogo de�los�psicólogos�que�seguía�saliendo�por�el�altavoz. —Prueba� Tókarev;� mayo� 25,� 1979;� 8.50� a.� m.;� temperatura� de� piscina� 36,5.°; temperatura� ambiente� 36,5.°;� humedad� ambiente� promedio� 92.°;� presión� 755�mm; tipo� de� flotación:� convencional;� línea� isoeléctrica� del� encefalograma;� alterada� por agitación� respiratoria;� movimientos� oculares� rápidos,� por� perdida� de� referencia; cardio:� normal;� electromielógrafo:� tensiones� musculares� en� zonas� cervical� y abdominal. —Corte�ozonizador�—dijo�otra�voz. —Cortado. —Corte�calefacción�de�piscina�y�ambiente. —Cortadas. —Corte�circulación�de�agua. —Cortada. Página�34.

Scene 35 (1h 22m 15s)

[Audio] —Conecte�automáticos�de�temperatura. —Conectados. —Corte�luz�de�ambiente. —Cortada. —Suprima�altavoz… Y�se�hizo�la�oscuridad,�el�silencio,�la�quietud. Yuri�comenzó�a�ver�una�rueda�que�giraba.�Irina�y�el�estaban�atados�a�ella�dando vueltas,� mientras� esta� avanzaba� por� el� campo.� Cerca� estaba� María� que� gritaba: «¡Boris,� Boris!».� Entonces,� un� silbido� como� de� tren,� lo� volvió� a� la� real� situación. Había� comenzado� a� dormirse� y,� seguramente,� Kárpov� lo� detectó� en� las� ondas� del electroencefalógrafo� tras� lo� cual� le� envió� la� señal� que� lo� sacó� del� sueño.� Estaba despierto�en�la�oscuridad�y�el�más�absoluto�silencio.�Del�recuerdo�del�silbato,�paso�a ver� una� figura� iluminada� cada� vez� con� mayor� claridad.� La� Plisetskaia� danzaba maravillosamente� en� el� Bolshoi.� Representaba� a� la� Ana� Karenina� de� Tolstoi� y� el silbato�del�tren�anunciaba�su�muerte.�Súbitamente,�la�bailarina�se�convirtió�en�una enorme� mariposa� que� flotaba� sobre� él,� se� diría� que� a� un� metro� de� distancia.� Era multicolor� a� increíblemente� luminosa.� Yuri� se� sobresaltó� y� movió� el� agua,� pero� la mariposa� siguió� allí,� agitando� sus� alas.� Comprendió� que� seguía� el� ritmo� de� su respiración.�Contuvo�el�aire�y�el�enorme�insecto�quedo�paralizado,�flotando�sobre�él. Pensó� que� las� mariposas� del� arte� psicodélico� no� eran� sino� exteriorizaciones� de registros� pulmonares,� sobre� todo� en� estados� alucinatorios� producidos� por� drogas. Algo� parecido� debería� pasar� con� las� sabandijas� del� «delirium� tremens»� en� los alcohólicos.�Seguramente�las�serpientes�serían�partes�del�tracto�digestivo;�las�arañas, tal� vez� traducciones� renales� o� del� hígado� del� enfermo…� La� mariposa� desapareció súbitamente� y� todo� quedo� aquietado.� Su� actividad� cerebral� se� había� tornado fuertemente� vigílica.� Pensó� que� Kárpov� registraría� un� incremento� de� ondas� beta sacando�la�conclusión�de�que�estaba�inhibiendo�los�fenómenos�sobre�los�que�aquel quería�ilustrarlo.�Decidió�relajarse�profundamente,�y�soltar�sin�control�sus�cadenas asociativas…�Los�brazos�se�habían�alargado�tal�vez�metros�y�allí,�en�los�extremos�que terminaban� en� dedos� muy� finos,� las� manos� giraban� como� las� hélices� de� un� barco. Comprobó�que�nada�se�agitaba,�pero�las�manos�seguían�dando�vueltas�cada�vez�más rápidamente,�mientras�el�resto�del�cuerpo�se�agrandaba.�Eso�era:�su�cuerpo�no�tenía límites�porque�estaba�a�temperatura�del�agua�y�de�la�habitación.�Decidió�expandirse hacia�el�cuarto�en�el�que�trabajaban�los�psicólogos.�En�ese�momento,�sintió�un�crujido de�tablas�rotas.�Luego,�un�fuerte�viento�bramó�sobre�su�rostro�y�vio�un�túnel�por�el que�se�deslizaba�a�gran�velocidad.�Allí,�en�el�fondo,�lo�esperaba�una�luz�cada�vez�más grande,� cada� vez� más� brillante.� Súbitamente,� vio� a� su� cuerpo� flotando� en� el� agua. Tenía�la�real�sensación�de�estar�suspendido�en�el�aire.�Deseó�entonces,�fuertemente, volar� hasta� su� casa� y� ver� que� sucedía� allá…� Pero� se� encontró� nuevamente� en� el interior�de�la�piscina.�Kárpov�estaría�registrando�su�actividad�beta.�Kárpov�lo�estaba controlando.�Kárpov�lo�espiaba�porque�estaba�en�el�complot.�Todos�contra�él. Página�35.

Scene 36 (1h 26m 52s)

