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Scene 1 (0s)

BIENVENIDOS Y BIENVENIDAS A LA LECTURA DE LA NOVELA.

Cuando Belgrano era chiquito R ARDO LESSER I raciones de Constanza Oroza e planetalector

Scene 2 (14s)

abla una vez un chico que vivia en una peque- ia aldea llamada Buenos Aires, en el Virrei- nato del Perü. Sus papds le habian puesto Cinco nombres, pero todos 10 conocian como Manuel. No bien ofa el silbido caracteristico del «tio», como se llamaba entonces a los vendedores ambu- lantes de golosinas, salia corriendo a gastar el medio real que habia ahorrado en la semana. Nadie hubiera dicho que ese muchachito rubiön, con el tiempo, seria un héroe. En estos cuentos, al menos, Manuel no es mås que un Chico. Un chico como Vff.

Como un reloj alån talån, sonaron los campanas de Santo Domingo. Talän talän, repiquetearon las campanas de San Juan Bautista. Talaän talaaån, tocaron las campanas de San Nicoläs de Bari, que estaba més lejos. Don Domenico sacö el reloj del bolsillo del chaleco. Eran las dos de la tarde. No siempre Ias campanas repicaban puntual- mente. A veces, los sacristanes se adormec(an y se quedaban colgados de los badajos. Hasta el reloj de don Domenico se dormia de vez en cuando. En Buenos Aires, el ünico reloj exacto era el sol. Los que funcionaban como un relojito eran los Belgrano. Seguian puntualmente Ias campanadas. A Ias doce, las campanas anunciaban el medio- dia. Florencia, entonces, se peinaba. No era tan simple como parece. Porque la niha tenia una cabellera negra larga, larguisima.

Scene 3 (2m 14s)

Tan larga que, cuando Ia soltabay sacudia la cabe- za, parecia que se hac(a de noche. Florencia, que tenia diecisiete aios, era la primogénita de los Belgrano. Estaba a punto de casarse. Hacia rato que cosfa y bordaba su ajuar de novia. Enaguas con puntillas, camisones primo- rosos, paöuelos blancos como espuma de mar. Y la cabellera, claro. La cabellera era impor- tantisima para una novia. Dorla Pepa, Ia marnå Belgrano, estaba preocu- pada por el casamiento cercano. Insistia en que Florencia se peinara mil veces diarias con un cepi- 110 de mango de Plata. Mil veces, ni una mås, ni una menos. Cepillaque cepilla. A Ias Cien cepilladas nomås, Florencia se cansaba. De modo que Ie tocaba el turno a su hermana Josefa, que tenia once afios. Cepilla que cepilla. A las cien, a Josefa le dolia el brazo. Era la vez de dona Pepa. Cepilla que cepilla. Le tocaba de nuevo a Florencia. Y vuelta a empezar. Cepilla que cepilla hasta 998, 999...1.000 cepilladas! La cabellera de Florencia quedaba hecha una maravilla, Ilena de brillitos, como una noche estre- llada en el campo. Aunque su hermana Josefa estuviera harta. Lo cierto es que el cepillado terminaba cuan- do, italän talån!, los campanarios anunciaban las dos de la tarde. En ese momento don Domenico, el papå Belgra- no, miraba su reloj de bolsillo. Como por embrujo, justo entonces sus hijos Carlos y José entraban por la puerta siempre abierta de madera. Llegaban del Colegio de Reales Estudios, que estaba a menos de dos cuadras. Ya habian dejado de ser chicos, o casi, porque tenian catorce y trece aöos. Domingo, de siete, hacia rato que habia vuelto de la Escuela de Dios. El que no estudiaba todavia era Manuel. Bah, ese chiquitin rubi6n de sölo Cinco anos que se llamaba Manuel José Joaquin del Coraz6n de Jesüs Belgrano. Parece que los papas no encontraron més nombres para ponerle. Qyién sabe en qué correrias andaba Manuel cuando sonaron las campanas de las dos. Doha Pepa no 10 dejaba salir solo ni siquiera a Ia Plaza Mayor, que estaba apenas a tres cuadras. De modo que quizå estuviera potreando en el patio trasero o tal vez prendido a la falda de la morena Toribia, que de vez en cuando le permitia hundir el dedo en Ia tinaja de miel. A1 ültimo talån, todos a la vez, como engra- najes obedientes de un reloj, marcharon a la sala.