[Audio] Rio� fuertemente.� Comprendió� que� querían� convertirlo� en� autómata.� Le� estaban lavando� el� cerebro.� Estaba� claro:� la� pastilla� verde,� las� miradas� cómplices� de� los psicólogos.�Querían�matarlo�a�él,�a�Irina,�a�Vladimir�y�a�la�pequeña�Sofía…�porque�él sabía�lo�que�estaba�pasando.�Por�eso,�por�eso,�por�eso…�le�estiraban�los�brazos�y�las piernas�y�su�sexo�estaba�erecto�y�ellos�y�ellos�y�ellos�y�ellos… —¡Nooo!�—gritó�Yuri. Al� momento,� se� encendieron� las� luces� y� sonó� el� silbato.� Inmediatamente� entró Kárpov,�gritando�a�su�vez: —¡Irresponsable,�lo�arruinó�todo! Tomo�a�Yuri�de�un�brazo�y�trato�de�sacarlo�del�agua,�pero�este�se�soltó�y�fue�a sentarse�en�cuclillas�en�el�rincón�opuesto�de�la�piscina.�Gemía�suavemente,�mientras lo�agitaban�algunos�temblores.�El�vapor�escapaba�velozmente�por�la�entrada�abierta. —Yuri�—dijo�Kárpov�dulcemente�al�comprender�la�situación—,�seguro�que�paso por�una�crisis�paranoide.�Seguro�que�ahora�hace�el�ritual�del�esquizofrénico.�No�se preocupe.�Son�sus�propios�temores,�sus�propios�contenidos�cerebrales�que�han�sido amplificados�por�la�supresión�sensorial.�Recuerde�a�los�místicos�en�sus�aislamientos: el� demonio� los� tentaba� o� se� producían� feroces� luchas� con� monstruos� y� otros� seres extraordinarios.�Cada�cual�tiene�su�propia�flora�y�fauna�psíquica.�Vamos,�conéctese con�el�mundo. Pronto�entró�el�otro�psicólogo�con�una�copa�llena�de�un�líquido�transparente. —Beba�esto�—dijo,�acercándole�el�recipiente… Yuri� alzo� la� cabeza.� Sus� ojos� estaban� muy� abiertos� y� se� alcanzaban� a� ver� las pupilas�enormemente�dilatadas. —¿Qué�es?�—preguntó�temblorosamente. —No�es�veneno,�ni�droga�—explicó�risueñamente�Kárpov,�agregando—:�Por�lo menos�para�mí… —¿Qué�es?�—repitió�Yuri�en�tono�amenazante. —¡Vodka,�mi�amigo!�Pero�si�no�lo�toma,�lo�haré�yo. —Dicho�lo�cual,�Kárpov�escancio�la�copa.�Luego,�la�devolvió�a�su�ayudante.�La chanza�terminó�con�ceremonia. —Me�inclino�ante�usted�—dijo�Kárpov�al�ayudante. —Da,�tovarich,�da[1]�—replicó�el�ayudante,�inclinándose�a�su�vez.�Y�la�copa�voló hacia�atrás,�haciéndose�pedazos�en�la�otra�habitación. Yuri�comenzaba�a�recuperarse. Dos� horas� después,� el� profesor� Tókarev,� había� terminado� de� redactar� sus experiencias� en� el� pequeño� recibidor� de� entrada.� Kárpov,� recibió� complacido� el manuscrito�y�preguntó: —¿Sabe�cuánto�tiempo�permaneció�en�supresión�sensorial? —Cuatro�horas,�aproximadamente. Página�36.

Scene 37 (1h 30m 8s)

[Audio] —Solo�diez�minutos,�profesor�—concluyó�el�psicólogo. A�punto�de�despedirse,�Yuri�pregunto�sobre�la�posibilidad�de�una�real�«salida»�del propio�cuerpo�en�aquel�momento�en�que�se�sintió�flotando�en�el�aire. —Se� trata� de� alucinaciones� muy� estudiadas� por� nosotros� —respondió� el psicólogo. —¿Y� si� en� esta� alucinación� hubiera� llegado� a� mi� casa� y� allí� hubiera� visto� al pequeño�Vladimir,�cortarse�un�dedo�con�el�cuchillo�del�pan? —Seguiría�la�misma�cadena�alucinatoria.�Convénzase,�Tókarev,�no�hay�un�«algo» que�se�desprende�del�cuerpo.�Solo�alucinaciones. Yuri�tuvo�en�ese�momento,�una�indefinible�sensación�y�casi�sin�pensar�preguntó: —¿Hay�un�teléfono�a�mano? —Desde�luego�—asintió�Kárpov. Pasaron�a�otro�cuarto.�Yuri�deslizó�sus�dedos�por�el�teclado�del�teléfono.�El�sonido de�llamada�se�sintió�amplificado�en�la�habitación.�De�pronto�contestaron�en�el�otro extremo�de�la�línea�oyéndose�la�voz�del�pequeño�Vladimir. —¿Quién�es?�—dijo�Vladimir. —Tu�papá…�¿No�me�conoces,�Vladi?�—preguntó�suavemente�Yuri. —Papa,�papa…�¿Cuándo�vas�a�venir? Los�dos�hombres�escuchaban�risueñamente�la�delgada�voz.�Pero�en�ese�momento sucedió�algo�que�los�dejo�paralizados. —Papa� —dijo� el� niño—,� tienes� que� venir…� Me� he� cortado� un� dedo� con� el cuchillo�del�pan. Página�37.

Scene 38 (1h 31m 43s)

[Audio] Mayo�26 A� la� mañana� Yuri� recibió� largas� instrucciones� de� un� agente� del� Ministerio. También� se� le� dieron� recomendaciones� y� listas� de� contactos� con� funcionarios� de Relaciones�Exteriores.�En�todo�momento,�mantuvo�una�fuerte�sensación�de�irrealidad. No� había� dormido� en� toda� la� noche.� La� experiencia� del� día� anterior� lo� perseguía, abriéndole�un�mundo�de�interrogantes. A� la� tarde� Yuri� se� encontró� con� José� Fuentes.� No� pudo� explicarle� que� iba� a cumplir�una�misión�a�ciegas.�Ni�siquiera�sabía�que�iba�a�buscar�con�exactitud.�De todas�maneras,�pidió�al�boliviano�algunas�referencias�sobre�la�«Doctrina».�Por�ultimo le�rogó�que�le�diera�contactos�con�su�gente�en�Latinoamérica,�ya�que�en�el�libro�que�le proporcionara�Grigori,�no�figuraba�referencia�alguna�sobre�el�punto.�No�era�posible que�tal�grupo�fuera�desconocido�por�los�servicios�de�inteligencia,�que�seguramente habían� trabajado� durante� meses� tras� la� pista� de� formaciones� de� ese� tipo.� José� le suministro�datos�y�referencias�personales�en�Río�de�Janeiro,�La�Paz�y�Santiago�de Chile. El�día�terminó�con�Irina�y�los�niños.�A�la�noche�tuvo�una�larga�charla�con�ella sobre�el�sentido�de�la�vida�y�el�problema�de�la�muerte.�Pensó�que�nunca�antes�la�había escuchado�tocar�esos�temas.�Sus�ideas�se�hicieron�sombrías�por�unos�instantes,�pero lo�atribuyo�a�las�especiales�circunstancias�que�estaba�viviendo.�Al�fin�de�cuentas,�en un� mes� más� se� reuniría� nuevamente� el� comité� para� analizar� resultados.� Él� estaría presente� y� todo� terminaría� con� una� carcajada� general� frente� al� apresuramiento irracional�que�los�había�invadido.�Y�ese�mismo�día�festejaría�el�reencuentro�con�Irina. Luego�llevaría�a�los�niños�a�las�tiendas�Gum,�a�la�plaza�Sverdlov�y�al�recreo�Gorki. Sí,�todo�terminaría�absurdamente�y�la�cosa�sería�aún�más�ridícula�que�la�incursión fallida�de�Grigori�al�monte�Ararat.�Una�cosa�era�clara:�el�comité�estaba�formado�por escandalosos� y� aventureros.� En� cuanto� a� él,� seguía� instrucciones� sin� facultades� de decisión�en�el�asunto.�Así�es�que�se�regocijó�imaginando�la�cara�de�los�funcionarios del�Ministerio�cuando�el�comité�les�dijera:�«Camaradas,�hubo�una�falsa�alarma».�Él había�escrito�en�la�revista,�sobre�los�síntomas�que�había�observado�proponiendo�un estudio�serio�de�la�cuestión,�tal�vez�dramatizando�un�poco,�pero�nunca�había�sugerido una�alocada�cabalgata�sin�objetivos�claros.�A�su�vez,�el�comité�seguramente�inspirado por�Grigori,�se�había�abalanzado�sobre�el�Ministerio�refregándole�en�las�narices�que no� había� previsto� la� revolución� de� Irán,� encendida� por� un� fanático� religioso.� Así, sumando� alarmismo� en� cuanto� a� la� posibilidad� de� que� ocurriera� una� reacción� en cadena� de� fenómenos� de� ese� tipo,� si� no� se� tomaban� urgentes� medidas,� el� comité seguía�abriéndose�paso.�Quedaba�en�claro�que�sus�miembros�trabajaban�en�esas�ideas desde� hacía� meses� y� quién� sabe� si� otros� aventureros� parecidos� no� estarían� en� lo mismo�en�USA�y�Europa�occidental.�Las�frases�de�Grigori,�referidas�a�investigadores capitalistas,�tal�vez�podían�entenderse�como�un�acuerdo�subterráneo�con�ellos. Página�38.

Scene 39 (1h 36m 16s)

[Audio] Después�de�esos�devaneos�Yuri�comprendió�que�muchos�de�tales�pensamientos estaban�dictados�por�su�disgusto�ante�la�partida�inminente.�Al�fin�de�cuentas,�en�la cámara�de�supresión�sensorial�había�terminado�atribuyendo�todo�género�de�maldades a�Kárpov.�Y�esas�maldades�no�eran�sino�sus�«propios�contenidos�cerebrales». Página�39.

Scene 40 (1h 36m 47s)

[Audio] Mayo�28 El�profesor�Tókarev�volaba�en�un�avión�de�Aeroflot�rumbo�a�Nueva�Delhi.�Pocas horas�antes�había�cruzado�el�Moscova,�llegando�a�Jodinskoie�Polie�y�una�vez�en�el aeropuerto� Irina� lo� había� besado� largamente.� Ahora,� a� su� izquierda� y� abajo,� creía reconocer�las�siluetas�del�Kamet�y�el�Nanda�Devi,�mientras�las�nieves�del�«techo�del mundo»� se� besaban� con� el� dorado-rojizo� del� amanecer� indio.� Luego� el� avión� fue perdiendo�altura… Era�muy�de�mañana�cuando�salvó�la�aduana�velozmente�gracias�a�su�pasaporte diplomático.�Allí�mismo,�casi�al�salir�del�aeropuerto,�una�nube�de�niños�se�abalanzó sobre�él. —¡Johny,�money,�money!—�gritaban�a�coro�colgándose�de�sus�ropas,�tironeando su�maletín�de�mano. Alguien�tomó�a�Yuri�del�brazo,�invitándolo�hacia�un�vehículo�que�se�alcanzaba�a divisar�a�unos�cincuenta�metros. —Profesor,� por� aquí.� Profesor…� por� aquí� —repetía� el� chófer� de� la� Embajada soviética. Un�reflejo�de�desconfianza�movió�a�Yuri,�pero�luego�se�tranquilizó�al�leer�en�la puerta�delantera�del�automóvil:�«Soiuds�Soviestskij�Sotsialistichieskij�Riespublik[2]». El�coche�partió�lentamente.�En�su�camino�se�cruzaban�cientos�de�personas�a�pie,�o�en bicicleta.�A�veces,�algunas�motos�o�pequeñas�furgonetas,�interrumpían�el�tránsito.�En otras�ocasiones,�eran�los�cebúes�que�rumiaban�lentamente�echados�en�la�calle.�Los vehículos�que�aparecían�en�dirección�opuesta,�eludían�los�obstáculos�a�gran�velocidad casi� enfrentándose� con� el� auto� de� la� Embajada.� Yuri,� al� lado� del� chófer,� veía desperezarse� a� la� ciudad.� Miles� de� pobladores� abandonaban� el� duro� lecho� en� las aceras,�mientras�alrededor�de�pequeños�fuegos,�remolineaban�seres�humanos�y�perros. Por�algún�momento,�el�profesor�recordó�el�mercado�de�Samarkand,�pero�reconoció que�allí�por�lo�menos,�había�orden. En�diferentes�edificios�aparecía�en�madera,�piedra,�ladrillo�o�pintura,�la�svastika india.�Yuri�entrecerró�los�párpados…�El�sol�y�la�nieve�del�Himalaya�se�besaron�en�el rojo� encendido� del� amanecer;� él� e� Irina� se� abrazaron� girando� en� una� gigantesca svastika� que� avanzaba� arrasando� los� campos� de� Trasnova.� Los� campesinos� se agolpaban�en�Novgorod�y�allí�también,�el�veterano�de�las�brigadas�internacionales arrastró�a�su�mujer�y�a�su�pequeño�Yuri�lejos�de�la�metralla�invasora. —¡Boris,� Boris!� —gritaba� María,� mientras� apretaba� fuertemente� a� su� hijo,� en aquella�enorme�confusión�sangrienta. Boris� y� María� se� entendían� continuamente� en� español� como� en� la� época� de� la resistencia�en�que�se�conocieron,�allá�en�Madrid.�Un�millón�de�muertos�en�España, diecisiete� en� la� URSS� y� el� mundo� seguía� ardiendo� en� Hiroshima� y� en� Corea,� en Vietnam� y� en� el� África.� Las� sirenas� aullaban� en� el� aire� y� entonces,� un� obús� hizo desaparecer�a�Boris,�arrojando�al�pequeño�Yuri�lejos�de�su�madre,�hacia�adelante. Página�40.