Scene 4 (7m 14s)

La primera fue dofia Pepa, Ia mamå. Estaba embarazada de nuevo. Manuel no se acordaba de haberla visto sin panza. Eran un montön de familia. Después vinieron los chicos. En ma16n, como solian hacer cuando era la hora del almuerzo. La mesa era una tabla. En la cabecera, el 9illön de don Domenico, el papå. En la Otra, una Silla modesta para dona Pepa, la mamå. A los lados, dos largos bancos de madera para los chicos, salvo los que no tenian edad para almorzar con los grandes: Francisco de cuatro, Joaquin de dos y Marfa del Rosario, que era una bebita. Los chicos se fueron acomodando en los bancos en un orden riguroso, de mayor a menor. Floren- cia, con su cabellera nocturna. Carlos y José, con un gesto como de coroneles, que es 10 que serian con el tiempo. Josefa, todavia aburrida de cepillar a la hermana. Domingo, que siempre se moria de hambre. Y Manuel. A1 lado de dona Pepa, Corsario. Corsario era un perro sin pelo que en invierno dormia a los pies de mama Belgrano porque era calentito. Él también acudfa con las campanadas de las dos porque a veces ligaba un hueso de caracul. Toribia habfa dispuesto la mesa. Delante de cada uno, una escudilla. Ante don Domenico, una 1

Scene 5 (8m 15s)

botella negra con vino. En el medio, una jarra con aguay un ünico vaso de vidrio grueso, alto, que se pasarian unos a otros porque Ias copas eran para Ias fiestas. Los Belgrano eran adinerados. De modo que en la mesa habia algün que Otro tenedor y algunas cucharas de Plata, aunque no se usaban dema- siado. Los chicos sorbian la sopa del borde de la escudilla. Y Ia carne del puchero habia hervido tanto que se deshilachaba, era fåcil comerla con la mano. Eso si, debian hacerlo con tres dedos, como mandaban las reglas de urbanidad. Don Domenico mir6 a ver si todos estaban sentados en sus puestos en silencio y con Ia debi- da compostura. Estaban. Consultö el reloj. Eran Ias dos y siete de Ia tarde. Dio dos palmadas y apareci6 Toribia con la primera fuente de puchero. La fuente pas6 de mano en mano. Siempre siguiendo el sentido de Ias agujas del reloj: primero don Domenico, claro, y después hacia Ia derecha. De modo que Florencia era la segunda, Carlos, el tercero y asi hasta Ilegar a Manuel, que era el ültimo. Un choricito, un pedazo de panceta, una oata de gallina, una papa. Cuando la fuente Ilega- oa a Manuel no quedaba mucho qué elegir. Pero después vino Otra fuente y aun una tercera. Mientras tanto, los grandes hablaban cosas de grandes. Los chicos no podian hablar si los papås no se dirigian a ellos. Carlos y José, que estaban sentados juntos, se pellizcaban por debajo de la mesa y se refan como tontos. Domingo comia a dos carrillos. Florencia parecia més preocupada por su cabellera que por la comida, a cada rato movia Ia cabeza para sentir Ia caricia de su cabello en los hombros. Corsario atendia el recorrido de Ias fuentes con una ilusiön de huesos en Ia mirada. Cuando Toribia trajo los postres, hubo una exclamaciön callada de alegria. Los Belgrano eran rnuy dulceros. En Ia primera fuente habia fritos de papa espolvoreados con azücar, bufiuelos salpicados con miel y pastelitos con crema. iAh, los pasteli- tos con crema de Toribia! Uno se los metia en Ia boca y sentia como un sabor dulce a tobogän en Ia plaza. En la fuente habia seis pastelitos. Florencia se sirviö el primero. Carlos, el segundo. José, el tercero. Josefa, el cuarto. Y Domingo„. ise sirviö dos! —iiNo vale!! —grit6 Manuel, que se hab(a quedado sin pastelitos. Domingo puso cara de yo no fui.

Scene 6 (9m 22s)

—Qué pasa? —preguntö don Domenico. —iNo vale, padre! —volviö a gritar Manuel, que estaba enojadisimo—. iDomingo...! —Baje el tono, amiguito. No se haga el gallo conmigo. —No, padre. Lo que pasa es que este orden es injusto. —élnjusto? —Vea usted, padre, si los pastelitos se repar- ten siguiendo el orden de reloj en que estamos sentados, los més grandes pueden agarrar mås... Exactamente cuando Manuel estaba diciendo «agarrar mäs», Toribia se aproximaba a la mesa con una enorme olla de compota de duraznos. La olla era pesada. El liquido se movia de allå para acå a cada paso cansado de Toribia. La morena venia vigilando con dificultad que el liquido no se derramara. Ya estaba cerca de la mesa. En ese preciso instante, Florencia sacudi6 su cabellera. Toribia se sobresaltö, sinti6 que se le venia la noche de la cabellera encima. Trastabi116. Y la olla salt6 de sus manos. Rebotö sobre la mesa. Y, mientras rebotaba, Ianzaba el liquido espeso y viscoso en todas direcciones. Florencia grit6 al sentir el liquido pegajoso sobre su cåndido vestido blanco. Carlos y José se levantaron de un salto, y el banco en el que estaban sentados cayö con un gran estrépito hacia atrås. Los duraznos patinaron sobre el mantel. Domingo intentö salvar sus dos pastelitos de Ia compota que se esparcia sobre Ia mesa, pero fue inütil. Corsario, feliz, lamia la compota derramada en el piso. Ese dfa, se par6 el reloj de don Domenico, tan enojado estaba.

Scene 7 (10m 28s)

Continuamos leyendo El siguiente capítulo En el próximo video.