Scene 41 (1h 40m 57s)

[Audio] —Hemos�llegado,�profesor�—dijo�el�chófer�aplicando�frenos�y�bocina. Estaban�en�el�jardín�de�la�Embajada. El�profesor�bostezó,�agitando�la�cabeza�como�quien�sale�de�un�mal�sueño. —Bienvenido,�profesor�—dijo�un�apuesto�joven,�al�tiempo�que�abría�la�puerta�a Yuri—.� Salimos� en� cuatro� horas� hacia� Patna.� —Sonrió� ampliamente� y� luego,� con gesto�ingenuo,�agregó—:�a�menos�que�haya�cambiado�usted�los�planes… —No,� no� he� cambiado� nada.� Buen� día.� Usted� es� Igor,� mi� guía� «turístico», ¿verdad? Igor�se�puso�firme�y�jocosamente�replicó: —¡A�sus�órdenes,�camarada�profesor! Y�así�entraron�riendo�en�la�Embajada.�Adelante�iba�Igor�cargando�el�maletín�de mano. Esa�misma�tarde�estaban�en�Patna�a�pocos�kilómetros�de�la�frontera�con�Nepal.�En los�alrededores�de�la�ciudad�crecían�numerosos�ashrams�de�distintas�tendencias.�La actividad�se�había�multiplicado,�luego�que�miles�de�monjes�tibetanos,�huyendo�de�los chinos,�se�habían�distribuido�por�la�India.�Por�tanto,�en�el�arco�norte,�desde�Benarés�a Patna,�una�fuerte�correntada�religiosa�se�había�comenzado�a�incrementar�desde�hacía unos�años.�Según�constaba�en�el�libro,�era�preciso�tocar�tres�puntos�de�la�zona�para contactar� con� no� menos� de� cincuenta� agrupaciones� místicas� «no� oficiales».� Así� es que,� arribados� a� un� antiguo� hotel,� el� profesor� y� su� acompañante,� se� dispusieron� a planificar�los�desplazamientos�de�los�días�siguientes. Página�41.

Scene 42 (1h 42m 41s)

[Audio] Mayo�29 Muy� temprano,� los� rusos� salieron� hacia� una� dirección� señalada� en� el� libro� de Grigori.� Sin� embargo,� en� pleno� camino� Yuri� decidió� cambiar� de� ruta� y� ante� el asombro�de�Igor,�fueron�derechamente�hacia�los�barrios�bajos�como�si�el�profesor�los hubiera�conocido�de�antemano.�«Es�una�corazonada»,�había�dicho�Yuri�llegando�ante una�vieja�casona.�Llamaron�a�la�puerta�y�fueron�introducidos�de�inmediato�por�un sujeto�vestido�con�túnica�azafrán.�Los�dos�hombres�se�miraron�con�sorpresa,�pero�no dijeron�una�sola�palabra. En� un� pequeño� cuarto� los� recibió� Tensing� Chobrang.� Se� trataba� de� un� hombre culto,�en�la�actualidad�profesor�de�religiones�orientales�en�Ámsterdam.�En�esos�días había�cerrado�una�gira�por�distintas�partes�del�mundo,�buscando�emplazamiento�para los�que�él�llamaba�«refugiados�del�Tíbet». El� anfitrión� había� recibido� a� los� visitantes� sentado� entre� multicolores almohadones,�enmarcado�por�el�abigarrado�estilo�budista�tibetano.�El�lama�Tensing, hablaba� con� deferencia,� explicándoles� que� sus� gestiones� habían� progresado� en América�del�Sur.�Ello�interesó�vivamente�a�Yuri,�quien�trató�de�sondear�los�motivos de�semejante�orientación�geográfica.�Tensing,�entonces,�comento�que�cierta�zona�del altiplano�sudamericano�poseía�características�climáticas�y�humanas,�similares�a�las del�Tíbet.�Sin�embargo,�se�había�explayado�el�lama,�existían�aún�ciertas�dificultades que� ponían� los� gobiernos� de� aquellas� remotas� latitudes.� El� establecimiento� de colonias� agrícolas� poco� tecnificadas� era� una� seria� objeción� para� aquellos� países jóvenes,�sedientos�de�progreso,�que�generalmente�optaban�por�la�inmigración�europea o,�en�todo�caso,�japonesa.�Tensing�siguió�comentando�que�el�Dalai�Lama�no�había logrado�colocar�a�los�refugiados�en�ningún�punto�preciso�y�que�estos�se�distribuían desordenadamente�al�norte�de�la�India,�trabajando�en�la�apertura�de�caminos�a�cambio de�pagas�miserables.�Morían�por�el�hambre,�la�enfermedad�y�el�cansancio.�Nada�hacía prever� un� mejoramiento� en� su� situación,� a� menos� que� se� los� colocara� en Latinoamérica�o�bien�que�regresaran�a�su�madre�patria. Detrás�de�todo�aquello,�el�profesor�advirtió�otros�móviles�cuando�Tensing�subrayó en�su�perfecto�inglés. —Una�tenue�línea�conecta�a�los�centros�de�iniciación�del�mundo.�Los�Himalayas han�dado�su�mensaje. Entonces,� sin� relación� precisa,� Yuri� recordó� al� boliviano� José� Fuentes� y� a� su Doctrina. Después� de� enrarecidas� consideraciones,� el� lama� habló� sobre� la� extinción� del budismo�mahayana�de�la�línea�tántrica�y�de�la�religión�chamánica�Bon,�propios�del Tíbet.� No� dejó� tampoco� de� interpretar� el� régimen� chino� como� un� rebrote� taoísta, destructor�de�la�ética�confuciana,�disimulado�con�el�barniz�ideológico�del�marxismo. Página�42.

Scene 43 (1h 46m 44s)

[Audio] Ese� curioso� punto� de� vista� interesó� a� Yuri.� Después� de� todo,� la� dialéctica� del� Yin-Yang�y�la�síntesis�del�Tao�no�era�sino�un�marxismo�religioso�primitivo�en�lucha contra�el�estatismo�imperial�de�Confucio.�También�recordó�que�Hegel,�el�creador�de la� dialéctica� que� terminó� convirtiéndose� en� método� del� marxismo,� había� sido precisamente�un�teólogo.�«De�todas�maneras�—reflexionó—�interpretar�las�filosofías políticas�desde�una�óptica�religiosa�es�una�inversión�típica�del�idealismo�a�ultranza». La� conversación� terminó� en� un� clima� delirante,� cuando� finalmente� el� lama estableció�relaciones�cósmicas�y�políticas. —Pocos�días�antes�de�la�muerte�de�Mao�un�terremoto,�que�costó�un�millón�de vidas,�nos�indicó�su�próximo�deceso�y�un�violento�giro�en�la�orientación�china.�Y cuando�el�Sha�de�Irán�despegaba�en�su�avión�huyendo�de�la�revolución�islámica,�se producía� el� sismo� que� arrasaba� con� vidas� y� aldeas� enteras…� Ustedes,� los� rusos, deberían� cuidarse� de� tales� cambios� en� sus� fronteras.� Ustedes,� tienen� muy� buenos observatorios� sismológicos,� pero� no� poseen� instrumental� de� observación� de� las conmociones�mentales. A� esas� alturas� de� la� charla,� Yuri� experimentaba� una� suerte� de� intoxicación ideológico-religiosa.�En�un�momento�se�despidió�de�Tensing�dejando�en�el�lugar�a Igor.�Pero�ya�de�regreso�en�su�hotel�no�dejo�de�anotar�la�última�frase�del�lama.�A�su modo,� aquel� había� dicho� en� su� lenguaje� viscoso� algo� parecido� a� lo� que� él� mismo escribiera�en�la�revista�de�religiones�comparadas�de�Moscú.�Decidió�seguir�trabajando en� sus� apuntes� mientras� esperaba� a� Igor� que,� seguramente,� continuaba� las conversaciones�con�el�lama.�Después,�aquel�seguiría�merodeando�por�los�alrededores, de�acuerdo�al�plan�trazado. Dos�horas�más�tarde,�llego�Igor. —Profesor,�tengo�novedades�—dijo.�Y�corrió�hasta�un�asiento�próximo�a�Yuri. Este�desplazó�su�silla,�colocándose�frente�al�interlocutor.�Luego,�preguntó: —¿Que� lo� trae� tan� agitado?� —Y� tuvo� la� sensación� de� conocer� la� respuesta anticipadamente. —Profesor�—resopló�Igor—,�usted�salió�del�ashram�y�el�vejete�cambio�de�tono súbitamente.�Abrió�un�cofre�y�me�ofreció�un�medallón�de�jade.�Entonces�se�produjo la�confusión. Igor�comenzó�a�reír�convulsivamente.�Luego�agregó: —Saqué� unas� rupias� creyendo� que� el� lama� quería� venderme� algunas� baratijas, pero�cuando�el�sujeto�vio�el�dinero,�dijo�una�palabra�extraña.�Al�instante,�entraron�dos monjes�chillando�como�locos.�Y�mientras�bufaban�arrojando�harina�o�talco�al�aire, uno� de� ellos� trato� de� ponerme� la� mano� encima…� Usted� sabe,� todo� terminó� en desorden.� Lo� más� gracioso� fue� que� mientras� los� tipos� saltaban� como� monos� y� yo rompía� cuanto� encontraba� a� mi� alrededor,� el� lama,� todo� empolvado,� paladeaba� su asqueroso�té…�un�té�aceitoso�en�el�que�flotaban�pelos�de�yak. Página�43.

Scene 44 (1h 50m 35s)

[Audio] Hizo�un�silencio�y�comenzó�a�reír�nuevamente. —¡Pelos�de�yak!�—agregó—.�Me�incline�ante�el�lama�y�salí�apresuradamente�del ashram�mientras�seguía�escuchando�gritos�en�esa�lengua�incomprensible.�¿Tiene�idea de�que�quiere�decir�todo�eso? —Igor,�¿cuánto�tiempo�lleva�en�la�India? —Diez�años,�profesor. —¿Y�cómo�es�que�todavía�no�interpreta�las�modalidades�del�lugar? —Las�interpreto�correctamente.�Pero�como�usted�sabe,�los�tipos�no�eran�indios, sino�tibetanos…�¡Pelos�de�yak!�—repitió,�riendo�nuevamente. Yuri,�al�celebrar�íntimamente�los�impulsos�iconoclastas�de�su�compañero,�evocaba aquella�fuerza�que�ya�había�conocido�en�Grigori�y�en�el�furibundo�Kárpov.�Con�que gusto� él� mismo,� convertido� en� una� tromba,� hubiera� volcado� sillas� y� mesas� en� las ceremoniosas�reuniones�del�comité.�Pero�en�ese�Igor�que�reía�desprejuiciadamente delante�de�él,�comenzó�a�ver�como�si�dos�imágenes�se�superpusieran…�«Igor»�con precisión� de� computadora� parecía� coger� una� cinta� de� télex� en� clave,� la� traducía velozmente�y�reintroducía�respuestas�en�el�aparato…�Entonces,�Yuri�apartando�de�su mente�esa�visión�desconcertante,�quiso�preguntar: —Igor,�sea�sincero.�Usted… —¿Qué�cosa,�profesor?�—dijo�el�otro,�acomodándose�en�su�asiento. Yuri�aspiro�mirando�a�su�compañero�fijamente.�Luego�dejó�escapar�el�aire�con desesperanza.�Paso�un�tiempo�y�dijo: —Olvídelo,�Igor…,�olvídelo. —Muy� bien,� profesor.� Si� me� permite,� deberíamos� ir� ahora� a� un� lugar� muy interesante�que�he�descubierto.�Se�trata�de�un�centro�religioso�de�curación. Mientras�se�acercaban�al�lugar,�sentados�en�un�carro�remolcado�por�una�motoneta, Yuri�reflexionaba�sobre�las�extrañas�condiciones�que�rodearon�a�la�entrevista�con�el lama.�Por�su�parte,�no�había�podido�preguntar�a�aquel�nada�de�interés�y�así�cómo había�entrado,�había�salido�del�ashram.�Sin�embargo.�Tensing�se�había�explayado�sin que� mediara� pregunta� alguna.� Luego� estaba� la� historia� de� Igor� que� tenía� algún significado,�aunque�era�difícil�de�discernir.�Resolvió�entonces�volver�al�día�siguiente pero�solo,�para�evitar�complicaciones. Habían�llegado�al�centro�de�curación.�Ya,�desde�la�acera,�tuvieron�que�empujar�a una�masa�humana�que�les�impedía�el�paso.�Finalmente,�llegaron�al�recinto�central. Muy�cerca�de�ellos�yacía�sobre�una�mesa�un�individuo�cincuentón.�Era�de�aspecto europeo,�tal�vez�austríaco;�tenía�el�pecho�descubierto�y�el�resto�del�cuerpo�bajo�una sábana� blanca.� Frente� a� cada� ángulo� de� la� mesa,� estaba� en� pie� un� ayudante� del curandero�quien�ahora�entraba�en�escena�mostrando�sus�manos�al�público,�con�las actitudes�de�un�prestidigitador.�El�personaje�comenzó�a�hablar�en�hindú�a�la�multitud, mientras� Igor� iba� traduciendo� en� voz� baja� a� su� compañero.� Se� trataba� de� una Página�44.

Scene 45 (1h 54m 25s)

[Audio] operación�quirúrgica.�Yuri�alcanzo�a�ver�a�otros�europeos.�Entre�ellos,�a�una�mujer que�lloraba�ostensiblemente.�Seguramente�era�la�esposa�del�enfermo.�El�curandero�se emplazó�detrás�de�la�mesa,�mientras�los�rusos�se�acercaron�a�unos�dos�metros�del paciente.�Al�punto,�comenzaron�unos�cánticos�monótonos�y�la�habitación�se�impregnó violentamente� con� el� humo� de� los� sahumerios.� Los� cuatro� ayudantes� empezaron� a deslizar�sus�manos�por�sobre�el�cuerpo�del�europeo�sin�tocarlo�en�ningún�momento, haciendo�suertes�de�pases�magnéticos. Igor�explicó�que�la�intervención�se�iba�a�realizar�sin�anestesia�y�sin�instrumental: solo� iban� a� actuar� las� manos� limpias� del� curandero� para� extraer� un� cáncer� de estómago.�La�herida�cerraría�de�inmediato�y�todo�ello,�gracias�a�los�poderes�de�una diosa�local. Dos�mujeres�llegaron�al�lugar�con�sendos�recipientes,�flanqueando�al�curandero. De� pronto,� una� de� ellas� corrió� la� sabana,� dejando� al� descubierto� el� abdomen� del sujeto.�Inmediatamente,�pasó�por�su�vientre�un�algodón�impregnado�en�agua�con�el que�limpió�el�campo�operatorio.�Entonces,�el�curandero�apoyando�sus�manos�en�el cuerpo,�comenzó�a�introducir�una�de�ellas�en�el�vientre�que�parecía�abrirse�para�darle paso.�La�sangre�manaba�ininterrumpidamente,�mientras�la�mujer�limpiaba�con�otro algodón.�El�curandero�movía�las�manos�a�gran�velocidad�y,�a�veces,�agitaba�una�de ellas� arrojando� sangre� sobre� la� sábana.� La� concurrencia� había� enmudecido.� El paciente�apretaba�los�párpados�y�las�mandíbulas�fuertemente�como�dispuesto�a�recibir una�tremenda�golpiza.�Y�así,�rápidamente,�el�operador�sacó�algo�como�una�víscera�del vientre�del�enfermo.�Era�un�trozo�negro�y�elástico�que�terminó�por�ser�arrojado�en�el recipiente�que�sostenía�la�otra�mujer.�Las�manos�se�movieron�con�mayor�velocidad, hasta�que�todo�terminó�en�un�suave�masaje�abdominal.�La�operación�había�terminado. El� curandero� retrocedió� un� paso� y� aflojó� el� cuerpo� como� saliendo� de� un� trance profundo.�Una�de�las�ayudantes�absorbió�la�sangre�con�un�gran�algodón�y�dejo�de�ese modo,�completamente�limpio�el�campo�operatorio. La� multitud� se� abalanzo� de� golpe� para� ver� con� sus� propios� ojos,� el� increíble fenómeno.�El�europeo�estaba�ahora�en�pie,�mientras�trataba�de�subir�sus�pantalones, pero� le� fue� imposible.� Su� mujer� se� arrojó� sobre� él� llorando� a� viva� voz.� A� su� vez, algunos�hombres�trataron�de�separar�a�la�pareja,�empeñados�en�tocar�el�vientre�del recién�intervenido.�Cuando�la�histeria�comenzó�a�generalizarse,�los�rusos�pugnaron por� salir� hacia� afuera� del� recinto� y,� en� ese� forcejeo,� alcanzaron� a� ver� como� los pantalones�del�europeo�caían�y�este,�enredado,�terminaba�por�el�suelo�con�su�mujer�y algunos� indios� encima.� Entretanto,� otros� se� arrodillaban,� besando� las� manos� del curandero.�Se�escucharon�los�cánticos�nuevamente,�mientras�Yuri�y�su�acompañante ganaron�la�calle. Igor,�dejando�escapar�un�silbido�de�alivio,�preguntó: —¿Qué�le�pareció�la�demostración? —Una�débil�capa�de�ungüento�alcalino�en�las�manos�y�fenolftaleína�en�el�agua. Resultado:�sangre.�Pero�solo�por�el�color.�En�cuanto�a�las�vísceras�extraídas,�son�de Página�45.

Scene 46 (1h 58m 37s)

[Audio] pollo.�La�ayudante�las�pasa�al�curandero,�adentro�del�algodón.�Sobre�la�introducción de�las�manos,�no�hay�tal.�Como�el�abdomen�está�deprimido,�el�líquido�rojo�forma�un pequeño�embalse.�El�curandero�flexiona�los�dedos�y�estos�quedan�disimulados,�sobre todo� si� presiona� hundiendo� aún� más� el� vientre� del� paciente.� Esa� técnica� es� usada también� en� Filipinas� por� los� «healers»� y� sirve,� por� supuesto,� para� esquilmar occidentales�que�llegan�en�avalancha�a�los�centros�de�curación. —Entonces,�¿no�sirvió�nuestra�incursión,�profesor?�—preguntó�Igor. —Lo�siento,�no�sirvió.�No�creo�que�de�allí�salga�un�nuevo�líder�religioso,�o�una concepción�explosiva�capaz�de�arrastrar�masas. —Bueno,� tengo� varias� cosas� que� mostrarle,� muy� cerca� de� acá� —dijo� Igor, arrastrando�a�Yuri�hacia�el�vehículo�en�que�los�esperaba�un�sonriente�chófer. Los� rusos� tomaron� contacto� con� asociaciones� diversas.� En� todas� partes� fueron recibidos�sin�mayores�preguntas�por�parte�de�los�entrevistados,�seguramente�porque en�su�afán�de�hacer�prosélitos�se�preocupaban�más�por�convencer�a�los�visitantes�que por� conocer� sus� intenciones.� En� todo� caso,� tanto� Igor� en� su� calidad� de� guía «turístico»,�como�el�libro�de�Grigori�permitían�al�profesor�ir�despejando�incógnitas aunque�ello�resultara�decepcionante. Todos� los� ashrams,� como� los� locales� de� las� sociedades� místicas,� parecían responder�a�un�mismo�modelo.�Siempre�se�trataba�de�predios�amplios�rodeados�de rejas� y� custodiados� por� guardias� armados.� El� recién� llegado� se� hacía� anunciar� y pasaba�luego�por�los�jardines�hasta�el�edificio�central.�Este�indefectiblemente�contaba con�su�oficina�de�recepción.�Un�gran�living�utilizado�para�grandes�reuniones,�era�el centro�de�paso�desde�el�que�se�comunicaban�las�salas�de�meditación�y�los�dormitorios. En� otro� cuerpo,� se� ensamblaban� cocina� y� comedores� Separado� de� lo� anterior,� los lugares�de�aseo:�baños,�servicios�sanitarios,�lavandería,�tendederos�de�ropa.�Todo�ello, naturalmente,�en�estado�no�satisfactorio. Los� ashrams� y� sociedades� mostraban� prosperidad,� asemejándose� a� lugares� de reposo� para� gente� madura,� preferentemente� occidental.� Unos� pocos� jóvenes� que dormitaban�en�los�jardines�eran,�en�todo�caso,�adinerados�de�aspecto�informal.�La secuencia�era�siempre�igual:�conversación�en�secretaría�con�algunas�encargadas�de relaciones�públicas�y�entrega�de�folletos�al�visitante,�en�los�que�se�exponía�los�cursos a� seguir,� cada� uno� con� su� precio� al� lado.� Había� cursos� desde� una� semana� hasta cuarenta�días,�pero�era�necesario�agregar�costo�de�alojamiento�y�manutención.�Los cursos�más�económicos�se�referían�a�macrobiótica,�masajes�espirituales,�astrología, acupuntura,� iriología,� cartas� del� Tarot…� Los� de� mediano� precio� correspondían� a filosofía�oriental,�bioenergética,�medicina�alternativa,�parapsicología�y�bio-feedback. Pero� el� curso� más� concurrido� era� el� más� caro.� Siempre� se� trataba� de� una� clase personal� que� daba� el� gurú� en� carne� y� hueso.� Por� cierto� que� estaba� incluida� la expedición�de�diplomas�y�el�mantram�personal,�que�se�llevaba�consigo�el�interesado. Página�46.

Scene 47 (2h 2m 58s)

[Audio] Yuri�y�su�acompañante,�para�tomar�la�mayor�cantidad�posible�de�muestras,�habían terminado�por�dividir�esfuerzos�visitando�separadamente�distintos�lugares. Cuando�se�encontraron�nuevamente�en�el�hotel,�a�fin�de�redactar�las�notas�de�la jornada,� era� medianoche.� En� los� apuntes� del� profesor,� quedo� una� pregunta� sin responder:�«¿Cómo�fue�que�llegamos�al�ashram�de�Tensing?�No�sé�qué�contestar,�ni siquiera�que�pensar�de�todo�esto.�¿Quién�lo�explicaría�mejor:�Kárpov�o�Nietzsky?». Página�47.

Scene 48 (2h 3m 39s)

[Audio] Mayo�30 Esta�vez�los�rusos�salieron�del�hotel�vestidos�con�blusas�indias�y�sandalias.�Eran las�seis�de�la�mañana.�Los�hombres�tomaron�rumbos�diferentes.�Igor�contrató�un�taxi para�su�excursión�a�las�aldeas�que�rodeaban�a�Patna.�También�tenía�que�llegar�aquel día�a�Pusa�y�Darbhanga.�Y�si�alcanzaba�el�tiempo,�tocaría�Madhubani,�casi�en�los límites�con�Nepal,�a�unos�doscientos�kilómetros�de�Katmandu.�Según�el�libro�de�tapas marrones,�esa�era�una�de�las�zonas�de�«encrucijada�cultural»�y�allí�se�encontraban sociedades� en� las� que� formas� místicas� no� oficiales� estaban� en� continua transformación. A�las�siete�de�la�mañana,�Yuri�entraba�en�el�ashram�donde�se�alojaba�Tensing.�Dos monjes�lo�recibieron�cortésmente,�haciéndolo�pasar�al�cuarto�en�que�había�conversado con� el� lama� el� día� anterior.� Nada� parecía� haber� cambiado,� no� obstante� el� desastre promovido�por�Igor.�Y,�mientras�reflexionaba�sobre�las�diferencias�entre�este�ashram y�los�convencionales,�se�abrió�una�puerta�con�suavidad.�Tensing�apareció�detrás�de�él, sobresaltándolo. —Excelencia�—dijo�Yuri—,�le�saludo�y�le�presento�mis�excusas�por�el�incidente de�ayer. El� lama� tomó� asiento� en� su� lugar� habitual� e� invitó� al� ruso� a� ponerse� cómodo. Inmediatamente� entró� un� monje� con� té� mantecado;� saludó� ceremoniosamente� y desapareció. —Los�malentendidos�son�cosas�frecuentes,�señor… —Tókarev�—dijo�Yuri. —Sí,� son� cosas� frecuentes,� señor� Tókarev.� Pero� en� verdad,� gracias� a� esa confusión�tengo�el�agrado�de�hablar�nuevamente�con�usted.�De�todas�maneras�creo que� hubiera� vuelto� aquí� —sorbió� su� té� despaciosamente� y� continuó—:� o� porque hubiera� llegado� a� sus� manos� el� medallón� que� le� pensaba� enviar� con� su� amigo,� o simplemente� porque� usted� no� preguntó� lo� que� necesitaba� saber� y� por� tanto� debía volver�a�hacerlo.�Queda�claro�que�fui�yo�quien�habló�ayer�para�orientarlo�en�algunos temas�que�posiblemente�le�interesaban. Yuri�tomo�a�su�vez�la�taza�de�té,�abrumado�por�los�procedimientos�elípticos�del lama. —Pregunte,�señor�Tókarev,�no�se�limite. —Excelencia,� soy� profesor� de� religiones� comparadas� en� la� Universidad� de Moscú.� El� hecho� de� que� este� dictando� cátedra� de� temas� afines� a� los� míos,� en Ámsterdam,�me�hace�más�fácil�el�dialogo… Yuri� se� detuvo� un� instante� buscando� el� hilo� justo� de� su� discurso.� Al� notar� su inquietud,�el�lama�dijo�afablemente: Página�48.

Scene 49 (2h 6m 59s)

[Audio] —Profesor,�tenga�la�seguridad�de�que�sus�preguntas�trataran�de�ser�respondidas cabalmente�por�mí.�No�se�limite,�pues. —Bien,� ¿qué� quiso� decir� ayer� con� aquello� de:� «Una� tenue� línea� conecta� a� los centros�de�iniciación�del�mundo.�Los�Himalaya�han�dado�su�mensaje»?�Son�palabras textuales,�excelencia.�Las�anote�luego�en�mis�apuntes�de�viaje. —Primeramente,� le� contestare� con� algo� difícil� de� aceptar� —repuso� Tensing—. Los� centros� de� iniciación� corresponden� a� lugares� en� los� que� el� conocimiento� y� la práctica�«mística»�alcanzan�los�mejores�niveles.�No�son�centros�de�información�como las�Universidades,�por�ejemplo.�Tampoco�son�fáciles�de�encontrar�porque�la�gente,�en general,�tiene�una�idea�muy�diferente�sobre�estas�cosas. Yuri�comprendió�que�el�lama�hablaba�ahora�sin�elipses.�Ello�lo�animó�a�sacar�de entre�sus�ropas�una�libreta.�De�inmediato�comenzó�a�tomar�nota�de�las�palabras�de Tensing.�Entonces�siguió�la�explicación. —En�los�alrededores�del�Himalaya,�del�monte�Ararat,�de�los�Andes,�y�en�otros puntos� se� encuentran� estos� centros� que� permanecen� unidos.� Usted� conocerá� la leyenda�del�monte�Merú.�Ese�monte�no�existe�en�un�lugar�preciso.�Es,�simplemente, el�monte�que�une�la�Tierra�con�el�cielo.�Los�centros�de�iniciación�suelen�corresponder a�un�paisaje�físico�que�despierta�el�paisaje�mental�del�monte�Merú.�Otro�tanto�ocurre con� las� ciudades� subterráneas� de� Agharti� y� Shambalá.� Ellas� conectan� con� el «infierno».�Pero�tampoco�existen�físicamente.�Son�mentales. Yuri� tomaba� nota� nerviosamente,� mientras� establecía� conexiones� con� las incursiones�de�Grigori�al�Ararat.�Para�colmo,�el�comité�le�había�asignado�la�misión�de rastrear�cerca�de�los�Himalayas�y�de�los�Andes,�pero�la�iniciativa�había�partido�de�él mismo.�Todo�eso�enredaba�la�comprensión�de�lo�que�estaba�escuchando. —El� monte� Merú� —siguió� Tensing—� produce� fuertes� terremotos� espirituales cuando�llega�la�hora.�Nadie�puede�ver�al�monte�Merú�a�menos�que�pida�«permiso»�a algunos�de�los�guardianes.�Estos�guardianes�no�son�físicos,�sino�mentales.�Pero�el buscador�necesita�de�alguna�presencia�física,�para�ser�guiado�correctamente�por�los laberintos� de� su� conciencia� —se� detuvo� un� instante� y� continuó—:� Atienda� a� esta recomendación:�no�se�oriente�por�las�apariencias.�Un�gran�maestro�puede�ser�sudra, en�cambio,�un�jefe�espiritual�reconocido�puede�estar�muy�lejos�del�conocimiento.�No busque� a� los� líderes� espirituales� reconocidos� y� aceptados,� busque� perseguidos� por ellos.�Si�usted�hubiera�vivido�en�la�época�en�que�los�grandes�maestros�espirituales iniciaron�su�prédica,�no�los�hubiera�reconocido�porque�no�tenían�aspecto�de�hombres religiosos.� Eran� mensajeros� del� monte� Merú:� de� la� misma� mente� humana� que� los disparo�hacia�el�mundo.�Sin�ellos,�hubiera�quedado�el�ser�humano�a�merced�de�las tinieblas�de�su�propia�mente. —Excelencia� —interrumpió� Yuri—,� ¿cómo� es� esto� de� que� la� mente� dispara mensajeros�al�mundo? —Los� seres� vivos� crean� sus� defensas.� Imagine� a� la� mente� como� un� ser� vivo. Imagine�que�está�al�borde�de�la�locura.�Entonces,�desde�las�luminosas�cumbres�del Página�49.

Scene 50 (2h 11m 24s)

[Audio] monte�Merú�volarán�los�mensajeros.�Serán�los�portadores�de�la�luz.�Ellos�mismos�son los�que�guían�a�la�mente�luego�de�la�separación�del�cuerpo�físico,�cuando�sobreviene la�ilusión�de�la�muerte. El�lama�calló�y�quedó�inmóvil�escrutando�a�Yuri,�mientras�este�seguía�escribiendo mucho�tiempo�después�de�haber�escuchado�las�últimas�palabras.�Escribía�lo�dicho�por el�lama,�pero�también�sus�reflexiones�sobre�la�luz.�Esa�luz�al�fondo�del�túnel,�antes�de su�aparente�separación�del�cuerpo�físico.�Allí,�en�la�cámara�de�supresión�sensorial. —Excelencia�—irrumpió�Yuri—,�mi�formación�impide�que�siga�sus�desarrollos adecuadamente.� Usted� comprenderá,� son� problemas� de� palabras� y� de interpretaciones…� Pero� de� una� cosa� estoy� seguro:� lo� que� dice� es� útil� para� la investigación�que�me�han�encomendado�y�para�mí�personalmente. Tensing,�sonriendo,�dijo�cálidamente: —Profesor,� es� usted� un� hombre� bueno� y� con� una� gran� fuerza,� pero� no� sabe todavía� lo� que� busca� y� eso� es� extraordinario.� ¿Cómo� puede� llevarse� adelante� una investigación�sin�saber�que�se�investiga? El�ruso,�al�sentirse�tocado,�adujo�mecánicamente: —Busco� síntomas� de� un� posible� desborde� místico� que� puede� aparecer� en cualquier�momento�en�el�mundo,�desequilibrando�la�situación�actual. Alégrese,� profesor� Tókarev,� está� comenzando� tal� desborde…� Como� sucede cuando�se�rompen�las�contenciones�de�los�hielos�y�ese�río�que�nace�arrastra�todo�a�su paso,�así�sucede�cuando�la�mente�se�libera.�Luego,�las�aguas�se�aclaran�y�sirven�al regadío�de�los�campos. Yuri� se� encogió� de� hombros,� conteniendo� la� respiración.� Luego� escuchó� a� su propia�voz�preguntar�desde�la�garganta,�aflautadamente: —Excelencia,�¿qué�se�entiende�por�«Doctrina»? —«Doctrina»�es�la�enseñanza�de�todo�Buda�—respondió�el�lama. Y�ante�tal�explicación,�Yuri�decidió�concluir�la�entrevista.�Se�sentía�defraudado�y algo�parecido�a�la�indignación�crecía�en�su�pecho.�Sin�embargo,�volvió�sobre�si�y dijo: —Excelencia,� espero� no� haber� sido� desagradable� con� mis� preguntas.� Le agradezco�enormemente�su�orientación. El�lama�inclinó�su�cabeza.�Luego�acerco�un�cofre�y�de�él�extrajo�un�medallón�que depositó�en�manos�del�ruso. —Déselo�al�guardián�si�quiere�ver�el�monte�Merú�—concluyó. Yuri�contempló�el�medallón�de�jade�tallado�y�en�él�alcanzó�a�percibir�un�círculo en�el�que�se�inscribía�un�triángulo�equilátero.�Luego,�dando�las�gracias�al�lama�se puso�en�pie�y,�finalmente,�dijo�con�un�cierto�sarcasmo: —Excelencia,�me�imagino�que�un�día�podré�interpretar�sus�palabras�exactamente. Me�inclino�ante�usted�—hizo�un�gesto�de�cortesía�y�salió�de�la�habitación. Página�50.